Literatura popular.

Confrontar E. Brenna, La letteratura educativa popolare italiana nel secolo XIX.* Del comentario debido a la prof. E. Formiggini-Santamaría (“L’Italia che scrive”, marzo de 1932) se extraen estos elementos: el libro de Brenna tuvo un premio estímulo en el concurso Ravizza, que parece tenía como tema precisamente la “literatura educativa popular”. Brenna ha dado un cuadro de la evolución de la novela, del cuento, de los escritos de divulgación moral y social, del drama, de los escritos vernáculos más difundidos en el siglo XIX con referencia al siglo XVIII y en relación con las normas literarias en su desarrollo global. Brenna ha dado un sentido muy amplio al término “popular”, “incluyendo también a la burguesía, que no hace de la cultura el fin de su vida pero que puede aproximarse al arte”; así, ha considerado como “literatura educativa del pueblo toda la de estilo no aúlico y rebuscado, incluyendo por ejemplo Los Novios, las novelas de D’Azeglio y otras de la misma índole, los versos de Giusti, y los que toman como argumento las vicisitudes de poca importancia y la serena naturaleza, como las rimas de Pascoli y Ada Negri”. Formiggini-Santamaría hace algunas consideraciones interesantes: “Esta interpretación del tema se justifica pensando cuán escasa ha sido, en la primera mitad del siglo pasado, la difusión del alfabeto entre los artesanos y campesinos—pero la literatura popular no sólo se difunde por lectura individual, sino también por lecturas colectivas; otras actividades: los “maggi” en Toscana, los cantores ambulantes en la Italia meridional son propios de ambientes atrasados donde existe analfabetismo y asimismo las competencias poéticas en Cerdeña y Sicilia--, y cuán escasa ha sido también la impresión de libros adaptados --¿qué quiere decir “adaptados”? y la literatura ¿no hace nacer nuevas necesidades?-- a la pobre mentalidad de los trabajadores manuales. La autora habrá pensado que reevocando solamente este problema, su estudio habría resultado muy restringido. Sin embargo me parece que la intención implícita en el tema dado, debe hacer resaltar, junto a la escasez de escritos de índole popular en el siglo XIX, la necesidad de escribir para el pueblo libros adecuados y de buscar, a través del análisis del pasado, los criterios en que debe inspirarse una literatura popular. No digo que no se deba realizar una ojeada a las publicaciones que según las intenciones de los escritores debían servir para educar al pueblo sin ser todavía una literatura popular; pero de tales ademanes habría debido evidenciarse en forma explícita por cuales motivos las buenas intenciones quedaron en intenciones. Existieron en cambio otras obras (especialmente en la segunda mitad del siglo XIX) que se propusieron en primer lugar el éxito y secundariamente la educación, y tuvieron mucha fortuna en las clases populares. Es verdad que examinándolas, Brenna habría debido separarse con mucha frecuencia del campo del arte, pero en el análisis de los libros que se difundieron y se difunden todavía entre el pueblo (por ejemplo las ilógicas, complicadas y tenebrosas novelas de Invernizio), en el estudio de los dramones de arena que arrancaron lágrimas y aplausos al público dominical de los teatros de segunda (inspirados siempre, sin embargo, en el amor a la justicia y al coraje), se habría podido encontrar mejor el aspecto más emergente del alma popular, el secreto de lo que puede educarlo cuando sea llevado a un campo de acción menos unilateral y más sereno.”

• Milan, F.I.L.P., 1931, pp. 246.

Formiggini observa luego que Brenna no se ha ocupado del estudio del folklore y recuerda que es necesario, por lo menos, ocuparse de las fábulas y cuentos del tipo de los hermanos Grimm. Formiggini insiste sobre la palabra “educativa”, pero no indica el contenido que debería tener tal concepto; y, sin embargo, toda la cuestión está aquí. La “tendenciosidad” de la literatura popular, educativa de intención, es así insípida y falsa, responde poco a los intereses mentales del pueblo, y su impopularidad es la justa sanción.

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