Alessandro Luzio.

Artículo de A. Luzio en el “Corriere della Sera” del 25 de marzo de 1932 (La morte di Ugo Bassi e di Anita Garibaldi) en donde se intenta una rehabilitación del padre Bresciani.

Las obras de Bresciani “de todos modos, en cuanto al contenido, no pueden ser liquidadas con sumaria condena”. Luzio pone juntos el ensayo de De Sanctis y un epigrama de Manzoni (el cual, interrogado si conocía el Ebreo di Verona, habría respondido según el diario de Margherita di Collegno: “He leído las dos primeras partes; parecen dos centinelas que dijeran no avancéis”) y luego llama “sumaria” la condena; ¿no hay algo de jesuitismo en este taimado engaño?

Y todavía: “No es simpático por cierto, el tono con que él, portavoz de la reacción seguida a los motines del 1848-1849, representaba y juzgaba a los defensores de las aspiraciones nacionales. Pero en más de uno de sus cuentos sobre todo en Don Giovanni ossia il Benefattore oculto (volúmenes XXVI-XXVII de la “Civiltà Cattolica”), no faltan rasgos de humana y cristiana piedad por las víctimas; episodios parciales son puestos con ecuanimidad bajo una bella luz, como por ejemplo la muerte de Ugo Bassi y el desgarrante fin de Anita Garibaldi “. Pero ¿ podía aquí hacer otra cosa Bresciani? Y es notable, para juzgar a Luzio, que acepte como bueno en Bresciani justamente su jesuitismo y su demagogia de baja ley.

Filippo Crispolti.

Uno de los documentos más brescianescos de Crispolti es el artículo La madre di Leopardi, en la “Nuova Antologia” del 16 de septiembre de 1929. Que eruditos puros, apasionados también por las minucias biográficas de los grandes hombres, como Ferretti, hayan tratado de “rehabilitar” a la madre de Leopardi, no sorprende; pero las babas jesuíticas que lanza Crispolti sobre el escrito de Ferretti causa repugnancia.* Todo el tono es repugnante intelectual y moralmente. Intelectualmente, porque Crispolti interpreta la psicología de Leopardi con sus “grandes dolores” juveniles (es verdaderamente suyo el manuscrito inédito de memorias al que se refieren dos veces), por ser pobre, mal bailarín y conversador aburrido: parangón repugnante. Moralmente, porqué la tentativa de justificar a la madre de Leopardi es mezquina, capciosa, jesuítica en el sentido técnico de la palabra. ¿Es verdad que todas las madres aristocráticas de principios del siglo XIX eran como Adelaide Antici? Se podrían aportar una profusa cantidad de documentos en sentido contrario, y aún el mismo ejemplo de d’Azeglio no sirve porque la dureza en la educación física para obtener soldados es muy diferente de la sequedad moral y sentimental. Cuando d’Azeglio niño se rompe el brazo y el padre lo induce a tener guardado el mal una noche entera para no asustar a la madre ¿quién no ve el afectuoso sustrato familiar contenido en el episodio y como esto debía exaltar al niño y ligarlo más íntimamente a los progenitores? (Este episodio de d’Azeglio es citado en otro artículo del mismo fascículo de la “Nuova Antologia”, Pellegrinaggio a Recanati, de Alessandro Varaldo). La defensa de la madre de Leopardi no es puramente un hecho de erudición curiosa, es un elemento ideológico, junto a la rehabilitación de los Borbones, etc.

• Giovanni Ferretti, Leopardi, Aquila, 1929 (N. del E.).

 

He observado que Crispolti no vacila en presentarse a sí mismo como paradigma para juzgar el dolor de Leopardi. En su artículo Ombre di romanzi manzoniani,* Manzoni se convierte en paradigma para autojuzgar la novela efectivamente escrita por Crispolti, Un duello, y otra novela, Pío X, que luego no fue escrita. La arrogancia de Crispolti se hace a veces ridícula: Los Novios trata de un “impedimento brutal de un matrimonio”, Un duello de Crispolti trata del duelo; ambas se refieren a la discordia que existe en la sociedad entre la adhesión al Evangelio, que condena la violencia, y el uso brutal de la violencia. Hay una diferencia entre Manzoni y Crispolti: Manzoni provenía del jansenismo, Crispolti es un jesuita laico; Manzoni era un liberal y un democrático del catolicismo (si bien de tipo aristocrático) y era favorable a la caída del poder temporal; Crispolti era un reaccionario de subido tono, y sigue siéndolo; si se separó de los papalinos intransigentes y aceptó ser senador ha sido tan sólo porque deseaba que los católicos se convirtiesen en el partido de ultraderecha de la nación.

