La cultura nacional italiana.

En la Lettera a Umberto Fraccia sulla critica (Pégaso”, agosto 1930), Ugo Ojetti * hace dos observaciones notables. Recuerda que Thibaudet divide a la crítica en tres clases: la de los críticos de profesión, la de los mismos autores y la des honnêtes gens, es decir, del público “iluminado” que, al final, es la verdadera Bolsa de los valores literarios, visto que en Francia existe un público amplio y atento en seguir todas las vicisitudes de la literatura. En Italia faltaría la crítica del público (es decir, faltaría o sería muy escaso un público medio iluminado como existe en Francia), “falta la persuasión o, si se quiere, la ilusión que éste (el escritor) cumpla un papel de importancia nacional, históricamente en el caso de los mejores; porque como Ud. (Fracchia) dice “cada año y cada día que pasa tiene igualmente su literatura, siempre ha sido así y siempre será y es absurdo esperar o pronosticar o invocar para mañana lo que hoy es. Cada siglo, cada porción de siglo, ha exaltado siempre sus propias obras; y jamás ha sido llevado a exagerar su importancia, grandeza, calor y duración”. Justo, pero no en Italia. Etc.”

(Ojetti se basa en la carta abierta de Umberto Fracchia a S. E. Gioacchino Volpe, publicada en la “Italia Letteraria” del 22 de junio de 1930, y que se refiere al discurso de Volpe pronunciado en la sesión de la academia en la que fueron distribuidos los premios. Volpe habla dicho, entre otras cosas: “No se ven apuntar grandes obras pictóricas, grandes obras históricas, grandes novelas. Pero quien observa atentamente en la presente literatura ve fuerzas latentes, anhelos de superación, algunas buenas y prometedoras realizaciones”.)

La otra observación de Ojetti es ésta: “La escasa popularidad de nuestra literatura pasada, es decir, de nuestros clásicos. Es verdad: en la crítica inglesa y francesa se lee frecuentemente, parangones entre los autores vivientes y los clásicos, etc.”

Esta observación es fundamental para un juicio histórico sobre la presente cultura italiana: el pasado no vive en el presente, no es elemento esencial del presente, o sea, en la historia de la cultura nacional no hay continuidad y unidad. La afirmación de una continuidad y de unidad es sólo una afirmación retórica o tiene el valor de mera propaganda engañosa, es un acto práctico que tiende a crear artificialmente lo que no existe, no es una realidad en acto. (Una cierta continuidad y unidad parece existir desde el Risorgimento hasta Carducci y Pascoli, para quienes era posible una vuelta hasta la literatura latina; fueron quebradas por D’Annunzio y los sucesores.) El pasado, comprendida la literatura, no es elemento de vida, sino sólo de cultura libresca y escolástica; lo que significa que el sentimiento nacional es reciente, si no conviene decir directamente que todavía está sólo en vías de formación, reafirmando que en Italia la literatura no ha sido jamás un hecho nacional, sino de carácter “cosmopolita”.

De la carta abierta de Umberto Fracchia a S. E. G. Volpe se pueden extraer algunos fragmentos típicos: “Sólo un poco de coraje, de abandono (!), de fe (!) bastaría para transformar el elogio entre dientes que usted ha hecho de la presente literatura, en un elogio abierto y explícito, para decir que la presente literatura italiana tiene fuerzas no sólo latentes, sino también descubiertas, visibles (!) las cuales no esperan (!) más que ser vistas (!) y reconocidas por cuantos las ignoran, etc.” Volpe había parafraseado un poco “seriamente” los versos jocosos de Giusti: “Eroi, eroi che fate voi? Ponziamo il poi” * y Fracchia se lamenta miserablemente que no sean reconocidos y apreciados los pujos como pujos.

*”Héroes, héroes ¿qué hacéis? Pujamos por el porvenir.”

