Arte y lucha por una nueva civilización.

La relación artística muestra, especialmente en la filosofía de la praxis, la fatua ingenuidad de los papagayos que creen poseer, en unas pocas fórmulas estereotipadas, la llave para abrir todas las puertas (llaves conocidas con el nombre de “ganzúas”).

Dos escritores pueden representar (expresar) el mismo momento histórico-social, siendo uno artista y el otro un simple pintor de brocha gorda. Agotar la cuestión limitándose a describir lo que representan o expresan socialmente ambos escritores, es decir, resumiendo mas o menos bien las características de un determinado momento histórico-social, significa no rozar siquiera el problema artístico. Todo esto puede ser útil y necesario, y lo es efectivamente, pero en otro campo: en el de la crítica política, de la crítica de las costumbres, en la lucha por destruir y superar ciertas corrientes de sentimientos y creencias, ciertas actitudes hacia la vida y el mundo. No es crítica e historia del arte y no puede ser presentada como tal, so pena de confusionismo, retroceso o estancamiento de los conceptos científicos, es decir, no lograr la obtención de los fines inherentes a la lucha cultural.

Un determinado momento histórico-social no es nunca homogéneo, por el contrario es muy rico en contradicciones. Adquiere “personalidad”, es un “momento” del desarrollo por el hecho de que una determinada actividad fundamental predomina sobre las otras, representa una “punta” histórica. Pero esto presupone una jerarquía, un contraste, una lucha. Debería representar el momento quien expresa esta actividad predominante, esta “punta” histórica; pero ¿cómo juzgar a los que representan las demás actividades, a los otros elementos? ¿Acaso no son, también ellos, “representativos”? ¿Y no es también representativo del “momento” quien expresa los elementos “reaccionarios” y anacrónicos? ¿O bien habrá que considerar representativos a los que expresen todas las fuerzas y los elementos en contraste y en lucha, es decir, a los que representen las contradicciones del complejo histórico-social?

Puede pensarse también que una crítica de la civilización literaria, una lucha para crear una nueva cultura artística en el sentido que de la nueva cultura nacerá un nuevo arte, esto parece un sofisma. Sin embargo, sólo partiendo de esos presupuestos se puede entender mejor la relación De Sanctis-Croce y las polémicas sobre forma y contenido. De Sanctis maneja una crítica militante, no “fríamente” estética. Es la crítica de un período de luchas culturales, de contradicciones entre concepciones antagónicas de la vida. El análisis del contenido, la crítica de la “estructura” de las obras, es decir, de la coherencia lógica e histórico-actual del complejo, de sentimientos representados artísticamente, están ligados a esa lucha cultural, y creo que en esto consiste la profunda humanidad y el humanismo de De Sanctis, que tan simpático lo vuelve aún hoy. Agrada sentir en él un fervor apasionado de hombre de partido, con sólidos convencimientos morales y políticos, que no oculta ni trata de ninguna manera de ocultar. Croce logra distinguir estos diversos aspectos del crítico, que en De Sanctis estaban orgánicamente unidos y fusionados. En Croce viven los mismos motivos culturales que en De Sanctis, pero sólo en el período de su evolución y triunfo. Continúa la lucha, pero ya por un refinamiento de la cultura (de cierta cultura) y no por su derecho a vivir. La pasión y el fervor romántico se han identificado en la serenidad superior y la indulgencia plena de bonhomía. Pero en Croce esta posición no es permanente. Aparece una etapa en la que la serenidad y la indulgencia se resquebrajan y afloran la cólera y la acritud a duras penas reprimidas: etapa defensiva, no agresiva y ferviente, y por lo tanto no comparable con la de De Sanctis.

En suma, el tipo de crítica literaria propia de la filosofía de la praxis está dada por De Sanctis y no por Croce ni por ningún otro (mucho menos por Carducci). Ella debe fusionar con apasionado fervor, aunque sea bajo la forma del sarcasmo, la lucha por una nueva cultura, es decir, por un nuevo humanismo, la crítica de las costumbres, sentimientos y concepciones del mundo, con la crítica estética o puramente artística.

