Adelchi Baratono. Ha escrito en el segundo fascículo de la revista “Glossa Perenne” (que era dirigido por Raffaele Garzia y comenzó a publicarse en el 1928-29’) un artículo sobre el Novecentismo, que debe ser muy rico en elementos “sfottendi” [burlescos]. Entre otros: “El arte y la literatura de un tiempo no puede y no debe ser (!) otro que el correspondiente a la vida (!) y al gusto del tiempo, y todas las censuras, así como no servirían para cambiar la inspiración y la forma, serían también contrarias a todo criterio (!) histórico (!) y, por consiguiente, justo (?) de juzgar.”

¿Pero la vida y el gusto de un tiempo son algo monolítico o están plenos de contradicciones? Y cómo se verifica entonces la “correspondencia”? ¿El período del Risorgimiento era “correspondido” por Berchet o por el padre Bresciani? La censura lamentadora y moralista sería necia en verdad, pero se puede hacer la crítica y juzgar sin llorar. De Sanctis era un decidido partidario de la revolución nacional, sin embargo supo juzgar brillantemente a Guerrazzi y no sólo a Bresciani. El agnosticismo de Baratono no es más que bellaquería moral y civil. Si fuese verdad que un juicio de valor sobre los contemporáneos es imposible por defecto de objetividad y universalidad, la crítica debería guardar silencio, pero Baratono teoriza sólo la propia impotencia estética y filosófica y la propia debilidad.

Los futuristas. Un grupo de escolares, que se han escapado de un colegio de jesuitas, han hecho bochinche en el bosque vecino y han sido reconducidos a la escuela bajo la férula de la guardia campestre.

Novecentistas y strapaesani. El Barroco y la Arcadia adaptados a los tiempos modernos. El habitual Malaparte, que fue redactor jefe de “900” de Bontempelli, se convierte poco a poco en el “dirigente” de los strapaesanos y el zángano punzante de Bontempelli.

Stracittà y Strapaese. Analizar en la “Italia Letteraria” del 16 de noviembre de 1930 la carta abierta de Massimo Bontempelli a G. B. Angioletti con anotaciones de este último (¿Il novecentismo è vivo o morto?). La carta ha sido escrita por Bontempelli inmediatamente después de su nombramiento académico y expresa en cada palabra la satisfacción del autor por poder decir que ha “hecho morder el polvo” a sus enemigos: Malaparte y la banda del “Italiano”. Esta polémica de Strapaese contra Stracittà, según Bontempelli, era provocada por sentimientos oscuros e innobles, lo cual se puede aceptar por quien tenga en cuenta el arribismo demostrado por Malaparte en todo el período posterior a la guerra: era una lucha de un grupito de literatos “ortodoxos” que se veían golpeados por la “concurrencia desleal” de los literatos ya escritores del “Mondo”, como Bontempelli, Alvaro, etc. y deseaban dar un contenido de tendencia ideológica-artística cultural a su resistencia, etcétera.

Ricardo Bacchelli, Il diavolo al Pontelungo. Esta novela de Bacchelli ha sido traducida al inglés por Orlo Williams y la “Fiera Letteraria” del 27 de enero de 1929 reproduce la introducción de Williams a dicha traducción. Williams anota que Il Diavolo al Pontelungo es “una de las pocas novelas verdaderas, en el sentido que damos en Inglaterra a la palabra novela”, pero no pone de relieve (si bien habla del otro libro de Bacchelli Lo sa il tonno) que Bacchelli es uno de los pocos escritores italianos que se pueden llamar “moralistas” en el sentido inglés y francés (recordar que Bacchelli ha sido colaborador de la “Voce” y durante algún tiempo, en ausencia de Prezzolini, estuvo también en la dirección); lo llama en cambio raisonneur, “poeta-docto”. Raisonneur en el sentido de que frecuentemente interrumpe la acción del drama, para introducir comentarios en torno a los móviles de la acción humana en general. (Lo sa il tonno es el libro típico de Bacchelli “moralista” y no parece muy bien logrado.)

En una carta a Williams, reproducida en la introducción, Bacchelli da la siguiente información sobre Il Diavolo: “En líneas generales (!) el material es estrictamente (!) histórico tanto en la primera como en la segunda parte. Son históricos (!) los protagonistas, como Bakunin, Cafiero, Costa. En la concepción de la época, las ideas y los hechos he tratado de ser histórico en sentido estricto: revolucionarismo cosmopolita, principios de la vida política del reino de Italia, cualidad del socialismo italiano en sus comienzos, psicología política del pueblo italiano y su irónico buen sentido, su instintivo y realísta maquiavelismo [sobre todo habría que decir guicciardinismo en el sentido del hombre de Guicciardini del que habla De Sanctis], etc. Mis fuentes son la experiencia de la vida política hecha en Bologna, que es la ciudad políticamente más susceptible y sutil de Italia (mi padre era un hombre político, diputado liberal conservador) [el juicio de Bologna política que da Bacchelli es esencialmente justo, pero no en lo que respecta al pueblo, sino en lo referente a las clases poseedoras e intelectuales coaligadas contra el campo, agitado y violento de manera elemental; en Bologna viven en un estado permanente de pánico social, con el miedo de una jacquerie, y el temor aguza el oído político], los recuerdos de algunos de los últimos sobrevivientes de los tiempos de la Internacional anarquista (he conocido uno que fue compañero y cómplice de Bakunin en los hechos de Bologna de 1874) y, en cuanto a libros, sobre todo el capítulo del profesor Ettore Zoccoli en su libro sobre la anarquía y los cuadernos de Bakunin que el historiador austríaco del anarquismo, Nettlau, ha reimpreso en su rarísima biografía editada en pocos ejemplares. El francés [era suizo, en cambio] James Guillaume trata también de Bakunin y Cafiero en su obra sobre la Internacional, que no conozco, pero de la cual creo apartarme en varios puntos importantes. Esta obra forma parte (!) de una polémica posterior sobre la Baronata de Locarno, en la cual no me he detenido [sin embargo, esta polémica iluminó el carácter de Bakunin y por consiguiente sus relaciones con Cafiero]. Trata de cosas mezquinas y de cuestiones de dinero [puah!]. Creo que Herzen, en sus memorias, ha escrito las palabras más justas y humanas en torno a la personalidad variable, inquieta y confusa de Bakunin; Marx, como no era raro, fue solamente cáustico e injurioso. En conclusión, creo poder decir que el libro se funda sobre una base de concepto sustancialmente histórico. Cómo y con qué sentimiento artístico haya sabido desarrollar este material europeo (!) y representativo, es un tema que no me corresponde a mí juzgar.”

Il diavolo al Pontelungo debe ser colocado junto a Pietro e Paolo de Sobrero para el claroscuro en el ensayo sobre Los sobrinitos del padre Bresciani: Por otro lado, hay en Bacchelli mucho brescianismo, no sólo político-social, sino también literario: la “Ronda” fue una manifestación de jesuitismo artístico.

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