Ver el libro de Henri Jagot, Vidocq, ed. Berger-Levrault, París, 1930.

Vidocq ha dado elementos al Vautrin de Balzac y a Alejandro Dumas (se lo encuentra también un poco en el Jean Valjean de Hugo y especialmente en Rocambole). Vidocq fue condenado a ocho años de prisión como monedero falso, por una imprudencia suya; veinte evasiones, etc. En 1812 entró a formar parte de la policía de Napoleón y durante quince años comandó una brigada de agentes creada especialmente por él. Se hace famoso por sus arrestos sensacionales. Despedido por Luis Felipe, fundó una agencia privada de detectives pero con escaso éxito: sólo podía operar en las filas de la policía estatal. Muerto en 1857. Ha dejado sus Memorias que no han sido escritas por él solo y en las que están contenidas muchas exageraciones y jactancias.

Ver el artículo de Aldo Sorani, Conan Doyle e la fortuna del romanzo poliziesco en el “Pégaso” de agosto de 1930. Importante para el análisis de este género de literatura y de las diversas formas específicas que ha tenido hasta ahora. Al hablar de Chesterton y de la serie de cuentos del padre Brown, Sorani no tiene en cuenta dos elementos culturales que me parecen, en cambio, esenciales: a) no hace mención a la atmósfera caricaturesca que se manifiesta especialmente en el volumen El candor del padre Brown, y que es más bien el elemento artístico que eleva el cuento policial de Chesterton cuando, no siempre, la expresión ha resultado perfecta; b) no menciona el hecho de que los cuentos del padre Brown son “apologéticos” del catolicismo y del clero romano, educado para conocer todos los pliegues del alma humana por el ejercicio de la confesión y por su función de guía espiritual y de intermediario entre el hombre y la divinidad, contra el “cientificismo” y la psicología positivista del protestante Conan Doyle. Sorani en su artículo hace referencia a las diversas tentativas de mayor significación literaria, en especial anglo-sajonas, de perfeccionar desde el punto de vista técnico a la novela policial. El arquetipo es Sherlock Holmes en sus dos características fundamentales: de científico y de psicólogo, se trata de perfeccionar una u otra característica o ambas en conjunto. Chesterton ha insistido justamente en el elemento psicológico, en el juego de la inducción y deducción con el padre Brown, sin embargo, me parece que ha exagerado aún más esta tendencia con el tipo del poeta-policía Gabriel Gale.

Sorani bosqueja un cuadro del éxito inaudito de la novela policial en todos los órdenes de la sociedad y trata de identificar su origen psicológico. Sería una manifestación de rebelión contra el mecanicismo y la standarización de la vida moderna, un modo de evadirse de la gris vida cotidiana. Pero esta explicación se puede aplicar a todas las formas de la literatura, popular o artística, desde el poema caballeresco (¿no trata Don Quijote de evadirse él también, aún prácticamente, de la vida cotidiana gris y standarizada de una aldea española.?) hasta la novela de folletín de distintos géneros. ¿Toda la literatura y la poesía sería, por lo tanto, un estupefaciente contra la banalidad cotidiana? De cualquier modo, el artículo de Sorani es indispensable para una futura investigación más orgánica sobre este género de literatura popular. ¿El problema del por qué se ha difundido la literatura policial es un aspecto particular del problema más general del por qué se ha difundido la literatura no-artística? Indudablemente se ha difundido por razones prácticas y culturales (políticas y morales); y esta respuesta general es la más precisa en sus límites aproximativos. Pero aún la literatura artística ¿no se difunde también ella por razones prácticas o políticas y morales, y sólo mediatamente por razones de gusto artístico, de búsqueda y goce de la belleza? En realidad, se lee un libro por impulsos prácticos (y es necesario investigar por qué ciertos impulsos se generalizan más que otros) y se relee por razones artísticas. La emoción estética casi nunca se da en la primera lectura. Esto se verifica aún más en el teatro, donde la emoción estética es un “porcentaje” mínimo del interés del espectador; porque en la escena juegan otros elementos, muchos de los cuales no son ni siquiera de orden intelectual, sino de orden meramente fisiológico como el sex-appeal, etc. En otros casos la emoción estética en el teatro no es originada por la obra literaria, sino por la interpretación de los actores y del director. En estos casos, sin embargo, es necesario que el texto literario del drama que da motivo a la interpretación no sea “difícil” y rebuscado psicológicamente, sino “elemental y popular” en el sentido que las pasiones representadas sean lo más profundamente “humanas” y de experiencia inmediata (venganza, honor, amor materno, etc.) y, por consiguiente, el análisis se complica también aquí.