Recientemente, a la etapa De Sanctis ha correspondido, en un plano subalterno, la etapa de la “Voce”.* De Sanctis luchó por la creación ex novo en Italia de una alta cultura nacional, en oposición a las antiguallas tradicionales, la retórica y el jesuitismo (Guerrazzi y el padre Bresciani). La “Voce” sólo luchó por la divulgación, en un estrato intermedio, de esa misma cultura, contra el provincialismo, etc., fue un aspecto del crocismo militante, porque quiso democratizar aquello que era necesariamente “aristocrático” en De Sanctis y que había continuado siendo “aristocrático” en Croce. De Sanctis debía formar un estado mayor cultural; la “Voce” deseaba extender a los oficiales subalternos el mismo tono de civilización y por ello cumplió una función, trabajó en lo sustancial y suscitó corrientes artísticas, en el sentido que ayudó a muchos a encontrarse a sí mismo, suscitó una necesidad mayor de interioridad y de expresión sincera de ella, aún cuando no haya habido en el movimiento ningún artista.

*“Voce”: Revista de crítica literaria y de cultura política, dirigida por Giuseppe Prezzolini y Giovanni Papini que se publicó de 1908 a 1916. Esta revista que tuvo mucha influencia en la península encabezaba un movimiento por la renovación moral e intelectual de la vida italiana. (N. del T.)

Rafael Ramat escribe en “Italia Letteraria” del 4 de febrero de 1934: “Se ha dicho que para la historia de la cultura es más útil a veces el estudio de un escritor menor que el de uno grande; y en parte, esto es verdad. Porque si en éste [el grande] gana completamente el individuo que concluye por no ser de tiempo alguno, y podría darse el caso, como se ha dado, de atribuir al siglo cualidades propias del hombre; en aquél, [el menor], siendo un espíritu atento y autocrítico, es posible descubrir los momentos de la dialéctica de la cultura particular de que se trata, con mayor claridad, en cuanto no tienden a unificarse como en el gran escritor.”

El problema aquí planteado encuentra una demostración por el absurdo en el artículo de Alfredo Gargiulo Dalla cultura alta letteratura, en “Italia Letteraria” del 6 de abril de 1930. En este artículo, y en otros de la misma serie, Gargiulo muestra el más completo agotamiento intelectual (uno de los tantos jóvenes sin “madurez”). Se ha envilecido completamente con la banda de “Italia Letteraria” y en el artículo citado presenta como suyo este juicio expresado por G. B. Angioletti en el prefacio a la antología Scrittori nuovi, compilada por Enrico Falqui y Ello Vittorini: “Por consiguiente, los escritores de esta antología son nuevos no porque hayan encontrado nuevas formas o hayan cantado nuevos motivos; por el contrario, lo son porque tienen del arte una idea diferente de la que tenían los escritores que les precedieron. O lo son, considerando lo esencial, porque creen en el arte, mientras aquellos creían en muchas cosas que con el arte nada tenían que ver. Tal novedad puede, por ello, admitir la forma tradicional y el contenido antiguo, mas no puede tolerar desviaciones de la idea esencial del arte. No cabe aquí, considerar cual puede ser esta idea. Pero permítaseme recordar que los escritores nuevos, cumpliendo una revolución (!) que, por haber sido silenciosa (!) no será menos memorable (!), entienden ser, por sobre todo, artistas, allí donde sus predecesores se complacían en ser moralistas, predicadores, estetizantes, psicólogos, hedonistas, etc. “.

El razonamiento no es muy claro y ordenado. Si algo de concreto se puede extraer es la tendencia a un “secentismo”* programático, y nada más. Esta concepción del artista es un nuevo “guardarse la lengua” al hablar, una nueva manera de construir “paradojas”. Y puros constructores de paradojas, no de imágenes, son la mayoría de los exaltados poetas de la “banda”, con su jefe José Ungaretti (que, entre otras cosas, escribe una lengua completamente afrancesada e impropia).

*El Siglo XVII, que en literatura se ha caracterizado sobre todo por su mal gusto, su búsqueda de lo raro, lo fino y lo brillante, equivale a barroquismo, estilo barroco, preciosismo. (N. del T.)

El movimiento de la “Voce” no podía crear artistas, ut sic, es evidente. Pero luchando por una nueva cultura, por una nueva manera de vivir, indirectamente, promovía también la formación de temperamentos artísticos originales ya que en la vida también hay arte. La “revolución silenciosa” de la que habla Angioletti ha sido solamente una serie de confabulaciones de café y de mediocres artículos de periódicos standardizados y de revistuchas provinciales. La maqueta del “sacerdote del arte” no es una gran novedad aunque se cambie el ritual.

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