Arte católico.

Edoardo Fenu, en un artículo, Domande su un’ arte cattolica, publicado en el “Avvenire d’Italia” y resumido en la “Fiera Letteraria” del 15 de enero de 1928, reprocha “a casi todos los escritores católicos” el tono apologético. “Ahora, la defensa (!) de la fe debe derivarse de los hechos, del proceso crítico (!) y natural del relato, es decir debe ser, manzonianamente, el “jugo” del arte mismo. Es evidente (!) que un escritor católico, verdaderamente (!) no golpeará jamás la frente contra las paredes opacas (!) de la herejía, moral o religiosa. Un católico, por el sólo hecho (!) de ser tal, está ya investido (!) [¿desde afuera?] de aquel espíritu simple y profundo que, transfundiéndose en las páginas de un relato de una poesía, hará del suyo (!) un arte sencillo, sereno, en nada pedante. Por consiguiente (!) es perfectamente inútil entretenerse a cada vuelta de hoja, en hacer entender que el escritor tiene un camino que debe recorrer, tiene una luz para iluminarse. El arte católico deberá (!) colocarse en situación de ser él mismo ese camino y esa luz, sin extraviarse en el terreno [sólo los caracoles se pueden extraviar en el terreno] de los sermones inútiles y de las advertencias ociosas. [En literatura] ...sacando algunos hombres Papini, Giuliotti, y en cierto sentido también Manacorda, el balance es casi desalentador. ¿Escuelas? ... ne verbum quidem. ¿Escritores? Si, de querer tener mangas anchas se podrían lanzar algunos nombres, pero ¡ cuánto esfuerzo para extraerlos con el cabrestante! [malacate] A menos que se quiera patentar como católico a Gotta, o dar la calificación de novelista a Gennari, o aplaudir a aquella innumerable caterva de perfumados y acicalados escritores y escritoras para señoritas.” Hay muchas contradicciones, impropiedades, e ingenuidades estúpidas en el artículo de Fenu. Pero la conclusión implícita es justa: el catolicismo es estéril para el arte, o sea no existen y no pueden existir “almas simples y sinceras” que sean escritores cultos y artistas refinados y disciplinados. El catolicismo se ha convertido para los intelectuales en una cosa muy difícil, que no puede menos que hacer, aún en su fuero íntimo, una apologética minuciosa y pedante. El hecho es ya antiguo; asciende al Concilio de Trento y a la Contrarreforma. Desde entonces “escribir” se ha convertido en algo peligroso, si se escribe especialmente sobre cosas y sentimientos religiosos. Desde entonces la Iglesia ha adoptado un metro doble para medir la ortodoxia: ser “católico” se ha convertido en algo muy fácil y muy difícil al mismo tiempo. Es cosa muy fácil para el pueblo, al cual sólo se le exige que “crea” genéricamente y que obedezca las prácticas del culto: ninguna lucha efectiva y eficaz contra la superstición, contra las desviaciones intelectuales y morales, con tal que no sean “teorizadas”. En realidad, desde el punto de vista intelectual un campesino católico puede ser inconscientemente protestante, ortodoxo, idólatra: basta que diga ser “católico”. También a los intelectuales no se les exige mucho, si se limitan a las prácticas exteriores del culto; tampoco se le exige creer, sino únicamente no dar mal ejemplo descuidando los “sacramentos”, en especial, aquellos más visibles y sabre los cuales cae el control popular: el bautismo, el matrimonio, los funerales (el viático, etc.).

En cambio es muy difícil ser un intelectual “católico” activo y un artista “católico” (novelista especialmente y también poeta), porque se necesita un tal equipo de nociones sobre encíclicas, contraencíclicas, estatutos, cartas apostólicas, etc. y las desviaciones de la dirección eclesiástica ortodoxa han sido tantas y tan sutiles que caer en herejía, o en media herejía o en un cuarto de herejía es cosa facilísima. El sentimiento religioso sencillo ha sido disecado: es necesario ser doctrinarios para escribir “ortodoxamente”. Por ello en el arte, la religión no es más un sentimiento nativo, es un motivo, un elemento. Y la literatura católica puede tener los padres Bresciani y los Ugo Mioni, pera no puede tener más un San Francisco, un Passavante, un Tomás de Kempis; puede ser “milicia”, propaganda, agitación, no más ingenua efusión de fe que no es puesta en duda, sino polemizada, aún en el interior de aquellos que son católicos sinceramente.

El ejemplo de Manzoni puede ser puesto a prueba: ¿cuántos artículos sobre Manzoni ha publicado la “Civiltà Cattolica” en sus ochenta y cuatro años de vida, y cuántos sobre Dante? En realidad, los católicos más ortodoxos desconfían de Manzoni y hablan lo menos que pueden de él; por cierto que no lo analizan como hacen con Dante y algún otro.

Escritores “técnicamente” católicos.

Es notable la escasez de los escritores católicos en Italia, escasez que tiene su razón de ser en el hecho que la religión está separada de la vida militante en todas sus manifestaciones. Entiéndase: “escritores” que tengan alguna dignidad intelectual y que produzcan obras de arte, drama, poesía, novela.

Ya he mencionado a Gallarati-Scotti por un fragmento característico de las Storie dell’amor sacro e dell’amor profano, que tiene su dignidad artística, pero que hiede a modernismo.

Paolo Arcani (más conocido como escritor de ensayos literarios y políticos, por otro lado director de la revista liberal “L’Azione Liberale” de Milán, pero que ha escrito algunas novelas).

