Il prigionero che canta de Johan Bojer (traducida por L. taray y G. Dauli, casa editora Bietti, Milán, 1930). Dos aspectos culturales a observar: 1) la concepción “pirandelliana” del protagonista que recrea continuamente su “personalidad” física y moral, que es siempre diferente y sin embargo siempre igual. Puede interesar por el éxito del pirandellismo en Europa, y es necesario entonces ver cuándo Bojer ha escrito su libro; 2) aspecto más estrictamente popular, contenido en la última parte de la novela.

Para expresarse en términos “religiosos”, el autor sostiene en forma pirandelliana la vieja concepción religiosa y reformista del “mal”. El mal está en lo interior del hombre (en sentido absoluto); en todo hombre existe, por así decir, un Caín y un Abel que luchaban entre sí. Si se quiere eliminar el mal del mundo es necesario que cada uno venza en sí al Cain y haga triunfar al Abel. Por consiguiente, el problema del “mal” no es político o económico-social, sino “moral” o “moralista”. Cambiar el mundo exterior, el conjunto de las relaciones, no cuenta para nada; lo importante es el problema moral individual. En cada uno existe el “judío”’ y el “cristiano”, el egoísta y el altruista; cada uno debe luchar consigo mismo, etc.; destruir el judaísmo que tiene en sí mismo. Es interesante que el pirandellismo haya servido a Bojer para cocinar este viejo plato y que una teoría que pasa por anti-religiosa, etc., haya servido para representar la vieja formulación cristiana del problema del mal.

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