Discusiones prolijas, cortar un cabello en cuatro, etc.

Es una actitud de intelectual la de aburrirse con las discusiones demasiado largas que se desmigajan analíticamente en los detalles más diminutos y no parecen dispuestas a terminar hasta que los contrincantes han llegado a un acuerdo perfecto sobre todo el plano de fricción o, por lo menos, hasta que las opiniones discrepantes se han enfrentado totalmente. El intelectual profesional cree suficiente un acuerdo sumario acerca de los principios generales, acerca de las directivas fundamentales, porque presupone que el trabajo individual de reflexión llevará luego, necesariamente, a un acuerdo acerca de las "minucias"; por eso en las discusiones entre intelectuales se suele proceder por alusiones rápidas: se tantea, por así decirlo, la formación cultural del otro, su "lenguaje", y una vez comprobado que todos se encuentran en un terreno común, con un lenguaje común y con comunes modos de razonar, se sigue adelante expeditivamente. Pero la cuestión esencial consiste precisamente en esto: en que las discusiones no se producen entre intelectuales profesionales, sino que hay que crear previamente un terreno cultural común, un lenguaje común, modos comunes de razonar entre personas que no son intelectuales profesionales, que no han adquirido aún la costumbre y la disciplina mental necesarias para relacionar rápidamente conceptos aparentemente disparata, o, a la inversa, para analizar rápidamente, descomponer, intuir, descubrir diferencias esenciales entre conceptos aparentemente análogos.

Ya se ha aludido en otro apunte a la íntima debilidad de la formación hablada de la cultura y a los inconvenientes de la conversación o diálogo respecto de lo escrito: pero aquellas observaciones, aunque justas en sí mismas, tienen que integrarse con las que se acaban de exponer, o sea, con la conciencia de que para difundir orgánicamente una nueva forma cultural es necesaria la palabra hablada, la discusión minuciosa y "pedante". Justa proporción entre la palabra hablada y la escrita. Esto tiene que observarse en las relaciones entre los intelectuales profesionales y los no formados como intelectuales, que es el problema de la escuela en todos sus grados, desde la elemental hasta la universitaria.

El que no es un técnico del trabajo intelectual tropieza, en su trabajo "personal" con los libros, con dificultades que le detienen y, a menudo, le impiden seguir adelante, porque es incapaz de resolver aquellas inmediatamente, lo cual es, en cambio, posible en el curso de la discusión oral. Se observará que --dejando aparte la mala fe-- las discusiones por escrito se prolongan por esa razón normal: una incomprensión exige dilucidaciones, y en el curso de la polémica se multiplican las dificultades de la comprensión y la explicación. (C. XXII; PP 191-192.)

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