Giovanni Ansaldo.

En un lugarcito aparte dentro de la rúbrica sobre Los sobrinitos del padre Bresciani debe ser insertado también Giovanni Ansaldo. Es de recordar su diletantismo político-literario que le hizo sostener, en cierto período, la necesidad de “ser pocos”, de constituir una “aristocracia”: su actitud era banalmente snobista, más que expresión de un firme convencimiento ético-político, un modo de ser de la literatura “distinguida”, de tertulia equívoca. Ansaldo se ha convertido así en la “estrellita negra” del “Lavoro”, estrellita con cinco puntas, que no debe ser confundida con la que en “Problemi del Lavoro” sirve para indicar a Franz Weiss y que tiene seis puntas. (Que Ansaldo se atenga a sus cinco puntas se evidencia en el Almacco delle Muse de 1931, edición genovesa. El Almanacco delle Muse fue publicado por la Alianza del Libro.)

Para Ansaldo todo se convierte en elegancia cultural y literaria: la erudición, la precisión, el aceite de ricino, el bastón, el puñal; la moral no es seriedad moral, sino elegancia, flor en el ojal. Aún esta actitud es jesuítica, es una forma de culto del propio “particular” en orden de la inteligencia, una exterioridad de sepulcro blanqueado. Por otro lado, ¿cómo olvidar que precisamente los jesuitas han sido siempre maestros de “elegancia” (jesuítica) de estilo y de lengua?

Curzio Malaparte.

Su nombre verdadero es Kurt Erich Suckert, italianizado alrededor de 1924 como Malaparte, haciendo un juego de palabras con Bonaparte.*

• Cfr. la colección de la Revista “La conquista dello stato”.

En la primera etapa de la postguerra ostentó el nombre extranjero. Perteneció a la organización de Guglielmo Lucidi que pretendía asemejarse al grupo francés de Clarté de Henri Barbusse y al grupo inglés del Control democrático; en la colección de la revista de Lucidi intitulada “Rassegna (o Revista) Internazionale” publicó un libro de guerra La rivolta dei santi maledetti, una exaltación de la presunta actitud derrotista de los soldados italianos en Caporetto, brescianescamente corregida en sentido contrario en las ediciones sucesivas y luego retirada del comercio.

Lo que prevalece en el carácter de Suckert es un desenfrenado arrivismo, una desmesurada vanidad y un snobismo camaleonesco: para lograr algún éxito Suckert era capaz de cualquier perfidia. Sus libros sobre la Italia Bárbara y su exaltación de la Contrarreforma: nada menos serio y superficial que estas obras.

A propósito de la exhibición del nombre extranjero (que hasta cierto punto estaba en contradicción con sus referencias a su racismo y popularismo de metal plateado y fue por ello sustituído por el pseudónimo, en donde Kurt [Conrado] es latinizado por Curzio) es observable una corriente bastante difundida en ciertos intelectuales italianos del tipo “moralistas” o moralizadores: ellos habían sido impulsados a considerar que en el exterior se era más honesto, más capaz, más inteligente que en Italia. Esta “exteromanía” asumía formas tediosas y a veces hasta repugnantes en tipos invertebrados como Graziadei, pero se había difundido mucho y daba lugar a poses snobistas trastornantes. Recordar el breve coloquio con Giuseppe Prezzolini en Roma en 1924 y su exclamación desconsolada: “¡ Habría debido procurar a tiempo a mis hijos la nacionalidad inglesa!” o algo por el estilo. Me parece que tal estado de ánimo no ha sido característico solamente de algunos grupos intelectuales, sino que se ha verificado también, en ciertas épocas de envilecimiento moral. De cualquier manera es un signo revelador de ausencia de espíritu nacional-popular, y además de estupidez. Se confunde a todo un pueblo con algunos de sus estratos corrompidos, especialmente de la pequena burguesía (en realidad estos señores pertenecen en esencia, ellos mismos, a estos estratos) que en los países esencialmente agrícolas, atrasados civilmente y pobres, es muy difundida y puede parangonarse al Lumpenproletariat de las ciudades industriales; la camorra y la “mafia” no es otra cosa que una forma similar de malavida, que vive parasitariamente sobre los grandes propietarios y sobre el campesinado. Los moralizadores caen en el pesimismo más necio, porque sus prédicas pierden el tiempo que encuentran. Los tipos como Prezzolini en lugar de concluir en la propia ineptitud orgánica, encuentran más cómodo arribar a la conclusión de la inferioridad de un pueblo entero, no quedando otra salida que acomodarse: “Viva Franza, viva Spagna, purché se magna!” * Estos hombres, aunque muestren a veces un nacionalismo de lo más activo, deberían ser señalados por la policía como elementos capaces de convertirse en espías contra su propio país.

• “¡Viva Francia*, viva España, porque se come!”

