Neolalismo.

El neolalismo como manifestación patológica del lenguaje (vocabulario) individual. Pero ¿no se puede emplear el término en sentido más general, para indicar toda una serie de manifestaciones culturales, artísticas e intelectuales? ¿Qué son todas las escuelas y escuelitas artísticas y literarias sino manifestaciones de neolalismo cultural? En los períodos de crisis se producen las manifestaciones más extensas y múltiples de neolalismo.

La lengua y los lenguajes. Cada expresión cultural, cada actividad moral e intelectual tiene una lengua específica históricamente determinada: esta lengua es aquello que se denomina también “técnica” o “estructura”. Si un literato se pusiese a escribir en un lenguaje personalmente arbitrario (es decir, se convirtiese en un “neolálico” en el sentido patológico de la palabra) y fuese imitado por otros (cada uno con su lenguaje arbitrario) sería la Torre de Babel. La misma impresión no se presenta en lo que concierne al lenguaje (técnica) musical, pictórico, plástico, etc. Meditar y profundizar este punto.

Desde el punto de vista de la historia de la cultura, y, por consiguiente, también de la “creación” cultural (no confundirla con la creación artística, sino aproximarla, en cambio, a las actividades políticas; y en efecto, en este sentido puede hablarse de una “política cultural”) entre el arte literario y las otras formas de expresión artísticas (figurativas, musicales, orquestales, etc.) existe una diferencia que sería necesario definir y precisar de manera teóricamente justificada y comprensible. La expresión “verbal” tiene un carácter estrictamente nacional, popular, cultural: una poesía de Goethe, en el original, puede ser entendida y vivida completamente sólo por un alemán (o por quien se haya “germanizado”). Dante sólo puede ser entendido y revisado por un italiano culto, etc. Una estatua de Miguel Ángel, un trozo musical de Verdi, un ballet ruso, un cuadro de Rafael, etc., pueden en cambio ser entendidos casi inmediatamente por cualquier, ciudadano del mundo, aunque tenga un espíritu no cosmopolita y no haya superado el estrecho círculo de una provincia de su país. Sin embargo, el asunto no es tan simple como podría creerse ateniéndose a la superficie de las cosas. La emoción artística que siente un japonés o un lapón ante una estatua de Miguel Ángel o escuchando una melodía de Verdi es, por cierto, una emoción artística (el mismo japonés o lapón permanecería insensible y sordo si escuchase declamar una poesía de Dante, Goethe o Shelley o admiraría el arte del declamador como tal); sin embargo, la emoción artística del japonés o del lapón no sería de la misma intensidad y calor que la emoción de un italiano medio y tanto menos que la de un italiano culto. Esto significa que junto, o mejor por debajo de la expresión de carácter cosmopolita del lenguaje musical, pictórico, etc., hay una sustancia cultural más profunda, más restringida, más “nacional-popular”. Más aún: los grados de este lenguaje son diferentes, hay un grado nacional-popular (y frecuentemente, antes de éste, un grado provincial-dialectal-folklórico), luego el grado de una determinada “civilización” que puede establecerse empíricamente a partir de la tradición religiosa (por ejemplo cristiana, pero diferenciada en católica, protestante, ortodoxa, etc.) y también, en el mundo moderno, a partir de una determinada “corriente cultural-política”. Durante la guerra, por ejemplo, un orador inglés, francés, ruso, podía hablar en su lengua desconocida, a un público italiano, de las devastaciones realizadas por los alemanes en Bélgica; si el público simpatizaba con el orador, escuchaba atentamente y lo “seguía”, se podía decir que lo “comprendía”. Es verdad que en la oratoria cuentan otros elementos además de la “palabra”: el gesto, el tono de la voz, etc., es decir, un elemento musical que comunica el leitmotiv del sentimiento predominante, de la pasión principal y el elemento orquestal: el gesto en sentido amplio, que enardece y articula la ola sentimental y pasional.

Para establecer una política cultural son indispensables estas observaciones que pasan a ser fundamentales para una política cultural de las masas populares. He aquí las razones del actual “éxito” internacional del cinematógrafo y, anteriormente, del melodrama y la música en general.

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