Las "contradicciones" del historicismo y sus expresiones literarias (ironía, sarcasmo).

Ver las publicaciones de Adriano Tilgher contra el historicismo. De un artículo de Bonaventura Tecchi (Il demiurgo di Burzio, "Italia Letteraria", 20 de octubre de 1929), son extraídas algunos ideas de Filippo Burzio, que parecen mostrar una cierta profundidad (si se hace abstracción del lenguaje forzado y de las construcciones de tendencia paradójico-literaria), en el estudio de los contradicciones "psicológicas"; que nacen en el terreno del historicismo idealista, pero también en el del historicismo integral.

Es preciso meditar sobre la afirmación: "estar por encima de las pasiones y los sentimientos, aún probándolos", de la que pueden sacarse numerosas consecuencias. En efecto, el nudo de las cuestiones que surgen a propósito del historicismo y que Tilgher no logra desentrañar, está justamente en la constatación de que "se puede ser al mismo tiempo crítico y hombre de acción, de manera que un aspecto no sólo no debilite al otro, sino que por el contrario lo convalide". Tilgher escinde muy superficial y mecánicamente los dos términos de la personalidad humana (dado que no existe ni existió jamás el hombre puramente crítico y el hombre puramente pasional); cuando se trata, por el contrario, de determinar cómo se combinan estos dos términos en los distintos períodos históricos, tanto en los individuos, como en los estratos sociales (aspecto de la cuestión de la función social de los intelectuales), haciendo prevalecer (aparentemente) un aspecto o el otro (se habla de épocas de crítica, de épocas de acción, etc.). Mas no parece que ni siquiera el mismo Croce haya analizado a fondo el problema en los escritos donde quiso determinar el concepto de "política-pasión". Si el acto político concreto, como dice Croce, se realizo en la persona del jefe político, es preciso observar que la característica del jefe como tal no es por cierto la pasión, sino el cálculo frío, preciso, objetivamente casi impersonal, de las fuerzas en lucha y de sus relaciones (y tanto más esto vale si se trata de política en su forma más decisiva y determinante, la guerra o cualquier otra forma de lucha armada). El jefe suscita y dirige las pasiones, pero él mismo no es "inmune" a ellas o las domina para desencadenarlas mejor, refrenarlas en el momento dado, disciplinarlas, etc. Debe conocerlas, como elemento objetivo de hecho, como fuerza, más que "sentirlas" inmediatamente. Aunque sea con "gran simpatía" debe conocerlas y comprenderlas (y entonces la pasión asume una forma superior, que es preciso analizar, a partir de las ideas de Burzio).

Según el escrito de Tecchi parece que Burzio utiliza con frecuencia el elemento "ironía" como característica (o una de las características) de la posición referida o condensada en la afirmación "estar por encima de las pasiones y los sentimientos aún probándolos". Parece evidente que la actitud "irónica" no puede ser la del jefe político o militar, en relación a las pasiones y sentimientos de los partidarios y dirigidos. La "ironía" puede ser justa como actitud de cada intelectual individual, es decir, sin responsabilidad inmediata aunque sea en la construcción de un mundo cultural o para indicar el distanciamiento del artista del contenido sentimental de su creación (que puede "sentir" mas no "condividir", o puede condividir pero de una forma intelectualmente más refinada). Pero en el caso de la acción histórica, el elemento "ironía" sólo sería literario o intelectualista e indicaría una forma de separación vinculada sobre todo al escepticismo de diletante [aficionado], debido en mayor o menor medida a las desilusiones, al cansancio, al "superhombrismo".

