La crisis en Francia.

Su gran lentitud de desarrollo. Los partidos políticos franceses eran muy numerosos también antes de 1914. Su multiplicidad formal depende de la riqueza de eventos revolucionarios y políticos en Francia desde 1789 al "affaire Dreyfus". Cada uno de estos acontecimientos ha dejado sedimentos y residuos que se consolidaron en partidos, pero siendo las diferencias mucho menos importantes que las coincidencias, en realidad ha reinado siempre en el Parlamento el régimen de los dos partidos liberales-democráticos (variada gama del radicalismo) y conservadores. Se puede decir, mejor, une la multiplicidad de los partidos, dadas las circunstancias particulares de la formación político-nacional francesa, fue muy útil en el pasado por cuanto permitió una vasta obra de selecciones individuales y creó un gran número de hábiles hombres de gobierno. Y esto es una característica francesa. A través de este mecanismo muy anudado y articulado, cada movimiento de la opinión pública encontraba un reflejo inmediato y una composición. La hegemonía burguesa es muy fuerte y tiene muchas reservas. Los intelectuales están muy concentrados (Instituto de Francia, Universidades, grandes periódicos y revistas de París) y aunque numerosísimos, son en el fondo muy disciplinados en los centros nacionales de cultura. La burocracia civil y militar tiene una gran tradición y ha alcanzado un alto grado de homogeneidad activa.

La debilidad interna más peligrosa para el aparato estatal (militar y civil) consistía en la alianza del clericalismo y del monarquismo. Pero la masa popular, aunque católica, no era clerical. En el "affaire Dreyfus" culminó la lucha por paralizar la influencia clerical-monárquica en el aparato estatal y por dar al elemento laico una neta supremacía. La guerra no ha debilitado la hegemonía, por el contrario, la ha reforzado; no se tuvo tiempo de pensar: el Estado entró en guerra y casi de inmediato el territorio fue invadido. El pasaje de la disciplina de paz a la de guerra no demandó una crisis demasiado grande; los viejos cuadros militares eran tan vastos como elásticos; los oficiales subalternos y los suboficiales eran quizás los más seleccionados del mundo y los mejores adiestrados para las funciones de dirección inmediata de las tropas. Comparación con otros países. La cuestión de los "arditi" y del voluntarismo; la crisis de los cuadros determinada por la superación de los oficiales de reserva, que tenían por otro lado una mentalidad antitética con la de los oficiales de carrera. Los "arditi" en otros países representaron un nuevo ejército de voluntarios, una selección militar, que tuvo una función táctica primordial. El contacto con el enemigo sólo fue buscado a través de los "arditi", quienes constituían una especie de velo entre el enemigo y el ejército de leva (función de las ballenas de las fajas para sostener el busto). La infantería francesa estaba formada en su gran mayoría por cultivadores directos, es decir, por hombres provistos de una reserva muscular y nerviosa muy rica, lo cual tornó muy difícil el colapso físico provocado por la larga vida de trinchera (el consumo medio de un ciudadano francés es de alrededor de 1.500.000 calorías anuales, mientras que el consumo del italiano es menor de 1.000.000); en Francia el proletariado agrícola es mínimo, el campesino sin tierra es siervo de factoría, o sea, vive la misma vida que los patrones y no conoce las privaciones de la desocupación ni aún estacional; el verdadero proletariado se confunde con la mala vida rural y está formado por elementos errantes que viajan de un lado a otro del país realizando pequeños trabajos marginales. La comida de trinchera era mejor que en otros países y el pasado democrático, rico en luchas y en experiencias recíprocas, había creado el tipo del ciudadano moderno también en las clases subalternas, en el doble sentido del hombre de pueblo que se sentía ciudadano pero que además era considerado como tal por los superiores, por las clases dirigentes, es decir, no era insultado y maltratado por bagatelas. No se formaron así durante la guerra los sedimentos de rabia envenenada y socarrona, que se formaron en otros lugares. Las luchas internas de la posguerra no tuvieron por ello una gran aspereza y en especial no se verificó la inaudita oscilación de las masas rurales ocurrida en otras lugares.

La crisis endémica del parlamentarismo francés indica que existe un malestar profundo en el país, pero que no adquirió aún un carácter radical, no puso todavía en juego cuestiones intangibles. Se ha producido una ampliación de la base industrial y por consiguiente un crecimiento urbano. Masas de campesinos se trasladaron a la ciudad, mas no porque existiese desocupación en el campo o un hambre insatisfecha de tierra; sino porque en la ciudad se está mejor, se obtienen más satisfacciones, etc. (el precio de la tierra es muy bajo y muchas tierras buenas son abandonadas a los italianos).

