Ser una época.

En la “Nuova Antologia” del 16 de octubre de 1928, escribe Arturo Calza: “Es necesario reconocer por lo tanto que, desde 1914 hasta hoy, la literatura ha perdido no sólo el público que le suministraba los alimentos (!), sino también el que le suministraba los motivos. Quiero decir que en esta sociedad europea nuestra, que atraviesa en la actualidad uno de esos momentos más agudos y borrascosos de crisis moral y espiritual que preparan (!) las grandes renovaciones, el filósofo y, por lo tanto, necesariamente también el poeta, el novelista y el dramaturgo, ven en torno suyo una sociedad “en devenir” más que una sociedad arreglada y consolidada en un esquema definitivo (!) de vida moral e intelectual; semillas y brotes más que flores abiertas y frutos maduros. De allí que, como muy bien escribía en estos días el director de la “Tribuna” (Roberto Forges-Davanzati) y han repetido luego, o mejor, “intensificado” otros periódicos, “vivimos en el mayor absurdo artístico, entre todos los estilos y todas las tentativas, sin la capacidad ya de ser una época”.

Cuantas palabras inútiles entre Calza y Forges-Davanzati. ¿Es posible que sólo hoy exista una crisis histórica? Y por el contrario ¿no es verdad que justamente en los períodos de crisis histórica, las pasiones, intereses y sentimientos se enardecen y se da en literatura el “romanticismo”? Los argumentos de ambos escritores cojean y se vuelven contra ellos. ¿ Cómo Forges-Davanzati nunca se da cuenta que el no tener capacidad de ser una época no puede limitarse al arte ya que comprende a toda la vida? La ausencia de un orden artístico (en el sentido en que puede entenderse la expresión) está coordinada con la ausencia de un orden intelectual y moral, es decir, con la ausencia de un desarrollo histórico orgánico. La sociedad gira sobre sí misma como un perro que quiere morderse la cola, pero esta apariencia de movimiento no es desarrollo.

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