Alfredo Panzini. F. Palazzi en su comentario al libro de Panzini: I giorni del sole e del grano, observa * cómo la actitud de Panzini hacia el campesino es sobre todo la del negrero y no la del desinteresado y cándido geórgico; pero esta observación puede ser extendida a otros, además de Panzini que sólo es el tipo y la máscara de una época. Empero, Palazzi hace otras observaciones que están estrechamente ligadas a Panzini (y vinculadas a ciertas obsesiones de Panzini, a sus pávidas obsesiones, coma por ejemplo, aquella de la “lívida hoja”).

* En la “Italia che scrive” de junio de 1929, escribe Palazzi: “...Sobre todo se ocupa y preocupa de la vida campestre como podría ocuparse de ella un patrón que quiere estar tranquilo sobre las dotes trabajadoras de las bestias de trabajo; tanto de las cuadrúpedas, como de las bípedas y que al ver un campo cultivado, piensa de inmediato si la cosecha será la que calcula.”

Escribe Palazzi (“Italia che scrive” de junio de 1929): “Cuando apretando los dientes [Panzini] hace el elogio de la comida frugal consumida sobre la gleba, al mirarlo bien observaréis que su boca hace una mueca de disgusto y en su interior piensa cómo se puede vivir de cebolla y de caldo negro espartano, cuando Dios ha puesto sobre la tierra la trufa y en el fondo del mar las ostras. .. “Una vez—confesará—he llegado también a llorar”. Pero tal llanto no brota de sus ojos como el llanto de León Tolstoi, por las miserias que se ofrecen a su mirada, por la belleza vislumbrada de ciertas actitudes humildes, por la viva simpatía hacia los humildes y los afligidos que no faltan sin embargo entre los rudos cultivadores de los campos. ¡Oh, no!, él llora porque al recordar ciertos olvidados nombres de utensilios, se recuerda de cuando su madre lo llamaba también así, y se vuelve a ver niño y reflexiona sobre la brevedad ineluctable de la vida, en la rapidez de la muerte que está en lo alto. “Señor arcipreste, le recomiendo: poca tierra sobre el ataúd”.

Panzini en suma, llora porque le da pena. Llora por sí y por la muerte y no por los demás. Pasa junto al alma del campesino sin verla. Ve las apariencias exteriores, o aquellas que están al lado de su nariz y se pregunta si para el campesino la propiedad no es por casualidad sinónimo de “robar”.

La traducción de la Opere e i giorni di Esiodo impresa por Panzini en 1928 (primero en la “Nuova Antologia”, luego en un pequeño volumen por Treves) es examinada en el “Marzocco” del 3 de febrero de 1929 por Angiolo Orvieto (Da Esiodo al Panzini).

La traducción es muy imperfecta técnicamente. Por cada palabra del texto Panzini adopta dos o tres de las suyas; se trata más de una traducción-comentario que de una traducción, a la que le falta “el colorido muy particular del original, salvo aquella cierta solemnidad majestuosa que ha logrado conservar en algunos lugares”. Orvieto cita algunos despropósitos graves de Panzini: en lugar de “enfermedad que lleva la vejez a los hombres”, Panzini traduce “enfermedades que la vejez lleva a los hombres”. Esiodo habla de la “encina que eleva en la cima las bellotas y en el medio (en el tronco) las abejas” y Panzini traduce cómicamente “las encinas montañesas (!) maduran las bellotas, y las de los valles (!) acogen a las abejas en su tronco”, distinguiendo dos familias de encinas (un alumno del liceo sería aplazado por un despropósito tal). Para Esiodo, las Musas son “donantes de gloria con los poemas”, para Panzini “gloriosas en el arte del canto”. Orvieto utiliza otros ejemplos en los que se demuestra que además de un conocimiento superficial del griego, los despropósitos de Panzini se deben también al prejuicio político (casi típico del brescianismo) como allí donde cambia el texto para hacer participar a Esiodo en la campaña demográfica.

Ver si las revistas de filología clásica se han ocupado de la traducción de Panzini; de cualquier manera el artículo de Orvieto me parece suficiente.

La vita di Cavour de Panzini ha sido publicada por entregas en la “Italia Letteraria” en los números del 9 de junio al 13 de octubre de 1929, y reimpresa (¿revisada y corregida? Sería interesante un examen minucioso, si valiese la pena) por el editor Mondadori, en un volumen de “Le Scie”, con notable retraso.

