“Contenidistas” y “calígrafos”.

Polémica desarrollada en “Italia Letteraria”, “Tevere”, “Lavoro Fascista” y “Critica Fascista”, entre “contenidistas” y “calígrafos”. Parecía por algunas menciones que Gherardo Casini (director del “Lavoro Fascista” y redactor jefe de la “Crítica Fascista”) debía plantear, al menos críticamente, de manera exacta el problema, pero su artículo en la “Crítica Fascista” del 19 de mayo de 1933 es desilusionante. Casini no logra definir las relaciones entre “política” y “literatura” en el terreno de la ,ciencia y del arte político, como no logra tampoco definirlas en el terreno de la crítica literaria. No sabe indicar prácticamente cómo puede ser planteada y conducida una lucha o ayudado un movimiento por el triunfo de una nueva cultura o civilización, ni se plantea el problema de cómo puede ocurrir que una nueva civilización afirmada como ya existente, pueda no tener una expresión literaria y artística propia, pueda no expandirse en la literatura, mientras en la historia siempre ha ocurrido lo contrario. En efecto, toda nueva civilización, en cuanto era tal, aunque fuera comprimida, combatida y trabada en todas las formas posibles, se ha expresado antes literariamente que en la vida estatal, y su expresión literaria ha sido el modo de crear las condiciones intelectuales y morales para la expresión legislativa y estatal.

Ya que ninguna obra de arte puede carecer de un contenido, es decir, dejar de estar ligada a un mundo poético y éste a un mundo intelectual y moral, es evidente que los “contenidistas” son, simplemente, los portadores de una nueva cultura, de un nuevo contenido, y los “calígrafos” los portadores de un contenido viejo o diferente, de una vieja o diferente cultura (dejando por el momento a un lado toda cuestión de valor sobre estos contenidos o culturas, si bien, en realidad, es el valor de las culturas en contraste y la superioridad de una sobre la otra la que decide verdaderamente en el enfrentamiento). Por consiguiente, el problema es de “historicidad” del arte, de “historicidad y perpetuidad” al mismo tiempo y de investigación del hecho: si el hecho bruto, económico-político, de fuerza, ha (y puede haber) sufrido la elaboración ulterior que se expresa en el arte o, si en cambio, se trata de pura economicidad, artísticamente no elaborable en forma original en cuanto la elaboración precedente ya contiene el nuevo contenido, que es nuevo sólo cronológicamente. En efecto, dado que todo complejo nacional es una combinación frecuentemente heterogénea de elementos puede ocurrir que los intelectuales, por, su carácter cosmopolita, no coincidan con el contenido nacional sino con un contenido tomado en préstamo de otros complejos nacionales o directamente abstracto en sentido cosmopolita. Así, Leopardi se puede llamar el poeta de la desesperación llevada a ciertos espíritus por el sensualismo del Setecientos, que en Italia no encontraba su correspondencia en el desarrollo de fuerzas y luchas materiales y políticas características de los países donde el sensualismo era la forma cultural orgánica. Cuando en el país atrasado las fuerzas civiles correspondientes a la forma cultural se afirman y expanden, es verdad que ellas no pueden crear una nueva literatura original. Más aún, se dará un “caligrafismo”, es decir, en realidad, un excepticismo difuso y genérico para todo “contenido” pasional serio y profundo. Por lo tanto, el “caligrafismo” será la literatura orgánica de tales complejos nacionales que, como Lao-Tse, nacen ya viejos de ochenta años, sin frescura y espontaneidad de sentimiento, sin “romanticismos”, pero también sin “clasicismos” o con un romanticismo amanerado, en donde la tosquedad inicial de las pasiones es la de los “veranillos de San Juan”, de un viejo voronovizado*, no de una virilidad o masculinidad desbordante, así como el clasicismo será también amanerado, “caligrafismo” precisamente, mera forma como una librea de mayordomo. Tendremos Strapaese y Stracittà y el “stra” tendrá más significado de lo que nos parece.

* por Serguéi Voronov, 1866-1951: endocrinólogo y cirujano francés, de origen ruso, famoso por su hipótesis de rejuvenecimiento por trasplante de gónadas e inyección de hormonas.

Por otro lado, es de hacer notar cómo en esta discusión falta toda seriedad de preparación. Las teorías de Croce podrán ser aceptadas o rechazadas, pero es necesario conocerlas con exactitud y citarlas con escrúpulo. En las discusiones, en cambio, han sido citadas de oído, “periodísticamente”. Es evidente que en Croce el momento “artístico” como categoría, aunque sea presentado como momento de la pura forma, no es el presupuesto de ningún caligrafismo ni la negación de ningún contenidismo, es decir, de la irrupción vivaz de algún nuevo motivo cultural. Tampoco cuenta, en realidad, la actitud concreta de Croce como político hacia ésta o aquella corriente de pasiones y sentimientos. Como esteta Croce reivindica el carácter de liricidad del arte, aunque como político reivindique y luche por el triunfo de un determinado programa a cambio de otro. Más bien me parece que no puede negarse que Croce, con su teoría de la circularidad de las categorías espirituales, presupone en el artista una fuerte “moralidad”, aunque no considere a la obra de arte como hecho moral sino como hecho estético, es decir, considera un momento y no otro del círculo, como en este caso. Así por ejemplo, en el momento económico considera tanto al “bandolerismo” como a los negocios bolsistas, pero no me parece que en cuanto hombre trabaje más por el desarrollo del bandolerismo que por los negocios de la bolsa (y se puede decir que en lo referente a su importancia política, su actitud no deja de tener repercusiones en tales tipos de negocios). El mismo hecho de la poca seriedad de las discusiones y del no excesivo escrúpulo de los disputantes en posesionarse de los términos exactos del problema no es, por cierto, una prueba de que el problema sea vital y de excepcional importancia. Es más una polémica de pequeños y mediocres periodistas, que los “dolores del” parto de una nueva civilización literaria.

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