Dos generaciones. La vieja generación de los intelectuales se ha frustrado, pero ha tenido una juventud (Papini, Prezzolini, Soffici, etc.). La generación actual ni siquiera tiene esta edad de las promesas brillantes (Angioletti, Malaparte, etc.). Asnos feos aún desde chiquitos.

A muchos poetuchos modernos se les podría aplicar el verso de Lasca contra Ruscelli: “de las Musas y de Febo ratero”. Y en efecto, más que de poesía se debe hablar de ratería para obtener premios literarios y subvenciones de academias.

Hablando de Gioacchino Belli en la primera edición del Ottocento (Vallardi), Guido Mazzoni descubre una idea que es impagable y puede servir para caracterizar a los escritores de esta rúbrica, especialmente Ugo Ojetti. Para Mazzoni la debilidad de carácter de Belli “se transformaba en una ayuda de primer orden para sus facultades artísticas, pues lo volvía más maleable a las impresiones”.

Ugo Ojetti y los jesuitas.* La Lettera al rev. padre Enrico Rosa de Ugo Ojetti ha sido publicada en el “Pégaso” de marzo de 1929 y reimpresa en la “Civiltà Cattolica” del 6 de abril sucesivo, con un largo comentario del mismo padre Rosa.

Sobre Ugo Ojetti averiguar el juicio brusco y cortante dado por Carducci,

La carta de Ojetti es refinadamente jesuítica. Comienza así: “Reverendo padre, desde el 11 de febrero es tanto el gentío de convertidos a un catolicismo de conveniencia y de moda que Ud. permitiría a un romano de familia, como se decía una vez, papalina, bautizado en Santa María en Via y educado en la religión precisamente en San Ignacio de Roma por los jesuitas, entretenerse media hora con Ud., o sea reposar de la gran batahola considerando a un hombre como Ud. integro y juicioso, que era ayer lo que es hoy y lo que será mañana”. Más adelante, recordando sus primeros maestros jesuitas: “Y eran tiempos difíciles, en que para afuera decir jesuita era como decir potencia fraudulenta y hosca perversidad, mientras allí dentro, en el último piso del Colegio Romano bajo los techos (donde estaba instalada la escuela de religión jesuita en la que Ojetti fue educado), todo era orden, fe, alegre benevolencia y, aun en política, tolerancia y jamás una palabra contra Italia, y jamás como ocurría desdichadamente en las escuelas del Estado, el bajo respeto a la supremacía verdadera o imaginada de esta o aquella cultura extranjera sobre nuestra cultura.” Recuerda todavía ser un “viejo abonado” de la “Civiltà Cattolica” y “fiel lector de los artículos que Ud. publica allí” y por ello “yo escritor, me dirijo a Ud. escritor y le expongo mi caso de conciencia”.

Hay de todo: la familia papalina, el bautismo en la iglesia jesuítica, la educación jesuítica, el idilio cultural de estas escuelas, los jesuitas únicos o casi únicos representantes de la cultura nacional, la lectura de la “Civiltà Cattolica”, el padre Rosa como vieja guía cultural de Ojetti, el recurso de Ojetti dirigido hoy a su guía para su caso de conciencia. Ojetti por consiguiente no es un católico de hoy, no es un católico del 11 de febrero, por conveniencia o por moda; él es un jesuita tradicional, su vida es un “ejemplo” a citar en las prédicas, etc. Ojetti jamás ha sido made in Paris, jamás ha sido un diletante del escepticismo y del agnosticismo, jamás ha sido volteriano, no ha considerado nunca al catolicismo como un puro contenido sentimental de las artes figurativas. Por ello el 11 de febrero lo ha encontrado preparado para acoger la Conciliación con “alegre benevolencia”; no piensa de ninguna manera (¡Dios lo libre!) que se pueda tratar de un instrumentum regni, porque él mismo ha sentido “qué fuerza es en el ánimo de los adolescentes el fervor religioso, y cómo una vez penetrado transmite su calor a todos los otros sentimientos, desde el amor por la patria y por la familia hasta la rendición voluntaria a los jefes, dando a la formación moral del carácter directamente un premio y una sanción divina “. ¿No es ésta en compendio la biografía, o mejor la autobiografía de Ojetti?