En la “Italia Letteraria” del 30 de junio, con el título Chiarimento, se publica una carta enviada por Panzini con fecha 27 de junio de 1929, al director del “Resto del Carlino”. Panzini, eon estilo aburrido e íntimamente alarmado, se lamenta por un comentario mordaz, publicado por el periódico boloñés, a los dos primeros capítulos de su escrito que era juzgado como “agradable juguetillo” y “cosa ligera”. Panzini responde en estilo telegráfico: “Ninguna intención de escribir una biografía a la manera novelística francesa. Mi intención era escribir en estilo agradable y dramático, todo sin embargo documentado (correspondencia Nigra-Cavour) “. Cómo si la única documentación para la vida de Cavour fuese esta correspondencia! Panzini trata luego de defenderse, bastante mal, de haber aludido a una forma de dictadura propia de Cavour, “humana”, que elípticamente podía parecer un juicio crítico sobre otras formas de dictadura: figurarse la tremolina de Panzini por su proceder en estos ignes. El episodio tiene cierto significado porque muestra como muchos han comenzado a darse cuenta que estos escritos pseudonacionales y patrióticos de Panzini son fastidiosos, faltos de sinceridad y muestran la trama.

La imbecilidad e ineptitud de Panzini frente a la historia son inconmensurables. Su escribir es un puro e infantil juego de palabras, amamantado por una especie de necia ironía que podría hacer creer en la existencia de no sé qué profundidades, como las que expresan ciertos campesinos en su modo ingenuo de hablar. ¡Bertoldo historiador! En realidad es una forma de stenterellismo, * que se da el aire de Maquiavelo en mangas de camisa y no en hábito curial.

• De Stenterello: personaje de las farsas florentinas (N. del T.).

Otra entrega contra Panzini se puede leer en la “Nuova Italia” de aquella época. Se dice que la Vita di Cavour está escrita ¡cómo si Cavour fuese Pinocho!

No se puede decir que el estilo de Panzini en sus escritos de historia sea “agradable y dramático”; es sobre todo farsesco y la historia es representada como una “afabilidad” de viajante de comercio o de farmacéutico de provincia: el farmacéutico es Panzini y los clientes son otros tantos Panzini, que se deleitan de la fatua estupidez propia. Sin embargo la Vita di Cavour tiene su utilidad: es una colección sorprendente de lugares comunes sobre el Risorgimento y un documento de primer orden del jesuitismo literario de Panzini.

Ejemplificaciones: “Un escritor inglés ha llamado a la historia de la unidad de Italia la más novelesca historia de los tiempos modernos.” Panzini además de crear lugares comunes para los temas que trata se afana mucho por recoger todos los lugares comunes que sobre el mismo tema han sido puestos en circulación por otros escritores, especialmente extranjeros, sin darse cuenta que en muchos casos como en éste, se halla implícito un juicio “difamatorio” del pueblo italiano. Panzini debe haberse hecho un fichero especial de lugares comunes para condimentar oportunamente sus propios escritos.

“El Rey Vittorio había nacido con la espada y sin miedo: dos terribles bigotes, una gran pera. Le agradaban las bellas mujeres y la música del cañón. Un gran rey.” Este lugar común, esta oleografía de bodegón de Vittorio Emanuele debe ser unida al otro sobre la “tradición” militar del Piamonte y de su aristocracia. En realidad, en Piamonte ha faltado precisamente una “tradición” militar en el sentido no burocrático de la palabra, es decir ha faltado una “continuidad” de personal militar de primer orden y esto se ha evidenciado precisamente en las guerras del Risorgimento, en donde no se ha revelado ninguna personalidad (excepto en el campo garibaldino), pero han aflorado en cambio muchas deficiencias internas muy graves. En Piamonte existía una tradición militar “popular”, de su población era siempre posible extraer un buen ejército, aparecían de tanto en tanto capacidades militares de primer orden como Emanuele Filiberto, Carlo Emanuele, etc., pero faltó precisamente una tradición, una continuidad en la aristocracia, en la oficialidad superior. La situación se agravó por la restauración y la prueba se tuvo en 1848, cuando no se sabía dónde meter mano para dar un jefe al ejército, y luego de haber pedido en vano un general a Francia, se concluyó por encargar tal responsabilidad a un necio polaco cualquiera.

