Italia y Francia.

Se puede afirmar tal vez que toda la vida intelectual italiana, hasta el 1900 (y precisamente hasta la formación de la corriente cultural idealista Croce-Gentile), en cuanto tenía una tendencia democrática, es decir, en cuanto quiso (aunque no lo lograse siempre) tomar contacto con las masas populares, fue simplemente un reflejo francés de la oleada democrática francesa que tuvo su origen en la revolución de 1789. La artificiosidad de esta vida reside en el hecho de que en Italia ella no tuvo las premisas históricas que en cambio existieron en Francia.

En Italia no hubo nada similar a la revolución de 1789 y a las luchas que la siguieron. Sin embargo, en Italia se “hablaba” como si tales premisas hubiesen existido. Pero se comprende que no era más que un hablar de labios afuera. Desde este punto de vista es comprensible el significado “nacional”, aunque poco profundo, de las corrientes conservadoras con relación a las democráticas; éstas eran “llamaradas” de gran extensión superficial; aquellas eran de poca extensión, pero bien arraigadas e intensas. Si no se estudia la cultura italiana hasta el 1900 como un fenómeno de provincialismo francés, se comprenderá muy poco. Sin embargo es necesario distinguir que en la admiración por las cosas de Francia, existe mezclado un sentimiento nacional antifrancés. Se vive de reflejo y se odia al mismo tiempo. Al menos entre los intelectuales. En el pueblo los sentimientos “franceses” no son tales, aparecen como “sentido común”, como cosa propia del mismo pueblo, y el pueblo es francófilo o francófobo según sea o no instigado por las fuerzas dominantes. Era cómodo hacer creer que la revolución de 1789, porque había ocurrido en Francia era como si hubiese (ocurrido en Italia, porque de las ideas francesas era cómodo servirse para guiar a las masas; y a su vez era cómodo servirse del antijacobinismo conservador para ir contra Francia, cuando esto era útil.

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