PROLOGO A LA EDICION ARGENTINA

Entre todas las “notas” de Gramsci, pocas como éstas alcanzan mayor utilidad para el lector argentino. Hay una gran analogía entre los problemas suscitados por él desarrollo cultural italiano, tal como el ilustre pensador político los encaró en sus “cuadernos de la cárcel”, y los motivos de nuestro propio desencuentro cultural, tales como se ofrecen a la consideración y el examen contemporáneos. No hay igualdad, no hay siquiera presentación simétrica de las cuestiones; pero su similitud es indudable, comenzando por el divorcio entre los intelectuales y el pueblo-nación que constituye uno de los datos típicos en el proceso social argentino.

El centro de las meditaciones de Gramsci recae en la formación de una literatura nacional. Es, si se quiere, un caso particular en el fenómeno más general de una nueva cultura, enfocado tan sagazmente en Los intelectuales y la organización de la cultura*.  Allí se trataba principalmente de esclarecer los vínculos entre la estructura material y las superestructuras ideológicas de la sociedad, de determinar la función dependiente de los intelectuales con respecto a las clases en conflicto y de indagar los mecanismos mediante los cuales la cultura puede organizarse democráticamente desde el doble punto de vista (que en realidad es uno solo) nacional y popular. Por ello asumen tanto relieve en esas páginas los temas relacionados con la renovación pedagógica y la reforma escolar.

* Traducción de Raúl Sciarreta. Ed. Lautaro, Buenos Aires, 1960.

En Literatura y vida nacional la investigación se circunscribe a un territorio más limitado pero altamente sensible. La literatura de un pueblo es siempre el reflejo de su vida más profunda. Gramsci parte de ese criterio no para forjarse una realidad apriorística a la cual debieran adecuarse obligadamente los hechos, si no para descubrir una vez más, a su través, las señales de un deplorable retardo nacional. La batalla cultural, que la enmienda de tales deterioros presenta como impostergable, no está separada de la batalla social y política que Gramsci condujo, como jefe de la clase obrera italiana, al frente del partido comunista. Ambas constituyen un complejo único, pues difícilmente sería concebible una cultura avanzada dentro de una sociedad atrasada (si se entiende a la cultura, ciertamente, como patrimonio total del pueblo-nación y no se la confunde con las manifestaciones de vanguardia que, en el seno de las sociedades contradictorias, representan el anticipo de una nueva civilización encarnada en las clases revolucionarias).

Pero, a partir de esta comprobación inicial, Gramsci se interna en sutilísimos análisis de los procesos literarios, resistiéndose a las simplificaciones que suelen adulterar la honda potencia creadora del marxismo y lo encierran en un positivismo de tiro corto. Es decir, la gran verdad del artista dependiendo del contorno social, a pesar de sus ilusiones de independencia, no la reduce Gramsci a un vínculo mecánico entre la estructura económico-política y la superestructura poética. El fenómeno es mucho más complejo, más agudo: ya lo anticipó Marx cuando, en la Introducción a la Crítica de la Economía Política, nos mostró, refiriéndose al arte griego, que la dificultad no consiste en comprender sus relaciones con determinadas formas del desarrollo social, sino en comprender por qué ese arte, ya extinguidas sus circunstancias sociales, sigue procurándonos placer artístico y, en cierta medida, puede ser considerado como arquetípico.

La dificultad de una nueva estética estriba principalmente en esa imprescindible superación de todo nexo mecánico en los condicionamientos sociales de la obra de arte. Creo que Della Volpe indica una posible dirección para fructuosas búsquedas al subrayar que dichos condicionamientos deben integrarse en la propia obra de arte como una incorporación gnoseológica del núcleo racional o intelectual que constituye el rasgo distintivo de cada época*. El problema resulta, sin embargo, semirresuelto: más audazmente formulado que aclarado. Ni siquiera creo que quede definitivamente resuelto por las admirables radiografías con que Gramsci favorece la posibilidad de una flamante versión dantesca. En el orden estricto de los estudios sobre la Commedia del Alighieri, Gramsci ha superado las limitaciones románticas, trasladando el centro de su enfoque al núcleo intelectual-temporal del poema; lo que, si  por un lado equivale a definir su historicidad, por el otro ayuda a indagar los elementos ético-emotivos de su universalidad intemporal. Pero aun siendo tan considerable este aporte gramsciano en el terreno de la erudición dantesca, su importancia es, a mi juicio, más general, más compleja. Quiero decir que, metodológicamente hablando, Gramsci propone elementos computables no sólo para una estética marxista, sino también para una crítica marxista.

* Galvano Della Volpe, “II problema estetico dopo Gramsci”, en Il Comtemporaneo, núm. 1-2, Roma, abril-mayo de 1958, págs. 9 y ss.