Las calidades guerreras de Vittorio Emanuele II sólo consistían en un cierto coraje personal, que obliga a pensar que debe haber sido muy raro en Italia si tanto se insiste en remarcarlo. Lo mismo se puede decir de la “probidad”; puede pensarse que en Italia la gran mayoría deben haber sido bribones si el ser probo es elevado a título de distinción. A propósito de Vittorio Emanuele II, recuérdese la anécdota referida por Ferdinando Martini en su libro póstumo de memorias (ed. Troves). Cuenta Martini que, luego de la toma de Roma, Vittorio Emanuele había dicho que le desagradaba que no hubiese nada por pié (pillar) y esto parecía demostrar a quien contaba la anécdota (creo que Quintino Sella) que no había habido en la historia un rey más conquistador que Vittorio Emanuele. De la anécdota se podría dar quizás otra explicación más corriente, ligada a la concepción del Estado patrimonial y la distinta medida de la lista civil. Recordar también el epistolario de Massimo d’Azeglio publicado por Bollea en el “Bollettino Storico Subalpino” y el conflicto entre Vittorio Emanuele y Quintino Sella sobre cuestiones económicas.

Lo que sorprende mucho es que insista tanto en los episodios “galantes” de la vida de Vittorio Emanuele como si ellos ayudasen a volver más popular la figura del rey. Se cuenta de altos funcionarios y de oficiales que iban a las familias de campesinos para convecerlos que mandasen las muchachas a acostarse con el rey por dinero. Pensándolo bien, es sorprendente que tales cosas sean contadas creyendo reforzar la admiración popular. “. El Piamonte tiene una tradición guerrera, tiene una nobleza guerrera.” Se podría observar que Napoleón III, dada la “tradición” guerrera de su familia, se ocupó de ciencia militar y escribió libros que parece que no fueron demasiado malos para su tiempo.

“¿Las mujeres? Ya, las mujeres. Sobre tal tema él [Cavour] estaba muy de acuerdo con su rey, bien que también en esto había alguna diferencia. El Rey Vittorio era de muy buena boca, como habría podido atestiguar la bella Rosina, que luego fue condesa de Mirafiori”; y sigue con el mismo tono recordando que los propósitos galantes (!) del rey en la corte de las Tullerías (sic) fueron tan audaces “que todas las damas quedaron amablemente aterradas. ¡Aquel fuerte, magnífico rey montañés!”. Panzini se refiere a las anécdotas contadas por Paléologue, pero ¡ que diferencia de tacto! Paléologue, no obstante la materia escabrosa, mantiene el tono del gentilhombre cortesano; Panzini no sabe evitar el lenguaje del alcahuete soez, del comerciante en trata de blancas. “Cavour era bastante más refinado. Caballerescos los dos sin embargo y, osaría (!!) decir, románticos (!).” “Massimo d’Azeglio, de aquel gentilhombre delicado que era ... “

La alusión de Panzini, de la que se ha hablado arriba y que le atrajeron las excomuniones... confinantes del “Resto del Carlino” está contenida en la segunda entrega de la Vita di Cavour, edición “Italia Letteraria” (número del 16 de junio) y está bien referirla ya que debe haber sido tachada o modificada en la edición Mondadori: “No tiene necesidad de asumir actitudes específicas. Pero en ciertos momentos debía parecer maravilloso y terrible. El aspecto de la grandeza humana es tal como para inducir a los demás obediencia y terror, y esta es una dictadura más fuerte que la de asumir muchas carteras en los ministerios.” Parece increíble que una frase tal se le haya podido escapar al tímido Panzini y es natural que el “Resto del Carlino” lo haya picoteado. De la respuesta de Panzini se puede explicar el infortunio: “En cuanto a ciertas entregas contra la dictadura, quizás fue un error fiarme en el conocimiento histórico del lector. Cavour en 1859 exigió (?!) poderes dictatoriales, asumiendo diversas carteras entre las cuales la de Guerra, con mucho (I!) escándalo de la entonces casi virgen constitucionalidad. No es esta forma material de dictadura la que induce a la obediencia, sino la dictadura de la humana grandeza de Cavour.”

