Adolfo Faggi escribe, en el “Marzocco” del 14 de noviembre de 1931, algunas observaciones sobre la sentencia vox populi vox Dei en Los Novias. La sentencia es citada dos veces (según Faggi) en la novela. Una vez en el último capítulo, y aparece dicha por don Abbondio a propósito del marqués sucesor de don Rodrigo: “Y luego no querrá que se diga que es un gran hombre. Lo digo y quiero decirlo. Y aunque me quedase callado no serviría de nada, porque todos lo dicen, y vox populi, vox Dei.” Faggi observa que este solemne proverbio está empleado por don Abbondio un poco enfáticamente, mientras se encuentra bajo la feliz disposición de ánimo causada por la muerte de don Rodrigo, etc.; no tiene ningún significado o importancia particular. La otra vez la sentencia se encuentra en el capítulo XXXI, donde se habla de la peste: “Aún muchos médicos, haciéndose eco de la voz del pueblo (¿era también en este caso, voz de Dios?), ridiculizan los augurios siniestros, las amenazadoras advertencias de los pocos, etc.” Aquí el proverbio es referido en italiano y entre paréntesis, con entonación irónica. En los Sposi promessi (capítulo III del tomo IV, ed. Lesca) Manzoni escribe en forma extensa sobre las ideas que los hombres tienen generalmente por ciertas en tal o cual momento, y concluye que, si hoy pueden encontrarse ridículas las ideas difundidas entre el pueblo en la época de la peste de Milán, no podemos saber si mañana no se encontrarán ridículas las ideas modernas, etc. Este largo razonamiento del borrador es resumido en el texto definitivo ‘con la breve pregunta: “¿Era también en este caso, voz de Dios?.”

Faggi distingue los casos en los que para Manzoni la voz del pueblo no es algunas veces voz de Dios, de los casos donde puede ser tal. No serían voz de Dios “cuando se traten de ideas o mejor de conocimientos específicos, que solamente pueden ser determinados por la ciencia y sus continuos progresos, pero sí cuando se traten de aquellos principios generales y sentimientos comunes por naturaleza a todos los hombres, que los antiguos comprendían en la acertada expresión de conscientia generis humani”. Pero Faggi no plantea muy exactamente la cuestión, la que no puede ser resuelta sin referirse a la religión de Manzoni, a su catolicismo. Así, por ejemplo, refiere el famoso parecer que da Perpetua a don Abbondio, parecer que coincide con la opinión del cardenal Borromeo. Pero en este caso no se trata de una cuestión moral o religiosa sino de un consejo de prudencia práctica dictado por el sentido común más banal. Que el cardenal Borromeo esté de acuerdo con Perpetua no tiene la importancia que parece asignarle Faggi. En mi opinión está ligado a la época y al hecho de que la autoridad eclesiástica tenía un poder político y una influencia. Que Perpetua piense que don Abbondio debe recurrir al arzobispo de Milán, es algo natural (sólo sirve para mostrar cómo en aquel momento don Abbondio había perdido la cabeza y Perpetua tenía más “espíritu de cuerpo” que él), como es natural que Federico Borromeo hable así. En este caso no entra la voz de Dios. El otro caso tampoco tiene mucha importancia. Renzo no cree en la eficiencia del voto de castidad hecho por Lucía y en esto se encuentra de acuerdo con el padre Cristóbal. También aquí se trata de “casuística” y no de moral. Faggi escribe que “Manzoni ha querido hacer una novela de humildes”, pero esto tiene un significado más complejo de lo que Faggi muestra creer. Entre Manzoni y los “humildes” existe una separación sentimental; los humildes son para Manzoni un “problema de historiografía”, un problema teórico que él cree poder resolver con la “novela histórica”, con lo “verosímil” de la novela histórica. Por ello los “humildes” son presentados frecuentemente como “maquetas” populares, con irónica bondad. Y Manzoni es demasiado católico para pensar que la voz del pueblo sea la voz de Dios. Entre el pueblo y Dios está la Iglesia, y Dios no se encarna en el pueblo, sino en la Iglesia. Que Dios se encarne en el pueblo puede creerlo Tolstoi, pero no Manzoni.

En verdad, esta actitud de Manzoni es percibida por el pueblo y debido a ello Los Novios jamás ha sido popular. Sentimentalmente el pueblo sentía a Manzoni lejos de sí y a su libro como un libro de devoción, no como una epopeya popular.

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