Este método, resumido en la unidad teórico-práctica, implica una confluencia de la interioridad y la exterioridad en el juicio de la obra de arte. Es una interiorización-exteriorización donde el primer momento asume una jerarquía inédita en la historia de la crítica marxista. Es decir, la obra de arte y la teoría que la sustenta no podrían juzgarse prescindiendo de su exteriorización o, lo que es lo mismo, de los condicionamientos histórico-sociales en cuya virtud existen, puesto que ninguna actividad humana puede ser pensada fuera de la sociedad*. Pero el artista, considerado como individuo, no es un simple reflejo pasivo del contorno social. Tampoco alcanza a ser siempre un reflejo verídico, a menos que la veracidad sea descubierta a través de sucesivas mediaciones. Porque los fenómenos corrosivos de la falsa conciencia suelen manifestarse en el territorio artístico por representaciones frecuentemente idealistas de la realidad, no obstante lo cual logran convertirse en testimonios fehacientes de la desolación y el desencuentro de las capas medias en la sociedad capitalista. Es justamente este enfoque el que Gramsci aplica en sus estudios sobre Pirandello. Pienso—un ejemplo entre los muchos a elegir—que no podrían entenderse de otra manera los estallidos artísticos de la primera posguerra y tantas manifestaciones de la llamada “decadencia” burguesa.

* Véase el desarrollo de esta tesis en el tema del cap. II, Degeneraciones artísticas: “Si no se puede pensar al individuo fuera de la sociedad y, por consiguiente, si no se puede pensar ningún individuo que no esté históricamente determinado, es evidente que todo individuo, también el artista, y toda actividad suya, no puede ser pensada fuera de la sociedad, de una sociedad determinada.”

Tales circunstancias sólo pueden descubrirse en el momento de la “interioridad”, como Gramsci nos lo muestra reiteradamente en sus notas. La “exterioridad” debe proporcionarnos el conjunto de los datos históricos y la medida precisa de los condicionamientos que vinculan el fenómeno literario con el proceso cultural y la sociedad toda. Pero el análisis estético quedaría reducido a un mero cómputo de sociología si prescindiera del momento de la “interioridad”, es decir, del examen concreto del producto artístico y de los elementos intelectuales puestos en juego por el autor. Gramsci dice muy sagazmente: “Dos escritores pueden representar (expresar) el mismo momento histórico-social, siendo uno artista y el otro un simple pintor de brocha gorda. Agotar la cuestión limitándose a describir lo que representan o expresan socialmente ambos escritores, es decir, resumiendo, más o menos bien, las características de un determinado momento histórico-social, significa no rozar siquiera el problema artístico. Todo esto puede ser útil y necesario, y los es efectivamente, pero en otro campo: en el de la crítica política, de la crítica de las costumbres, en la lucha por destruir o superar ciertas corrientes de sentimientos y creencias, ciertas actitudes hacia la vida y el mundo. No es crítica e historia del arte, y no puede ser presentada como tal, so pena de confusionismo, retroceso o estancamiento de los conceptos científicos, es decir, no lograr la obtención de los fines inherentes a lucha cultural.”*

* Véase tema Arte y lucha por una nueva civilización.

Ese momento de la interioridad, que los fundadores del marxismo supieron emplear genialmente en sus obras, no es solamente indispensable para la crítica literaria o artística. La batalla cultural a que alude Gramsci no podría alcanzar sus objetivos sin meterse en la intimidad de las cosas, y el principal mérito del marxismo consiste precisamente en juzgar las ideologías, los sistemas y los productos culturales desde adentro, en su complejidad desconcertante, a veces enigmática, pero no por ello menos provechosa. Sin ese desarme implacable de las ideologías desde su interior mismo, para desmontar sus mistificaciones y sus representaciones a-verídicas (Marx lo hizo en El capital con relación a los economistas, Lenin en Materialismo y empiriocriticismo frente a corrientes filosóficas de su tiempo), la crítica marxista correría el riesgo de transformarse en una pura sociología determinista y, visto el caso particular de la crítica artístico-literaria, de equivocar sus fines o de desnaturalizarlos en una unilateralidad simplemente externa. Las notas recogidas en Literatura y vida nacional adquieren por ello Capital importancia para el pensamiento marxista contemporáneo, pues contribuyen a delinear los elementos de una crítica literaria planteando claramente su problemática y esbozando algunas soluciones metodológicas. Es un camino que se abre, pero conduce a vastas perspectivas.