Por el contrario, en el caso de la acción histórico-política, el elemento estilístico adecuado, la actitud característica de la separación-comprensión, es el "sarcasmo" y aún bajo una forma determinada, el "sarcasmo apasionado". En los fundadores de la filosofía de la praxis se encuentra la expresión más alta, ética y estéticamente, del sarcasmo apasionado. Otras formas. Frente a las creencias e ilusiones populares (creencia en la justicia, la igualdad y la fraternidad, es decir, en los elementos ideológicos difundidos por las tendencias democráticas derivadas de la Revolución francesa), existe un sarcasmo apasionadamente "positivo", creador, progresista. Se comprende que no se quiere escarnecer el sentimiento más íntimo de aquellas ilusiones y creencias, sino su forma inmediata, ligada a un determinado mundo "caduco", al tufo de cadáver que rezuma [suda] a través de los afeites humanitarios de los profesionales de los "principios inmortales". Porque existe también un sarcasmo de "derecha", que raramente es apasionado, pero que siempre es "negativo", escéptico y destructivo no sólo de la "forma" contingente, sino del contenido "humano" de aquellos sentimientos y creencias. (Y a propósito del atributo "humano" se puede ver en algunos libros, pero especialmente en La Sagrada Familia, qué significado es preciso asignarle). Se trata de dar una nueva forma al núcleo vivo de las aspiraciones contenidas en aquellas creencias (y, por consiguiente, de innovar, determinar mejor aquellas aspiraciones), y no destruirlas. El sarcasmo de derecha trata, en cambio, de destruir justamente el contenido de las aspiraciones (pero no --entendámonos bien-- en las masas populares, puesto que entonces se destruiría también el cristianismo popular, sino en los intelectuales), y por ello el ataque a la "forma" no es más que un expediente "didáctico".

Como siempre ocurre, las primeras manifestaciones originales del sarcasmo han tenido imitadores y papagayos; el estilo se transformó en una "estilística", llegando a ser una especie de mecanismo, un anagrama, una jerga que podía dar lugar a observaciones punzantes (por ejemplo, cuando la palabra "civilización" está siempre acompañada por el adjetivo "sedicente" [autoelogio], es lícito pensar que se cree en la existencia de una "civilización" ejemplar, abstracta, o al menos que se comporta como si se lo creyese, es decir, que de la mentalidad crítica e historicista se pasa a la mentalidad utópica). En la forma originaria el sarcasmo debe ser considerado como una expresión que pone de relieve las contradicciones de un período de transición; se trata de mantener el contacto con las expresiones subalternas humanas de las viejas concepciones y, al mismo tiempo, se acentúa la separación con las expresiones dominantes y dirigentes, en espera de que las nuevas concepciones, con la solidez adquirida a través del desarrollo histórico, dominen hasta adquirir la fuerza de las "creencias populares". Estas nuevas concepciones han sido ya adquiridas sólidamente por quien adopta el sarcasmo, pero deben ser expresadas y divulgadas en actitud "polémica", de otra manera sería una "utopía" porque aparecería como "arbitrio" individual o de cenáculo [reunión de talentos]. Por otro lado, por su misma naturaleza, el "historicismo" no puede concebirse a sí mismo como pasible de ser expresado en forma apodíctica [irrefutable] o predicativa y debe crear un gusto estilístico nuevo, hasta un lenguaje nuevo como medios de lucha intelectual. El "sarcasmo" (como la "ironía" en el plano literario más restringido de la educación de pequeños grupos) aparece por lo tanto como el componente literario de una serie de exigencias teóricas y prácticas que superficialmente pueden aparecer como inexorablemente contradictorias; su elemento esencial es el "apasionamiento", que se transforma en criterio de la potencia estilística individual (de la sinceridad, de la convicción profunda opuesta al papagayismo y al mecanicismo).

Desde este punto de vista es preciso examinar las últimas anotaciones de Croce en el prefacio de 1917 al volumen sobre El Materialismo Histórico, donde se habla de la "maga Alcina" y algunas observaciones sobre el estilo de Loria. Ver también el ensayo de Mehring sobre la "alegoría" en el texto alemán, etc. [17].

17 FRANZ MEHRING, Karl Marx als Denker Menash und Revolutionär. Ein Sammelbuch herausgegeben von D. Riazanov, Wien, 1928. (N. de la R.). De este libro existe una versión castellana: Marx como hombre, pensador y revolucionario, editorial Lautaro, 1946. El trabajo al cual se refiere Gramsci se llama: Carlos Marx y la alegoría, por Frunz Mehring, pp. 47-53, de la cit. ed. (N. del T.).

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