Civilización americana y europea.

En una entrevista acordada a Corrado Alvaro ("L'Italia Letteraria", 14 de abril de 1929) Luigi Pírandello afirma: "El americanismo nos sumerge. Creo que un nuevo faro de civilización se ha encendido allí". "El dinero que circula en el mundo es americano (?!) y detrás del dinero (!) corre el mundo de la vida y la cultura resto [es verdad sólo para la espuma de la sociedad y parece que Pirandello y muchos otros como él creen que el "mundo" entero está constituido por esa espuma]. ¿América tiene una cultura? [sería necesario decir: ¿tiene una cultura unitaria y centralizada?, vale decir, ¿Es América una nación de tipo francés, alemán o inglés?]. Tiene libros y costumbres. Estas costumbres constituyen su nueva literatura que penetra a través de las puertas más fortificadas y mejor defendidas. En Berlín usted no siente la separación entre la vieja y la nueva Europa, porque la estructura misma de la ciudad no ofrece resistencia [Pirandello no podrá hoy decir lo mismo, de allí que sea preciso comprender que se refiere al Berlín de los cafés nocturnos]. En París, donde existe una estructura histórica y artística, donde están presentes los testimonios de una civilización autóctona, el americanismo es tan estridente como el afeite sobre el viejo rostro de una ramera".

Pero el problema no es el de saber si existe en América una nueva civilización, una nueva cultura, aunque más no sea en estado de "faro" y si esta civilización está invadiendo o ha invadido a Europa. Si el problema debiese ser planteado así la respuesta sería fácil: no, no existe, y más aún, en América sólo se rumia la vieja cultura europea. El problema es el de si América, con el peso implacable de su producción económica (es decir, indirectamente), obligará o está obligando a Europa a subvertir su cimiento económico-social demasiado anticuado, que se hubiera producido lo mismo, pero con un ritmo lento, pero que se presenta en lo inmediato como un contragolpe de la " prepotencia" americana. En otros términos, se trata de saber si se está verificando una transformación de las bases materiales de la civilización europea, lo que a largo andar (y no muy largo, porque en el período actual todo es más rápido que en el pasado) conducirá a un trastrocamiento de la forma de civilización existente y al nacimiento forzoso de una nueva civilización.

Los elementos de "nueva cultura" y de "nueva forma de vida" que hoy se difunden bajo la etiqueta americana, son apenas las primeras tentativas, hechas a tientas, debidas no ya a un "orden" que nace de un nuevo cimiento aún no formado, sino a la iniciativa superficial y simiesca de los elementos que comienzan a sentirse socialmente desplazados por la acción (todavía destructiva y disolvente) de estos nuevos cimientos en formación. Lo que hoy es designado como "americanismo" es en gran parte la crítica preventiva de los viejos estratos que serían destruidos por este nuevo orden posible y que son presa de una oleada de pánico social, de disolución, de desesperación. Es la tentativa de reacción inconsciente de quienes impotentes para reconstruir, se apoyan en los aspectos negativos del cambio. La reconstrucción no puede provenir de los grupos sociales "condenados" por el nuevo orden, sino de aquellos que están creando, por imposición y por sufrimiento propio, las bases materiales de este orden nuevo; ellos "deben" encontrar su sistema de vida "original" y no de marca americana, para que se transforme en "libertad" lo que hoy es "necesidad".

El criterio de que tanto las reacciones intelectuales y morales frente al establecimiento de un nuevo método productivo, como las exaltaciones superficiales del americanismo, son debidas a los detritus de las viejas capas en el camino de su destrucción y no a los grupos cuyo destino está ligado a un desarrollo ulterior del nuevo método, es extremadamente importante y explica cómo algunos elementos responsables de la política moderna, que basan su fortuna en la organización del conjunto del estrato medio no quieran tomar posiciones pero se mantienen neutrales "teóricamente", resolviendo los problemas prácticos mediante el método tradicional del empirismo y del oportunismo (analizar las diversas interpretaciones del ruralismo dadas por Ugo Spirito, que quiere "urbanizar" el campo, y por los otros que tocan la flauta de Pan).

En el caso del americanismo, entendido no sólo como vida de café sino también como ideología del Rotary Club, la afirmación de que no se trata de un nuevo tipo de civilización se evidencia en el hecho de que nada ha cambiado en el carácter y en las relaciones de los grupos fundamentales: se trata de una prolongación orgánica y de una intensificación de la civilización europea, que en el clima americano adquirió sólo una nueva piel. La observación de Pirandello sobre la oposición que encuentra el americanisno en París (¿pero también en Creusot?) y sobre la acogida inmediata que habría encontrado en Berlín, prueba, en todo caso, que no existe diferencia de naturaleza con el "europeismo" sino únicamente de grado. En Berlín las clases medias habían sido ya arruinadas por la guerra y la inflación y la industria berlinesa en su conjunto tiene caracteres muy diferentes de la parisina: las clases medias francesas no sufrieron las crisis ocasionales, como la inflación alemana, ni la crisis orgánica de 1929, con el mismo ritmo acelerado de Alemania. De allí que sea verdad que en París el americanismo aparezca como un afeite, como una superficial moda extranjera.

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