¿En qué sentido, sin embargo, pueden estás notas interesar particularmente al lector argentino? Para el lector sin especializaciones precisas ni preocupación erudita por los pormenores de la cultura italiana, estas notas asumen de improviso un sabor argentino, una virtualidad argentina que estremece. Por de pronto, tenemos enunciada aquí, muy firmemente, la importancia decisiva de la batalla cultural en un país que necesita consolidarse nacionalmente, que está obligado a constituir su unidad nacional por el instrumento de la cultura. Las distinciones que Gramsci establece entre “nueva cultura” y “nuevo arte” se impregnan, en esta dirección, de un aire claramente definitorio. Un “nuevo arte” sólo supone un criterio de modernidad, habitualmente complacido en la formación de algunos artistas individuales; una “nueva cultura”, en cambio, exige una política cultural, es decir, una transformación de los elementos de ideología colectiva de la sociedad. Y si en el caso italiano la lucha en favor de la nueva cultura reclamaba, como punto de partida, un proceso simultáneo de desprovincialización y de nacionalización, ¿qué no debiéramos decir en el caso argentino, con una literatura que ha vivido casi siempre en éxtasis provinciano, atenta al menor palpitar de la prestigiosa metrópoli lejana? Lo que Gramsci nos enseña, sin embargo, es a no encarar la batalla por la nueva cultura como un problema ético de meras reconvenciones al pasado, sino como un problema eminentemente político, unido a la batalla general por la transformación de la sociedad. Pero lo que igualmente nos enseña es que la cultura no constituye un añadido a la política; un elemento coadyuvante de la transformación política, sino que ella misma es política en el valor más alto de la palabra, en cuanta expresa el sentido de la unidad moral de un país para el logro de sus finalidades nacionales y populares. Las notas de Gramsci muestran exhaustivamente el alcance y las posibilidades, pero también la necesidad objetiva, de esa exigencia de renovación cultural y artística estrechamente vinculada con las exigencias de unidad nacional y de renovación económico-social.*

* Carlo Salinari, “Letteratura e vita nazionale nel pensiero di Antonio Gramsci”, en Rinascita, núm. 2, Roma, febrero de 1951, pág. 86.

Su paralelismo con el caso argentino resulta evidente, pues el incumplimiento de las premisas socioeconómicas de la revolución democrática ha producido entre nosotros la interrupción de una línea de cultura cuya originalidad nacional resultaba notoria en nuestra América. El provincianismo de una cultura de supuestas universalidades y la fractura entre los intelectuales y el pueblo-nación surgieron como notas típicas en el proceso de nuestra desnacionalización cultural, acentuado por los sutiles aparatos de travestimiento ideológico erigidos por el imperialismo. He tratado de Confrontar en otro lugar, y con la extensión requerida, las causas materiales, los antecedentes históricos y la naturaleza contradictoria de ese fenómeno deformativo;* sería impertinente reseñarlo aquí. Pero el lector capaz de desafiar el vértigo de las entrelíneas y las analogías podrá encontrar en las notas de Gramsci corroboraciones muy sagaces sobre el retardo argentino. Inútil será que busque respuestas minuciosas, recetas. Gramsci le da mucho más que eso: le entrega un método de validez general, enriquecido por una contribución creadora en el campo de la metodología política de la cultura. A partir de aquí podemos transitar con mayor seguridad por los caninos, no siempre despejados, que llevan a la reconstitución de una literatura nacional de acentos populares. Pero esa literatura debe arrancar de lo que el país es y no de lo que idealmente quisiéramos que fuese, de sus tradiciones populares, de sus sentimientos, aun de sus atrasos, y no simplemente de aquellos “prestigiosos modelos” que alguna vez zahirió Sarmiento y que suelen caernos como ropa prestada.

* Héctor P. Agosti, Nación y cultura, ed. Procyon, Buenos Aires, 1959.

Unas pocas palabras sobre el lenguaje de Gramsci. Se lo suele tachar de difícil, palabra tras la cual se escuda con frecuencia la pereza mental y la rutina. La dificultad de estos textos de Gramsci proviene de dos circunstancias concurrentes: son textos escritos en la cárcel, obligados en algunos puntos a adoptar formas elípticas para eludir a los censores fascistas, y son además textos escritos exclusivamente para uso personal del autor, notas de lecturas, observaciones que se reiteran en diferentes trechos y hasta ayudas de memoria para un trabajo de elaboración posterior a que el propio Gramsci se disponía. No eran textos escritos con intención de publicidad, y si ello explica a ratos su llaneza, por momentos también nos obliga a manejarnos con cuidado por entre su abigarrada composición. Por lo demás—como lo hacen notar Salinari y Spinell*--“Gramsci no era y no quería ser un escritor fácil a cualquier precio. Opinaba, y no ciertamente sin razón, que al dirigirse a un proletariado consciente y evolucionado, había que saber pedirle también un esfuerzo. “Para no ser fáciles—respondía a Camillo Prampolini, que criticara un artículo suyo por considerarlo oscuro—hubiésemos debido desnaturalizar, empobrecer un debate que versaba sobre conceptos de máxima importancia, sobre la sustancia más íntima y preciosa de nuestro espíritu. Hacer eso no es ser fáciles: significa defraudar, lo mismo que el vinero que vendiese agua teñida haciéndola pasar por un Barolo o un Lambrusco. Un concepto difícil en sí no puede tornarse fácil en la expresión sin que se convierta en una torpeza”.” También esta reflexión merece retenerse.

7 Carlo Salinari y Mario Spinella, Prefacio a la Antologia popolare degli scritti e delle lettere di Antonio Gramsci, Editori Riuniti, Roma, 1957, págs. 7,8.

HÉCTOR P. AGOSTI

29 de mayo de 1961.

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