Fraccia ha amenazado muchas veces a los editores que imprimen demasiadas traducciones con medidas legislativas corporativas que protejan a los escritores italianos (recordar la ordenanza del Subsecretario del Interior, diputado Bianchi, luego “interpretada” y revocada de hecho, y que estaba vinculada a una campaña periodística de Fracchia). El razonamiento de Fracchia ya citado: cada siglo, cada fracción de siglo no sólo tiene su literatura, más aún, la exalta; tanto que las historias literarias han debido mantener a raya a muchas obras muy ensalzadas y que hoy se reconoce que no valen nada. El hecho es aproximadamente justo, pero de él se puede deducir que el actual período literario no sabe interpretar su tiempo, está separado de la vida nacional efectiva y que, ni aun por “razones prácticas”, son exaltadas obras que tal vez después puedan ser reconocidas como nulas en sentido artístico, porque su carácter “práctico” haya sido superado. Pero ¿es cierto que no existen libros muy leídos? Los hay, pero son extranjeros y no se sabría de ellos si no fuesen traducidos, como los libros de Remarque, etc. Realmente, la época actual no tiene una literatura adherente a sus necesidades más profundas y elementales, porque la literatura existente, salvo raras excepciones, no está ligada a la vida popular nacional, sino a grupos restringidos que son las moscas cocheras de la vida nacional.

Fracchia se lamenta de la crítica que sólo se coloca desde el punto de vista de las grandes obras, que se ha enrarecido en la perfección de las teorías estéticas, etc. Pero si los libros fuesen examinados desde un punto de vista de la historia de la cultura, se lamentaría lo mismo o peor, porque el contenido ideológico y cultural de la actual literatura es casi cero y es, además, contradictorio y discretamente jesuítico.

Tampoco es verdad (como ha escrito Ojetti en la carta a Fracchia), que en Italia no exista una “crítica del público”; existe, pero a su modo, porque el público lee mucho y por consiguiente, selecciona entre lo que existe a su disposición. ¿ Por qué este público prefiere todavía a Alejandro Dumas y Carolina Invernizio y se lanza ávidamente sobre las novelas amarillas? Por otro lado, esta crítica del público italiano tiene su organización que está representada por los editores, por los directores de diarios y periódicos populares; se manifiesta en la selección de los folletines, en la traducción de libros extranjeros no sólo actuales sino viejos, muy viejos, se manifiesta en los repertorios de las compañías teatrales, etc. No se trata de exotismo al cien por cien, porque ese mismo público prefiere en música a Verdi, Puccini, Mascagni, que evidentemente no tienen sus correspondientes en la literatura. Y no solo esto, en el exterior Verdi, Puccini, Mascagni son con frecuencia preferidos por los públicos extranjeros a sus mismos músicos nacionales y actuales.

Este hecho es la prueba más perentoria que en Italia existe una separación entre público y escritores y que el público busca “su” literatura en el exterior, porque la siente más “suya” que a la llamada nacional. En este hecho está planteado un problema esencial de vida nacional. Si es verdad que todo siglo o fracción de siglo tiene su literatura, no siempre es verdad que esta literatura sea producida en la misma comunidad nacional. Todo pueblo tiene su literatura, mas ésta puede venirle de otro pueblo, es decir, que el pueblo de referencia puede estar subordinado a la hegemonía intelectual y moral de otros pueblos. Y con frecuencia es ésta la paradoja más estridente para muchas tendencias monopolistas de carácter nacionalistas y represivas: mientras construyen grandiosos planes de hegemonía, no se dan cuenta que son objetos de una hegemonía extranjera, así cómo, mientras se hacen planes imperialistas, en la realidad se es objeto de otros imperialismos, etc. Por otro lado, no se sabe si el centro político dirigente no entiende muy bien la situación de hecho y no busca superarla: pero es cierto que, en este caso, no ayudan al centro político dirigente en estos esfuerzos y sus cerebros vacíos se encarnizan en la exaltación nacionalista para no sentir el peso de la hegemonía de la que se depende y por la que se está oprimido.

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