Contenido y forma.

En la crítica de arte la aproximación de estos dos términos puede asumir muchos significados. Admitido el hecho de que contenido y forma son la misma cosa, esto no significa sin embargo que no se pueda distinguir entre uno y otro. Se puede decir que quien insiste en el “contenido” lucha en realidad por una cultura determinada y por una concepción del mundo determinada contra otras culturas y otras concepciones del mundo. Se puede decir aún más, que hasta ahora, históricamente, los llamados “contenidistas” han sido “más democráticos” que sus adversarios parnasianos, por ejemplo; es decir, querían una literatura que no fuese para los “intelectuales”, etc.

¿Puede hablarse de una prioridad del contenido sobre la forma? Sí, en el sentido que la obra de arte es un proceso y que los cambios de contenido son también cambios de forma; pero es “más fácil” hablar de contenido que de forma porque el contenido puede ser “resumido” de manera lógica. Cuando se dice que el contenido precede a la forma, se quiere decir simplemente que en la elaboración de la obra, las tentativas sucesivas son presentadas con el nombre de contenido, y no otra cosa. El primer contenido que no satisfacía también era forma y, en realidad, cuando se ha logrado la “forma” satisfactoria, el contenido también ha cambiado. Es verdad que frecuentemente aquellos que charlan de forma, etc., contra el contenido, son espíritus completamente vacíos que amontonan palabras que no siempre tienen entre ellas ese mínimo de ligazones que exige la gramática (por ejemplo: Ungaretti), y por técnica, forma, etc. entienden vacuidad de jerga de una pequeña secta de cabezas huecas.

Entre las cuestiones de la historia nacional italiana se debe incluir también esta cuestión que asume diversas formas: 1) existe una diferencia de estilo entre los escritos dedicados al público y los otros, por ejemplo entre las cartas y las obras literarias. Tanta es la diferencia que a veces parece estar uno frente a dos escritores. En las cartas (salvo excepciones como la de D’Annunzio, que representa hasta frente al espejo, para sí mismo), en las memorias y en general en todos los escritos dedicados a poco público y a sí mismo, predomina la sobriedad, la simplicidad, el estilo directo, mientras en los otros escritos predomina el engreimiento, el estilo oratorio, la hipocresía estilística. Esta “enfermedad” está difundida hasta tal punto, que ha afectado al pueblo para el cual, en efecto, “escribir” significa montar en zancos, ponerse de fiesta, “fingir” un estilo rebuscado, en todo caso expresarse de manera diferente que la común; y como el pueblo no es literato y de literatura sólo conoce los libretos de óperas del ochocientos, ocurre que los hombres del pueblo “melodramatizan”. He aquí entonces que “contenido” y “forma”, además de un significado “estético” tienen también un significado “histórico”. Forma “histórica” significa un determinado lenguaje, como “contenido” indica un determinado modo de pensar no sólo histórico sino “sobrio”, expresivo, sin agitar los puños, pasional sin que las pasiones sean exacerbadas al estilo de Otelo o de la ópera, en suma: sin la máscara teatral. Creo que este fenómeno como hecho de masa sólo se verifica en nuestro país, ya que casos individuales ocurren en todas partes. Pero es necesario estar atentos porque el nuestro es el país donde al barroco convencional ha sucedido al arcádico convencional; siempre teatro y convención sin embargo. Es necesario decir que en estos años las cosas han mejorado bastante. D’Annunzio ha sido el último acceso de enfermedad del pueblo italiano, y el periódico, por sus necesidades, ha tenido el gran mérito de “racionalizar” la prosa, pero la ha empobrecido y debilitado, y también esto es perjudicial. Desdichadamente en el pueblo junto a los “futuristas antiacadémicos” existen también los “secentisti” de conversión. Por otro lado aquí se hace una cuestión histórica, para explicar el pasado y no una lucha puramente actual para combatir males actuales, que no han desaparecido del todo y que se encuentran en algunas manifestaciones en especial (discursos solemnes, especialmente fúnebres, patrióticos, inscripciones, etc.). Se podría decir que se trata de “gusto” y se erraría. El gusto es “individual” o de pequeños grupos; aquí se trata de grandes masas y por ello no puede menos que tratarse de un problema de cultura, de fenómeno histórico, de existencia de dos culturas: el gusto “sobrio” es individual y no el otro, el melodrama, que es el gusto nacional, es decir, la cultura nacional.