Los grandes actores tradicionales eran aclamados en la Morte Civile, Les Deux Orphelines, Les Crochets du Père Martin, etc., más que en las complicadas tramas psicológicas. En el primer caso el aplauso era sin reservas; en el segundo caso más frío, destinado a aislar al actor amado por el público del trabajo representado, etc.

Una justificación del éxito de las novelas populares, similar a la de Sorani, se encuentra en un artículo de Filippo Burzio sobre Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas (publicado en la “Stampa” del 22 de octubre de 1930 y reproducido en extractos por la “Italia Letteraria” del 9 de noviembre). Burzio considera Los Tres Mosqueteros como una feliz personificación, como Don Quijote y Orlando Furioso, del mito de la aventura, “es decir, de algo esencial a la naturaleza humana, que parece alejarse grave y progresivamente de la vida moderna. Cuanto más racional [o racionalizada? sobre todo por coerción, que si es racional para los grupos dominantes, no lo es para los grupos dominados; y que está ligada a la actividad económica-práctica, para la cual se ejerce la coerción, aunque sea indirectamente, también sobre sus grupos “intelectuales”] y organizada se hace la existencia, cuanto más férrea se vuelve la disciplina social y la tarea asignada al individuo, precisa y previsible [pero no previsible para los dirigentes como se evidencia en las crisis y catástrofes históricas], tanto más se reduce el margen de aventura, como la libre selva de todos se reduce ante los pequeños muros sofocantes de la propiedad privada... El taylorismo es una cosa hermosa y el hombre es una animal adaptable, pero quizás existen límites a su mecanización. Si se me preguntasen las razones profundas de la inquietud occidental, respondería sin vacilar: la decadencia de la fe (!) y la mortificación de la aventura. ¿Vencerá el taylorismo o vencerán los Mosqueteros? Este es otro problema y la respuesta, que hace treinta años parecía cierta, será mejor dejarla en suspenso. Si la actual civilización no precipita, asistiremos quizás a mezclas interesantes entre las dos.”

La cuestión es esta: Burzio no tiene en cuenta el hecho que ha habido siempre una gran parte de la humanidad cuya actividad ha sido taylorizada y disciplinada férreamente, y que ella ha tratado de evadirse de los límites estrechos de la organización existente que la aplastaba a través de la fantasía y el sueño. La más grande aventura, la más grande “utopía” que ha creado la humanidad colectivamente, la religión ¿no es un modo de evadirse del “mundo terrenal”? ¿Y no es en este sentido que Balzac habla de la lotería como opio de la miseria, frase retomada luego por otros? * Pero lo más notable es que junto a Don Quijote existe Sancho Panza, que no quiere “aventuras” sino certidumbre de vida, y que la mayoría de los hombres está atormentada precisamente por la obsesión de la imposibilidad de “prever el mañana”, por la precariedad de la propia vida cotidiana, es decir, por el exceso de “aventuras” probables.

*Cfr. sobre este tema: Antonio Gramsci. Note sul Machiavelli, sulla politica e sullo Stato moderno, pp. 288 ss. (N. del E.).

En el mundo moderno la cuestión adquiere un aspecto diferente que en el pasado porque la racionalización coercitiva de la existencia golpea siempre más a las clases medias e intelectuales, y de una manera inaudita; mas para ellas tampoco se trata de decadencia de la aventura, sino del carácter demasiado aventurero de la vida cotidiana, es decir, del carácter demasiado precario de la existencia, unido a la persuasión que contra la precariedad no hay un modo individual de encauzamiento. Se aspira, por consiguiente, a la aventura “bella” e interesante porque es debida a la propia iniciativa libre, contra la “fea”, la repugnante aventura, porque es debida a condiciones impuestas por otros y no deseadas.

La justificación de Sorani y Burzio vale también para explicar la “pasión” deportiva, es decir, explica demasiado, y por consiguiente, nada. El fenómeno es viejo al menos como la religión, y es multifacético no unilateral. Tiene también un aspecto positivo, o sea, el deseo de “educarse” conociendo un modo de vida que se considera superior al propio, de elevar la propia personalidad proponiéndose modelos ideales, de conocer más el mundo y los hombres de cuanto sea posible en ciertas condiciones de vida, el snobismo, etc.

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