Parece evidente que la intervención de Panzini fuese adulatoria, pero su inocencia política y por consiguiente histórica le jugó una zancadilla y transformó la adulación servil en una mueca equívoca. No se puede hablar de dictadura para el caso de Cavour, mucho menos en 1859, por el contrario esta fue una debilidad en el desarrollo de la guerra y en la posición del Piamonte en el seno de la alianza con Napoleón. Son conocidas las opiniones de Cavour sobre la dictadura y sobre la función del Parlamento, opiniones sobre ‘as cuales Panzini pávidamente calla, si bien hablar de ellas no hubiese sido, por cierto, peligroso. Lo que es curioso es que más adelante el mismo Panzini muestra cómo Cavour quedó fuera del desarrollo de la guerra y si bien era ministro de Guerra no recibía ni siquiera un boletín del ejército. Para un dictador no esta mal. Cavour no logró ni aún hacer valer sus prerrogativas constitucionales de jefe del gobierno que, por otro lado, no estaban contempladas en el Estatuto, y de allí por consiguiente su conflicto con el rey luego del armisticio de Villafranca. En realidad, en 1859 no se dió la continuación de la política de Cavour sino una mezcla de las veleidades políticas de Napoleón con las tendencias absolutistas piamontesas personificadas por el rey y un grupo de generales. Se repitió la situación de 1848-1849 y si no ocurrió un desastre militar fue debido a la presencia del ejército francés; pero el resultado de la situación política anormal fue grave lo mismo porque en la alianza Napoleón tuvo una hegemonía ilimitada, y el Piamonte un puesto bastante subordinado.

“...La guerra de Oriente, una cosa sobre todo complicada que por claridad de exposición se omite:” Afirmación impagable para un historiador; se afirma que Cavour ha sido un genio político, etc., pero la afirmación jamás se convierte en demostración y representación concreta. El significado de la participación piamontesa en la guerra de Crimea y de la capacidad política de Cavour al haberla deseado es “omitida” por “claridad”.

El perfil de Napoleón III es torpemente trivial, no se intenta explicar por qué Napoleón había colaborado con Cavour.

“En el Museo napoleónico en Roma hay un puñal precioso con una hoja que puede traspasar el corazón (¡no es un puñal de los habituales según parece!)”. “¿Puede este puñal servir de documento? De puñales yo no tengo experiencia (!) pero he sentido decir que era el puñal carbonario que se confiaba a quien entraba en la secta tenebrosa, etc.” Panzini debe haber estado siempre obsesionado por los puñales: recordar la “lívida hoja” de la Lanterna di Diogene. Quizás se ha encontrado de cuerpo presente en algún tumulto en Romaña y debe haber visto algún par de ojos mirándolo de soslayo, de donde las “lívidas hojas” que traspasan el corazón, etc.

“Y quien desee ver cómo la secta carbonaria asumía el aspecto de Belcebú, lea la novela L’ebreo di Verona de Antonio Bresciani y se divertirá (sic) muchísimo, porque aún, a despecho de lo que dicen sobre él los modernos [pero De Sanctis era contemporáneo de Bresciani], aquel padre jesuita fue un potente narrador.” Este fragmento se puede poner como epígrafe al ensayo sobre Los Sobrinitos del padre Bresciani.*

• Entrega tercera de la Vita di Cavour, en “Italia Letteraria” del 23 de junio de 1929.

Toda esta Vita di Cavour es una befa a la historia. Si las vidas noveladas son la forma actual de la literatura histórica amena tipo Dumas, A. Panzini es el Ponson du Terrail del cuadro. Panzini quiere así mostrar ostentosamente que “lo sabe todo” sobre el alma y la naturaleza de los hombres, que es un pícaro tan sagacísimo, un realista tan desencantado de la perversidad tenebrosa del género humano y en especial de los políticos que, luego de haberlo leído, se sienten deseosos de refugiarse en Condorcet y en Bernardin de Saint-Pierre, que por lo menos no fueron tan trivialmente filisteos.

Ningún nexo histórico es reconstruído en el fuego de una personalidad, la historia se transforma en una secuela de historietas poco divertidas porque están insalivadas por Panzini sin nexos de individualidades heroicas, ni de otras fuerzas sociales. La de Panzini es verdaderamente una nueva forma de jesuitismo mucho más acentuada de cuanto se pensaba al leer la Vita por entregas.

Al lugar común de la “nobleza guerrera y no de antesala” se pueden contraponer los juicios que vuelta a vuelta da Panzini de los generales como La Marmara y Della Rocca, a menudo con expresiones de escarnio trivialmente ingeniosas. “Della Rocca, es un guerrero. En Custoza (1866) no brillará por demasiado valor, pero es un obstinado guerrero y por ello se mantiene firme con los boletines.” Es propiamente una frase de “demagogo”. Della Rocca no quería mandar más los boletines del Estado Mayor a Cavour quien le había observado la mala redacción literaria en la cual colaboraba el rey. Otras alusiones del género a La Marmora y a Cialdini (aunque Cialdini no fue piamontés) pero jamás referidas al nombre de un general piamontés que haya brillado de algún modo; otra alusión a Persano.