Pero, sin embargo: “¿Y la poesía? ¿Y el arte? ¿Y el juicio crítico? ¿Y el juicio moral? ¿Volverían todos a obedecer a los jesuitas?”, pregunta a Ojetti un duendecillo en la persona de “un poeta francés que es en verdad un poeta”. Ojetti no por nada ha estado en la escuela de los jesuitas: a esta pregunta ha encontrado una solución exquisitamente jesuítica, salvo en un aspecto; en haberla divulgado y presentado en forma abierta. Ojetti debe mejorar aún su “formación moral del carácter” con sanción y premio divino: éstas son cosas que se hacen y no se dicen. He aquí en efecto la solución de Ojetti: “...la Iglesia ajusta sus dogmas, sabe ser indulgente y bien lo ha mostrado en el Renacimiento (pero luego del Renacimiento ha existido la Contrarreforma de la cual los jesuitas han sido precisamente, campeones y representantes), y Pío XI humanista, sabe cuanto aire necesita la poesía para respirar; y que ahora, desde hace muchos años, sin esperar la Conciliación, también en Italia la cultura laica y la religiosa colaboran cordialmente en la ciencia y en la historia”. “Conciliación no es confusión. El papado condenará como es su derecho; el gobierno de Italia permitirá como es su deber. Y Ud., si lo cree oportuno, explicará en la “Civiltà Cattolica” los motivos de la condena y defenderá las razones de la fe, y nosotros, sin ira, defenderemos las razones del arte, aunque no estemos convencidos, porque podrá darse como frecuentemente ha ocurrido desde Dante a Manzoni, de Rafael a Canova, que también para nosotros fe y belleza parecen dos lados de la misma cara, dos rayos de la misma luz. Y a veces nos costará esfuerzo discutir educadamente. Baudelaire, por ejemplo, ¿es o no un poeta católico?” “El hecho es que hoy el conflicto práctico histórico está resuelto. Pero el otro [”entre absoluto y relativo, entre espíritu y cuerpo” “eterno contraste que está en la conciencia de cada uno de nosotros”, dice Ojetti, y que hizo que B. Croce y G. Gentile, no católicos “fueran contra el modernismo (?), satisfechos (?) de verlo derrotado porque (?) habría sido la mala (?) Conciliación, el equívoco fraudulento hecho sacra doctrina”] que es íntimo y eterno [y si es eterno ¿cómo puede ser conciliado?] no está resuelto ni puede estarlo; y la ayuda que a cada uno puede dar y da cotidianamente la religión para resolverlo, a nosotros católicos [¿cómo se puede ser católico con el “contraste eterno”? ¡Cuánto más se puede ser jesuita!] la religión nos la daba también antes. Poquedad nuestra si no hemos logrado todavía con aquella ayuda resolverlo de una vez para siempre (¡ ?); pero Ud. sabe que precisamente del continuo resurgir, renovarse e inflamarse de aquel eterno conflicto están salpicadas y centellean la poesía y el arte.”

Documento sorprendente, en verdad, por su jesuitismo y bajeza moral. Ojetti puede crear una nueva secta superjesuita: ¡un modernismo estetizante jesuítico!

La respuesta del padre Rosa es menos interesante porque jesuíticamente es más anodina. Rosa se cuida bien de parar en menudencias en el catolicismo de Ojetti y el de los neoconvertidos. Demasiado pronto: está bien que Ojetti y Cía. se digan católicos y se refrieguen contra los jesuitas, quizás no se exigirá más de ellos. Dice bien Rosa: “Sin embargo, conveniencia y moda, digámoslo entre nosotros en confidencia y de pasada, es quizás un mal menor y por consiguiente un cierto bien, respecto a la conveniencia y moda antecedente, de fútil anticlericalismo y de grosero materialismo, por las cuales muchos interesados o tímidos se mantenían alejados de la profesión de la fe que conservaban sin embargo en el fondo de su alma naturalmente cristiana.”

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