Luciano Gennari (que escribe en lengua francesa). No es posible una comparación entre la actividad artística de los católicos franceses (y su estatura literaria) y la de los italianos. Crispolti ha escrito una novela de propaganda, Un duello.

En realidad, el catolicismo italiano es estéril en el campo literario como en los demás campos de la cultura (ver Missiroli, Date a Cesare...).

María di Borio (recordar el típico episodio de la Borio durante la conferencia de la hindú Arcandamaia sobre el valor de las religiones, etc.). El grupo florentino de “Frontespizio”, guiado por Papini, desarrolla una actividad literaria católica extremista, lo cual constituye una prueba de la indiferencia del estrato intelectual por la concepción religiosa.

Escritores “técnicamente” brescianescos.

Con respectos a estos escritores es necesario ver a Giovanni Casati, Scrittori cattolici italiani viventi. Dizionario bio-bibliografico ed indice analitico delle opere, con prefacio de Filippo Meda.

Será necesario ver también las posibles ediciones sucesivas de este diccionario y compararlas entre sí, para controlar las adiciones y omisiones voluntarias.

Don Giovanni Casati es el especialista católico en bio-bibliografía. Dirige la “Rivista di Letture”, que autoriza y desautoriza los libros a leer y adquirir por los compradores privados y por las bibliotecas católicas: está compilando un repertorio Scrittòri d’Italia dalle origini fino ai viventi en orden alfabético (según el artículo de la “Civiltà Cattolica” del 2 de marzo de 1929, de la cual extraigo esta información, han aparecido hasta ahora las letras A) y B); ha escrito un volumen de Saggi di libri letterari condannati dall’ Indice,

En el diccionario de los Scrittori cattolici italiani viventi están registrados 591. Algunos no responden a la designación; Casati en el caso de escritores que publican libros en las editoriales no católicas, ha interpretado su silencio “como tácito ruego de no hacerlos figurar en el diccionario”. Sería necesario ver por qué han sido requeridos: ¿por qué estaban “bautizados” o por qué en sus libros aparecía un carácter estrecha y confesadamente “católico”?

Dice la “civiltà Cattolica” que en el Dizionario faltan, por ejemplo, Gaetano De Sanctis, Pietro Fedele y “no pocos otros profesores universitarios y escritores de valor”. De Sanctis es ciertamente un escritor “católico”, voluntaria, confesadamente católico; ¿pero Pietro Fedele? Se habrá convertido en los últimos años; no lo fue por cierto hasta el 1924 al menos. Se evidencia, por consiguiente, que el criterio para fijar la “catolicidad” no ha sido muy riguroso y que se ha querido confundir entre “católicos” escritores y escritores “católicos”.

En el Dizionario no están incluidos los periodistas y publicistas que no han publicado ningún libro: así, no aparece el conde Della Torre, director del “Osservatore Romano” y Calligari (Mikros) director de “Unità Cattolica” (muerto recientemente). Algunos se excusaron “por modestia”. . . (¿ Quiénes son los “convertidos” comprendidos en el Dizionario? (tipos: Papini, Giuliotti, Mignosi, etc.)

Dice la “Civiltà Cattolica”: “Desde la guerra hasta aquí se nota un cierto despertar de la conciencia religiosa, en los escritores contemporáneos, un insólito interés por los problemas religiosos, una orientación más frecuente hacia la Iglesia católica, a la cual [la orientación] deben haber contribuido en no poca medida los conversos comprendidos en el Dizionario de Casati.”

De los 591 escritores católicos vivientes, 374 (“salvo error”, escribe la “Civiltà Cattolica”) son hombres de la iglesia, sacerdotes y religiosos, entre los cuales tres cardenales, nueve obispos, tres o cuatro abates (sin contar a Pío XI); 217 son laicos, de ellos 49 mujeres: una sola mujer es religiosa.

La “Civiltà Cattolica” observa algunos errores. Existe un Katolischer Literaturkalender (Edit. Herder, Freiburg i.B., 1926) que registra 5313 escritores católicos alemanes. En lo que respecta a Francia, el Almanach catholique français (publicado por Bloud et Gay, París, fin de 1920) publica un pequeño diccionario de las “principales personnalités catholiques”. En Inglaterra, The Catholic Who’s Who, 1928 (Londres, Burns Oates and Washbourne).

La “Civiltà Cattolica” augura que, ampliados los cuadros (incluyendo a los periodistas y publicistas) y vencida la renuncia de los “modestos” el elenco italiano se duplica, lo cual sería siempre muy poco. Lo curioso es que la “Civiltà Cattolica” hable de “desalojar a algunos de su propia modestia”, y mencione “al orientalista profesor P. S. Rivetta”, el cual, si es modesto como “orientalista” y como profesor P. S. Rivetta no lo es por cierto como “Toddi”, bromista del “Travaso delle Idee”, y redactor de la hoja “Via Vittorio Veneto” para los garçones y para los frecuentadores de los café de lujo y para todos los snobs.

Hay que poner de relieve el hecho que desde hace algunos años los escritores católicos en sentido estricto tratan de organizarse en sí, de formar una corporación solidaria que se controla y exalta a través de una serie de publicaciones y de iniciativas. Razones de esta actitud militante y con frecuencia agresiva, que está vinculada a la nueva situación que legal y oficialmente ha venido conquistando el catolicismo en el país.

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