Ver en “Italia Letteraria” del 3 de enero de 1932 el artículo de Malaparte: Analisi cinica dell’Europa. En los últimos días de 1931, en los locales de la École de la paix en París, el ex presidente Herriot pronunció un discurso sobre los medios mejores para organizar la paz europea. Luego de Herriot habló Malaparte contradiciéndolo: “Así como también Ud., en ciertos aspectos (sic) es un revolucionario—le dice entre otras cosas a Herriot-- [escribe Malaparte en su artículo] pienso que está en condiciones de entender que el problema de la paz debería ser considerado no sólo desde el punto de vista del pacifismo académico, sino también desde un punto de vista revolucionario. Solamente el espíritu patriótico y el espíritu revolucionario (si es verdad, como lo es por ejemplo en el fascismo, que el uno no excluye al otro) pueden sugerir los medios para asegurar la paz europea.” “Yo no soy un revolucionario—me respondió Herriot—soy simplemente un cartesiano. Pero Ud. querido Malaparte, no es más que un patriota.”

Así para Malaparte, Herriot también es un revolucionario, al menos en ciertos aspectos, y por lo tanto se hace todavía más difícil comprender qué significa “revolucionario” para Malaparte y en general. Si en el lenguaje común a ciertos grupos políticos, “revolucionario” estaba asumiendo cada vez más el significado de “activista”, de intervencionista, de voluntarista, de “dinámico”, es difícil concebir cómo Herriot puede ser calificado de tal y por ello Herriot ha respondido con espíritu que era un “cartesiano. A Malaparte le parece que se puede entender que “revolucionario” se ha convertido en un cumplido, como alguna vez “gentilhombre” o “gran hombre de bien” o “verdadero hombre de bien”, etc. Esto también es brescianismo: luego del 1848 los jesuitas se llamaban a sí mismos “verdaderos liberales” y a los liberales, libertinos y demagogos.

La academia de los Diez.

Ver el artículo de Curzio Malaparte, Una specie di accademia en la “Fiera Letteraria” del 3 de junio de 1928: el “Lavoro d’Italia” habría pagado 150.000 liras por la novela Lo Zar non è morto escrita en la cooperativa de los Diez. “Par la “Novela de los Diez” los afiliados de la Confederación, en su enorme mayoría obreros, han debido desembolsar 150.000 liras. ¿Por qué ? Por la sorprendente razón que los autores son diez y que entre los Diez figuran además del nombre del presidente y del secretario general del “Raduno”, los del secretario nacional y de dos miembros del directorio del sindicato de autores y escritores!... ¡Qué jauja el sindicalismo intelectual de Giacomo di Giacomo!” Malaparte escribe aún más: “Si aquellos dirigentes a los que se refiere nuestro artículo, fuesen fascistas, no importa si de vieja o nueva data, habríamos seguido otra vía para denunciar el despilfarro y la camorra: es decir nos habríamos dirigido al secretario del P.N.F. Pero tratándose de personajes sin carnet, políticamente poco limpios y mal comprometidos algunos, otros infiltrados en los sindicatos en la hora de la comida, hemos preferido concluir el asunto sin escándalo (!) con estas cuatro palabras dichas en público.” Este fragmento es impagable.

En el artículo sigue luego un ataque vivaz contra Bodrero, entonces subsecretario de Instrucción Pública y contra Fedele, ministro. En la “Fiera Letteraria” del 17 de junio, Malaparte publica un segundo artículo, Coda di un’accademia, donde aumenta socarronamente la dosis contra Bodrero y Fedele. (Fedele había mandado una carta sobre la cuestión Salgari, que fue el “plato fuerte” del sindicato de escritores y que hizo reír a medio mundo.)

La “Fiera Letteraria” convertida luego en “L’Italia Letteraria” ha sido siempre, pero se está transformando cada vez más en una bolsa de papas. Tiene dos directores, pero es como si no tuviese ninguno y un secretario examinase el material recibido, tirando a la suerte los artículos a publicar. Lo curioso es que los dos directores, Malaparte y Angioletti, no escriben en su periódico y prefieren otras vitrinas. Las columnas de la redacción deben ser Titta Rosa y Enrico Falqui y de los dos el más cómico es este último, que compila la Rassegna della stampa, brincando a diestra y siniestra, sin brújula y sin ideas. Angioletti parece bastante reacio a lanzarse mar adentro: no tiene la desvergüenza de Malaparte. Es interesante hacer notar cómo la “Italia Letteraria” no se arriesga a dar juicios propios y espera que hablen antes los de mayor categoría. Ha ocurrido así con Los Indiferentes de Moravia, pero también, lo que es más grave, con Malagigi de Nino Savarese, libro verdaderamente sabroso, que fue comentado sólo cuando entró en terna para el premio de los treinta, mientras ni fue siquiera mencionado en las páginas de “Nuova Antologia”. Las contradicciones de este grupo de chapuceros son verdaderamente divertidas, pero no vale la pena anotarlas. Hacen recordar a Bandar Log del Libro de la jungla: “Nosotros haremos, nosotros creeremos”, etc., etc.

La “Fiera Letteraria”, en el número del 9 de setiembre de 1928 publicó un manifiesto, Per un’unione letteraria europea, firmado por cuatro semanarios literarios: “Les Nouvelles Litraires” de París, “La Fiera Letteraria” de Milán, “Die Literarische Welt” de Berlín, “La Gaceta Literaria” de Madrid, en donde se anunciaba una cierta colaboración europea entre los literatos adherentes a estos cuatro periódicos y a los de los demás países europeos, con congresos anuales, etc. Inmediatamente no se habló más.

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