No se comprende propiamente qué ha querido escribir Panzini con esta Vita di Cavour, porque no se trata por cierto de una vida de Cavour ni de una biografía del hombre Cavour, ni de un perfil del político Cavour. En verdad, del libro de Panzini, el Cavour hombre y político sale bastante maltrecho y reducido a proporciones de Gianduia;* su figura no tiene ningún relieve concreto porque para dar un relieve no bastan, por cierto, las jaculatorias que Panzini repite continuamente: héroe, soberbio, genio, etc. Estos juicios, no siendo justificados (y por ello se trata de jaculatorias), podrían parecer directamente una chanza si no se comprendiese que la medida que adopta Panzini para juzgar el heroísmo, la grandeza, el genio, etc. no es otra que su medida personal, la genialidad, la grandeza, el heroismo, del señor Panzini Alfredo.

• Gianduia: máscara piamontesa (N. del T.)

Del mismo modo y por la misma razón, Panzini abunda en encontrar el dedo de Dios, el destino, la providencia en los acontecimientos del Risorgimento. Se trata de la concepción vulgar de la “estrella” oculta con palabras de tragedia griega y de padre jesuita, pero no por ello menos trivial. En realidad, la insistencia tonta en el “elemento extrahumano”, además de una imbecilidad histórica, significa disminuir la función del esfuerzo italiano que tuvo sin embargo una no pequeña participación en los acontecimientos. ¿Qué puede significar que la revolución italiana haya sido un evento milagroso? Que entre el factor nacional y el internacional del evento, es este último el que tenía el peso mayor y parecía insuperable. ¿Es éste el caso? Sería necesario decirlo y quizás la grandeza de Cavour se pondría mucho más de relieve y su función personal, su “heroísmo” aparecería coma más necesario de exaltar (aparte de cualquiera otra consideración). Pero Panzini quiere abarcar mucho y no logra coordinar nada sensato. Ni él mismo sabe qué es una revolución y cuáles son los revolucionarios: todos fueron grandes, revolucionarios, etc., como en la oscuridad todos los gatos son pardos.

En la “Italia Letteraria” del 2 de junio de 1929 se ha publicado una entrevista de Antonio Bruers con Panzini: Come e perche’ Alfredo Panzini ha scritto una “Vita di Cavour”. Allí se dice que el mismo Bruers indujo a Panzini a escribir el libro de manera que el público pudiese tener finalmente un “Cavour italiano, luego de haber tenido uno alemán, uno inglés y uno francés”. En la entrevista Panzini dice que su Vita no es una monografía en el sentido histórico-científico de la palabra; es un perfil destinado no a los doctos, a los “especialistas” sino al “vasto público” (es decir, quincallería para negros).

Panzini está persuadido que en su libro hay partes originales: precisamente el hecho de haber dado importancia al atentado de Orsini para explicar la actitud de Napoleón III; según Panzini, Napoleón III habría estado inscripto de joven en la Carbonería; “la cual vinculó por compromiso de honor (!) al futuro soberano de Francia”; Orsini, mandatario de la Carbonería (que no existía desde hacía un buen tiempo) habría recordado a Napoleón su compromiso y por consiguiente, etc., etc. Verdaderamente, toda una novela a lo Ponson du Terrail. Orsini, en caso de pertenecer a la Carbonería, debería haberla olvidado desde hacía un largo rato en la época del atentado. Sus represiones del 1848 en La Marche fueron dirigidas precisamente contra los viejos carbonarios, y aún más, luego de haber superado como los otros revolucionarios a la Carbonería en la Giovine Italia y en el mazzinismo, Orsini ya había roto con Mazzini. Las razones de la actitud personal de Napoleón hacia Orsini (que de todos modos fue guillotinado) se explican quizás vulgarmente por el miedo al cómplice fugado y que podía utilizar la prueba; también la gran seriedad de Orsini, que no era cualquier afiebrado, debía imponerse y demostrar que el odio de los revolucionarios italianos contra Napoleón no era una bagatela: era necesario hacer olvidar la caída de la República Romana y tratar de destruir la opinión difundida de que Napoleón era el mayor enemigo de la unidad de Italia. Panzini olvida luego (por “claridad”) que había ocurrido la guerra de Crimea y la orientación general pro-italiana de Napoleón (que aún siendo conservadora no podía dejar de ser agradable para los revolucionarios), tanta que el atentado pareció despedazar la trama ya urdida. Toda la hipótesis de Panzini se basa en haber visto el famoso puñal que traspasaba el corazón y en la hipótesis de que fuese un objeto carbonario: una novela a lo Ponson y no otra cosa.

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