• Cfr. la “Nuova Antologia” del 16 de febrero de 1930 (N. del E.)

Es interesante la trama de la novela no escrita Pío X, sólo porque refiere algunas dificultades objetivas que se presentan a la convivencia en Roma de dos potencias como la monarquía y el Papa, reconocido como soberano de las garantías. Cada salida del Vaticano del Papa para atravesar Roma exige: 1) ingentes gastos estatales para el aparato de honor debido al Papa; 2) es una amenaza de guerra civil, porque es necesario obligar a los partidos progresistas a no hacer demostraciones e implícitamente plantea la cuestión de si estos partidos puedan alguna vez asumir el poder con su programa, es decir interviene siniestramente en la soberanía del Estado.

En un artículo publicado en el “Momento” de junio de 1928 (primera quincena me parece, porque es reproducido en extracto por la “Fiera Letteraria”* luego de este período), Filippo Crispolti ha relatado cómo, cuando en 1906 se pensó en Suiza en dar el premio Nobel a Giosue Carducci, nació la duda de que una tal demostración de admiración al cantor de Satanás podía suscitar escándalo entre los católicos: fueron por lo tanto requeridas informaciones a Crispolti, el que las dio por carta, y en una conversación con el ministro suizo en Roma, De Bildt. Las informaciones de Crispolti fueron favorables. Así el premio Nobel a Carducci se habría debido a nadie más que a Filippo Crispolti.

• Cfr. a “Fiera Letteraria” de 17 de junio de 1928 (N. de E.).

 Un famoso charlista embrollón es Antonio Bruers, uno de los tantos tapones de corcho que ascienden sobre las crestas fangosas de los bajofondos agitados. En el “Lavoro Fascista” del 23 de agosto de 1929, Bruers da como probable la afirmación en Italia de una filosofía, “la cual, no renunciando sin embargo a ninguno de los valores concretos del idealismo, está en situación de comprender, en su plenitud filosófica y social, la exigencia religiosa. Esta filosofía es el espiritualismo, doctrina sintética (!) que no excluye la inmanencia, pero confiere el primado lógico (!) a la trascendencia, reconoce prácticamente (!) el dualismo y por consiguiente confiere al determinismo, a la naturaleza, un valor que se concilia con las exigencias del experimentalismo”. Esta doctrina correspondería al “genio prevaleciente de la estirpe itálica”, de la cual Bruers, no obstante el nombre exótico, sería naturalmente la coronación histórica, espiritual, inmanente, trascendente, ideal, determinada, práctica y experimental, así como religiosa.

Angelo Gatti.

Sobre la novela Ilia e Alberto publicada en 1931: novela autobiográfica. Gatti se ha convertido al catolicismo jesuítico. Toda la clave, el nudo central de la novela, es este hecho: Ilia, mujer sana, recibe en la boca gotitas de saliva de un tuberculoso, por un estornudo o un acceso de tos (o qué se yo; no he leído la novela sino únicamente su comentario) u otra cosa; se vuelve tuberculosa y muere.

Me parece extraño y pueril que Gatti haya insistido sobre este particular mecánico y externo que sin embargo debe ser importante en la novela si el comentarista se ha detenido a señalarlo. Hace recordar las tonterías habituales que dicen las comadres para explicar las infecciones. ¿Quizás Ilia estaba siempre con la boca abierta ante la gente que le tosía y estornudaba sobre el rostro en el tranvía o en la calle, donde se la encontrara? Y cómo se ha dado cuenta que ha sido esa la causa del contagio? ¿O se trata de un enfermo que enfermaba de ex profeso a la gente sana? Verdaderamente es asombroso que Gatti se haya servido de esta ficelle [trenza] para su novela.

Bruno Cicognani.

La novela Villa Beatrice. Storia di una donna, publicado en el “Pégaso” de 1931. Cicognani pertenece al grupo de escritores católicos florentinos: Papini, Enrico Pea, Doménico Giuliotti.

