"Animalidad" e industrialismo.

La historia del industrialismo fue siempre (y lo es hoy de una manera más acentuada y rigurosa) una continua lucha contra el elemento "animalidad" del hombre, un proceso ininterrumpido, frecuentemente doloroso y sangriento, de sojuzgamiento de los instintos (naturales, es decir, animales y primitivos) a reglas siempre nuevas, cada vez más complejas y rígidas, y a hábitos de orden, exactitud y precisión que tornen posible las formas siempre más complejas de vida colectiva que son la consecuencia necesaria del desarrollo del industrialismo. Esta lucha es impuesta desde el exterior y hasta ahora los resultados obtenidos, si bien tienen un gran valor práctico inmediato, son, en gran parte puramente mecánicos, no se ha transformado en una "segunda naturaleza". Pero toda manera nueva de vivir ¿no ha sido siempre, durante un cierto tiempo, el resultado de una compresión mecánica? Los mismos instintos que hoy es necesario superar por demasiado "animales", constituyeron en realidad un progreso notable sobre los anteriores, todavía más primitivos. ¿Quién podría describir el "costo" en vidas humanas y en dolorosos sojuzgamientos de los instintos, del pasaje de la etapa nómada a la vida sedentaria y agrícola? Aquí entran las primeras formas de esclavitud de la gleba y del oficio, etc. Hasta ahora todos los cambios en el modo de ser y de vivir ocurrieron mediante la coerción brutal, es decir, mediante el dominio de un grupo social sobre todas las fuerzas productivas de la sociedad: la selección o "educación" del hombre adaptado a los nuevos tipos de civilización, vale decir a las nuevas formas de producción y de trabajo ha ocurrido mediante el empleo de inauditas brutalidades, lanzando al infierno del desclasamiento a los débiles y a los refractarios o eliminándolos del todo. En cada aparición de nuevos tipos de civilización o en el curso del proceso de desarrollo, se han producido crisis. ¿Pero quién se vio implicado en esta crisis? No las masas trabajadoras, sino las clases medias y una parte de la misma clase dominante, que había sentido también la presión coercitiva, que necesariamente era ejercida sobre toda el área social. Las crisis de libertinaje fueron numerosas: cada época histórica ha tenido alguna.

Cuando la presión coercitiva es ejercida sobre todo el complejo social (y esto ocurre especialmente después de la caída de la esclavitud y el advenimiento del cristianismo) se desarrollan ideologías puritanas que confieren al empleo intrínseco de la fuerza la forma exterior de la persuasión y del consenso; pero una vez que, se ha alcanzado el resultado, al menos en cierta medida, la presión se dispersa (históricamente, esta fractura se verifica de maneras muy diferentes como es natural, ya que la presión siempre asumió, formas originales, frecuentemente personales: se ha identificado con un movimiento religioso, creó un aparato propio que se personificó en determinados estratos o castas, tomó el nombre de Cromwell o de Luis XV, etc.), y adviene la crisis de libertinaje (la crisis francesa después de la muerte de Luis XV, por ejemplo, no puede ser comparada con la crisis americana después de la llegada de Roosevelt, ni el prohibicionismo tiene equivalente en las épocas precedentes, con su secuela de bandidaje, etc.) que sin embargo sólo roza superficialmente a las masas trabajadoras o las toca indirectamente porque deprava a sus mujeres. En efecto, estas masas o bien adquieren ya los hábitos y las costumbres necesarias para los nuevos sistemas de vida y de trabajo o bien continúan sintiendo la presión coercitiva por las necesidades elementales de su existencia (el mismo antiprohibicionismo no fue deseado por los obreros y la corrupción que el contrabando y el bandidaje acarreó estaba difundida entre las clases superiores).

En la posguerra se ha verificado una crisis de las costumbres de una extensión y de una profundidad inaudita, pero esta crisis se ha manifestado contra una forma de coerción que no había sido impuesta para crear los hábitos acordes con una nueva forma de trabajo, sino por las necesidades, reconocidas ya como transitorias, de la vida de guerra y de trinchera. Esta presión reprimió especialmente los instintos sexuales, aún los normales, en grandes masas de jóvenes y la crisis desencadenada en el momento del retorno a la vida normal se tornó más violenta por la desaparición de tantos varones y por un desequilibrio permanente en la relación numérica entre los individuos de los dos sexos. Las instituciones ligadas a la vida sexual recibieron una fuerte sacudida y en la cuestión sexual se desarrollaron nuevas formas de utopía iluminista [luz divina interior en vez de sacramentos]. La crisis se tornó más violenta (y lo es todavía) por el hecho de que ha tocado a todos los estratos de la población y entró en conflicto con las necesidades de los nuevos métodos de trabajo que mientras tanto se venían imponiendo (taylorismo y racionalización en general). Estos nuevos métodos exigían uno rígida disciplina de los instintos sexuales (del sistema nervioso), es decir, una consolidación de la "familia" en sentido amplio (no de esta o aquella forma del sistema familiar), de la reglamentación y estabilidad de las relaciones sexuales.

Es preciso insistir sobre el hecho de que en el campo sexual el factor ideológico más depravado y "regresivo" es la concepción iluminista y libertina propia de las clases no ligadas estrechamente al trabajo productivo, y que se propaga de estas clases a las de los trabajadores. Este elemento se torna tanto más grave si en un Estado las masas trabajadoras no sufren más la presión coercitiva de una clase superior, si los nuevos hábitos y actitudes psicofísicas conexas a los nuevos métodos de producción y de trabajo deben ser adquiridas por la vía de la persuasión recíproca o de convicciones individualmente propuestas y aceptadas. Puede crearse así una situación de doble fondo, un conflicto íntimo entre la ideología "verbal" que reconoce las nuevas necesidades y la práctica real, "animal", que impide a los cuerpos físicos la efectiva adquisición de las nuevas actitudes. Se forma en este caso lo que se puede llamar una situación de hipocresía social totalitaria. ¿Por qué totalitaria? En las otras situaciones los estratos populares son obligados a observar la "virtud"; quien la predica no la observa, aún alabándola de palabra, de suerte que la hipocresía es parcial, no total. Esta situación, por cierto, no puede durar y conducirá a una crisis de libertinaje pero sólo cuando las masas hayan asimilado la "virtud" en hábitos permanentes o casi permanentes, vale decir, con oscilaciones cada vez menores. Por el contrario, en caso de que no exista presión coercitiva de una clase superior, la "virtud" es afirmada de una manera general, y no es observada ni por convicción ni por coerción, no lográndose por lo tanto la adquisición de las actitudes psicofísicas necesarias para los nuevos métodos de trabajo. La crisis puede convertirse en "permanente", vale decir, de perspectiva catastrófica, ya que sólo la coerción podrá definirla, una coerción de nuevo tipo en cuanto, ejercida por la elite de una clase sobre la propia clase, no puede menos que ser una autocoerción, esto es, una autodisciplina (Alfieri que se hace atar a la silla) *. En todo caso, lo que se puede oponer a esta función de las elites es la mentalidad iluminista y libertina en la esfera de las relaciones sexuales; luchar contra esta concepción significa precisamente crear las elites necesarias para esta tarea histórica, o al menos desarrollarlas para que su función se extienda a todas las esferas de la actividad humana.

* Impulsado por la lectura de las virtudes de los héroes de Plutarco y deseoso de formarse por el mismo una personalidad, Alfieri resolvió siendo un joven aún, imponerse como obligación la de estudiar cuatro o cinco horas por día, y para no ceder se hacía atar a su silla, delante del escritorio. (N.. del T.),

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