La Acción Católica y los terciarios franciscanos.

¿Se puede hacer algún parangón entre la Acción Católica y las instituciones del tipo de los terciarios franciscanos? Por cierto que no, aun cuando sea bueno mencionar a manera de introducción no sólo a los terciarios, sino también el fenómeno más general de la aparición, en el desarrollo histórico de la Iglesia, de las órdenes religiosas, para definir mejor los caracteres y los límites de la misma Acción Católica. La creación de los terciarios es un hecho muy interesante, de origen y tendencia democrático-popular, que ilumina mejor el carácter del franciscanismo como retorno tendencial a los modos de vida y de creencia del cristianismo primitivo: comunidad de los fieles y no únicamente del clero como ha venido sucediendo, cada vez con mayor frecuencia. Sería por ello útil estudiar bien el éxito de esta iniciativa, que no ha sido muy grande, porque el franciscanismo no se transforma en expresión de toda la religión, como era la intención de Francisco, sino que se reduce a una de las tantas órdenes religiosas existentes.

La Acción Católica señala el comienzo de una época nueva en la historia de la religión católica, que de concepción totalitaria (en el doble sentido de una total concepción del mundo y de una sociedad en su totalidad), deviene parcial (también en el doble sentido) y debe tener un partido propio. Las diversas órdenes religiosas representan la reacción de la Iglesia (comunidad de los fieles o comunidad del clero), desde arriba o desde abajo, contra los desprendimientos parciales en cuanto a la concepción del mundo (herejías, cismas, etc. y también degeneraciones de las jerarquías); la Acción Católica representa la reacción contra la apostasía [deserción] de masas enteras, imponente, vale decir contra la superación masiva de la concepción religiosa del mundo. No es más la Iglesia quien fija el terreno y los medios de lucha; ella en cambio debe aceptar el terreno impuesto por sus adversarios o por la indiferencia y servirse de armas tomadas en préstamo del arsenal de sus adversarios (la organización política de masa). La Iglesia por lo tanto, está a la defensiva, ha perdido la autonomía de los movimientos y de las iniciativas, no es más una fuerza ideológica mundial, sino únicamente una fuerza subalterna.

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