Y que no se diga que no es necesario ocuparse de tales cuestiones; por el contrario, uno de los objetivos culturales a proponerse debe ser la formación de una prosa vivaz y expresiva y, al mismo tiempo, sobria y mesurada. También en este caso forma y expresión se identifican, e insistir sobre la “forma” no es más que un medio práctico para actuar sobre el contenido, para obtener una deflación de la retórica tradicional que estropea toda forma de cultura, hasta aquella “antirretórica”.

La pregunta de si ha existido un romanticismo italiano puede tener diferentes respuestas, según lo que se entienda por “romanticismo”. Y por cierto, son muchas las definiciones que de este término han sido dadas. Mas a nosotros nos importa una de estas definiciones y no precisamente por el aspecto “literario” del problema. El romanticismo ha asumido, entre otros significados, el de una relación especial entre los intelectuales y el pueblo, la nación; o sea, un particular reflejo de la “democracia” (en sentido amplio) en las letras (en sentido amplio, por el cual también el catolicismo puede haber sido “democrático” mientras el “liberalismo” puede no haberlo sido). En este sentido interesa el problema para Italia y está ligado a los otros problemas que hemos recogido en la serie: si ha existido un teatro italiano; la cuestión de la lengua; por qué la literatura no ha sido popular, etc. Por consiguiente, de la interminable literatura sobre el Romanticismo es necesario aislar este aspecto e interesarse por él, teórica y prácticamente, es decir, como hecho histórico y como tendencia general que puede dar lugar a un movimiento actual, a un problema actual que sea necesario resolver. En este sentido el Romanticismo precede, acompaña, sanciona y desarrolla todo aquél movimiento europeo que parte de la Revolución Francesa; es su aspecto sentimental-literario (más sentimental que literario, en el sentido de que el aspecto literario ha sido sólo una parte de la expresión de la corriente sentimental que ha impregnado toda la vida o una parte muy importante de ella y de la cual un pequeñísimo trozo ha podido encontrar expresión en la literatura).

Por consiguiente, la búsqueda es de historia de la cultura y no de historia literaria, o mejor, de historia literaria en cuanto parte o aspecto de una más vasta historia de la cultura. Y bien, en este preciso sentido el Romanticismo no ha existido en Italia y, en el mejor de los casos, sus manifestaciones han sido mínimas, muy escasas y de aspecto puramente literario.*

* Sobre este punto es necesario recordar la teoría de Thierry y el reflejo manzoniano. Las teorías de Thierry son precisamente uno de los aspectos más importantes de estas manifestaciones del Romanticismo de las que aquí se habla.

Es necesario observar cómo también en Italia estas discusiones han asumido un aspecto intelectual y abstracto: los “pelasgos” * de Gioberti, las poblaciones “preromanas “, etc.; en realidad nada que estuviese en vinculación con el viviente pueblo actual, por quien en cambio se interesaba Thierry y la historiografía política afín.

*Los “Pelasgos”: población legendaria de Etruria e Italia Meridional a la que se refiere Gioberti para reivindicar para la civilización italiana, antiquísimos orígenes itálicos, al margen de las influencias exteriores (N. del T.).

En tal sentido se ha dicho que la palabra “democracia” no debe ser tomada solo en el significado “laico” o “laicista” con el que se la emplea; sino también en el significado “católico”, reaccionario si se quiere; lo que importa es el hecho de que se busque una ligazón con el pueblo, con la nación, que se considere necesario una unidad no servil, debida a la obediencia pasiva, sino una unidad activa, viviente, cualquiera sea el contenido de esta vida. Esta unidad viviente, abstrayendo su contenido, ha faltado justamente en Italia; por lo menos en la medida suficiente para convertir a tal unidad en un hecho histórico, y por ello es comprensible el significado de la pregunta “¿ha existido un romanticismo italiano?”.

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