El público y la literatura italiana.

En un artículo publicado por el “Lavoro” y reproducido en extractos por la “Fiera Letteraria” del 28 de octubre de 1928 escribe Leo Ferrero: “Se puede decir que por una u otra razón los escritores italianos no tienen más público. En efecto, un público quiere decir un conjunto de personas que no solamente compra los libros, sino que admira por sobre todo a los hombres. Una literatura no puede florecer más que en un clima de admiración que no es, como se podría creer, una compensación sino un estímulo para el trabajo. El público que admira, que admira de verdad, de corazón, con placer, el público que tiene la felicidad de admirar (nada es más deletérea que la admiración convencional) es el más grande animador de una literatura. Por muchas señales se entiende, ¡ay de mí!, que el público esté abandonando a los escritores italianos.”

La “admiración” de Ferrero no es más que una metáfora y un “nombre colectivo para indicar el complejo sistema de relaciones, la forma de contacto entre una nación y sus escritores. Hoy falta ese contacto, es decir, la literatura no es nacional porque no es popular. Paradoja de la época actual. Por otro lado no existe una jerarquía en el mundo literario, o sea, falta una personalidad eminente que ejerza una hegemonía cultural.

Cuestión del por qué y cómo una literatura es popular. La “belleza” no basta. Se requiere un contenido intelectual y moral que sea la expresión elaborada y completa de las aspiraciones más profundas de un determinado público, de la nación-pueblo en una cierta fase de su desarrollo histórico. La literatura debe ser al mismo tiempo elemento actual de civilización y obra de arte; do otro modo, a la literatura de arte es preferida la literatura de folletín que, a su manera, es un elemento actual de cultura, de una cultura degradada cuanto se quiera, pero sentida vivamente.

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