¿Villa Beatrice puede llamarse la novela de la filosofía neo-escolástica del padre Gemelli, la novela del “materialismo” católico, una novela de la “psicología experimental” tan cara a los neoescolásticos y jesuitas?

Comparación entre las noveles psicoanalíticas y la novela de Cicognani. Es difícil señalar en que contribuyen la doctrina y la religiosidad del catolicismo a la construcción de la novela (de los caracteres y del drama): en la conclusión, la intervención del cura es exterior. El despertar religioso en Beatriz es afirmado solamente, y los cambios en la protagonista sólo podrían ser justificados por razones fisiológicas. Toda la personalidad de Beatriz, si puede hablarse de personalidad, es descripta minuciosamente como un fenómeno de historia natural, no es representada artísticamente. Cicognani “escribe bien” en el sentido vulgar de la palabra, como “escribiría bien” un tratado del juego de ajedrez. Beatriz es “descripta” como la frialdad sentimental personificada y tipificada. ¿Por qué es “incapaz” de amar y de entrar en relaciones afectivas con cualquiera (aún con la madre y el padre) de una manera exasperada y de calcomanía? Ella es fisiológicamente imperfecta en los órganos genitales, sufre fisiológicamente en el abrazo y no podría parir. Pero esta imperfección íntima (¿y por qué la naturaleza no la hace fea exteriormente, indeseable, etc.? ¡Contradicciones de la naturaleza!) es debida al hecho que ella sufre del corazón. Cicognani cree que desde el estado de óvulo fecundado el nuevo ser que hereda una enfermedad orgánica se prepara para defenderse contra el futuro ataque del mal: he aquí que el óvulo-Beatriz, nacido con el corazón débil se construye un órgano sexual imperfecto que la hará repugnar del amor y de toda emotividad, etc. Toda esta teoría es de Cicognani, es el cuadro general de la novela: naturalmente Beatriz no es consciente de esta determinación de su existencia psíquica, ella no obra porque cree ser así, sino obra porque está así fuera de su conciencia. En realidad, su conciencia no está representada, no es un motor que explique el drama. Beatriz es una “pieza anatómica”, no una mujer.

Cicognani no evita las contradicciones, porque parece que a veces Beatriz sufre de tener que ser fría, como si este sufrimiento no fuese en sí mismo una “pasión”, que podría precipitar el mal del corazón; parece por consiguiente que sólo la unión sexual y la concepción con el parto sean peligrosas “para la naturaleza”, pero entonces la naturaleza debería haber previsto de otro modo la “salvaguardia” del ovario de Beatriz: habría debido construirla “estéril” o mejor “fisiológicamente” incapaz de unión sexual. Ugo Ojetti ha exaltado a todo este bodrio como el logro por parte de Cicognani de la “clasicidad artística”.

El modo de pensar de Cicognani podría ser incoherente, y podría haber escrito sin embargo una hermosa novela; pero no es éste precisamente el caso.

Sobre Bruno Cicognani escribe Alfredo Gargiulo en “Italia Letteraria” del 24 de agosto de 1930 (cap. XIX de 1900-1930). “En Cicognani el hombre y el artista constituyen una sola cosa: sin embargo se siente la necesidad de declarar de inmediato, en lugar aparte (!) la simpatía que inspira el hombre. ¡El humanísimo Cicognani! Cualquiera trasgresión, leve por otro lado, en el humanitarismo de tipo romántico o eslavo: ¿qué importa? Cada uno estará dispuesto a perdonárselo en homenaje a aquella auténtica (!), fundamental humanidad.” Por otra parte no se entiende bien lo que Gargiulo quiere decir: ¿es quizás “monstruoso” críticamente que el hombre y el artista se identifiquen? ¿0 la actividad artística no es la humanidad del artista? ¿Y qué significan los adjetivos “auténtica” y “fundamental”? Son sinónimos del adjetivo “verdadero”, que está ahora desacreditado por su vacuidad.

En el campo artístico humanidad “auténtica”, “fundamental”, sólo puede significar concretamente una cosa: “historicidad”, es decir, carácter “nacional-popular” del escritor, (también en el sentido amplio de “socialidad”), aún en sentido aristocrático, a condición de que el grupo social que se expresa sea vivo históricamente y la trabazón social no sea de carácter “práctico-política” inmediata, es decir, predicatoria-moralista, sino histórica o ética-política.

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