La crisis parlamentaria refleja (hasta ahora), por sobre todo, un desplazamiento normal de las masas (no debido a una crisis económica aguda), con una búsqueda laboriosa de nuevos equilibrios de representación y de partidos y un vago malestar que es sólo el premonitor de una posible gran crisis política. La misma sensibilidad del organismo político conduce a exagerar formalmente los síntomas de malestar. Hasta ahora se ha tratado de una serie de huchas por la distribución de los impuestos y de los beneficios estatales, más que otra cosa, de allí entonces la crisis de los partidos centristas y del radical en primer lugar, que representa las ciudades medias y pequeñas y a los campesinos más avanzados. Las fuerzas políticas se preparan para las grandes luchas futuras y buscan una mejor coordinación: las fuerzas extra-estatales hacen sentir más sensiblemente su peso e imponen sus hombres de una manera más brutal.

El punto culminante de la crisis parlamentaria francesa fue alcanzado en 1925, por lo que es necesario partir de las actitudes asumidas frente a aquellos acontecimientos, considerados decisivos, para dar un juicio sobre la consistencia política e ideológica de L'Action Française. Maurras denunció la gangrena total del régimen republicano y su grupo se preparó para la toma del poder. Frecuentemente, Maurras es considerado como un gran estadista y como un grandísimo Realpolitiker, en realidad, sólo es un jacobino a la inversa. Los jacobinos empleaban un cierto lenguaje, eran convencidos fautores de una ideología determinada: en su época y en las circunstancias dadas, aquel lenguaje y aquella ideología eran ultrarrealistas porque trataban de poner en movimiento las energías políticas necesarias para los fines de la revolución y de consolidar en forma permanente el camino al poder de la clase revolucionaria. Luego fueron apartados, como ocurre casi siempre, por las condiciones de lugar y tiempo y reducidos a fórmulas, transformándose en algo diferente, en una larva, en palabras vacuas e inertes. Lo cómico consiste en el hecho de que Maurras pone al revés en forma banal aquellas fórmulas, creando otras que sistematizó en un impecable orden lógico literario, y que no podían dejar de representar el reflejo del más puro y trivial iluminismo. En realidad, Maurras es justamente el campeón más representativo del "estúpido siglo XIX", la concentración de todos los lugares comunes masónicos mecánicamente subvertidos.

Su éxito relativo depende precisamente de que su método agrada porque es el de la razón razonante, de donde nació el enciclopedismo y toda la tradición cultural masónica francesa, El iluminismo creó una serie de mitos populares, que eran sólo la proyección en el futuro de las más profundas y milenarias aspiraciones de las grandes masas, aspiraciones ligadas al cristianismo y a la filosofía del sentido común, mitos tan simplistas cuanto se quiera pero que tenían un origen radicado realmente en los sentimientos y que, de todas maneras, no podían ser controlados en forma experimental (históricamente). Maurras ha creado el mito "simplista" de un fantástico pasado monárquico francés, pero este mito fue "historia" y las deformaciones intelectualistas de ella pueden ser fácilmente corregidas: toda la instrucción pública francesa es una rectificación implícita del mito monárquico, que de tal manera se convierte en un "mito" defensivo y no creador de pasiones. Una de las fórmulas fundamentales de Maurras es "politique d'abord", pero él es el primero en no seguirla. Para Maurras antes que la política existe siempre la "abstracción política", la adopción integral de una concepción del mundo muy "minuciosa", que prevé todos los casos particulares, como lo hacen las utopías de los literatos, que exige una determinada concepción de la historia, pero de la historia concreta de Francia y de Europa, o sea una determinada y fosilizada hermenéutica.

León Daudet ha escrito que la gran fuerza de L'Action Française estaba constituida por la indestructible homogeneidad y unidad de su grupo dirigente; siempre de acuerdo, siempre solidario política e ideológicamente. La unidad y homogeneidad del grupo dirigente es, por cierto, una gran fuerza, pero de carácter sectario y masónico, no de gran partido de gobierno. El lenguaje político se ha transformado en una jerga, se ha formado una atmósfera de conspiración de logia: a fuerza de repetir siempre las mismas fórmulas, de manejar los mismos esquemas mentales osificados se acaba, es cierto, por pensar de la misma manera, porque se concluye por no pensar más. Maurras en París y Daudet en Bruselas pronuncian la misma frase, sin haberlo acordado, sobre el mismo acontecimiento, porque el acuerdo existía de antemano, porque se trata de dos maquinitas de frases, montadas desde hace veinte años para decir las mismas cosas en el mismo momento. El grupo dirigente de L'Action Française se formó por cooptación: al principio era Maurras con su verbo, luego se le unió Vaugeois, luego Daudet, Pujo, etc. Cada vez que se separó alguno del grupo, fue una catástrofe de polémicas y de acusaciones interminables y pérfidas. Y esto se comprende: Maurras es como un Papa infalible y que se separe de él uno de sus más allegados tiene un significado verdaderamente catastrófico.

Desde el punto de vista de la organización, L'Action Française es muy interesante y merecería un profundo estudio. Su relativa fuerza reposa sobre todo en el hecho de que sus elementos de base son tipos sociales intelectualmente seleccionados, cuya "concentración" militar es extremadamente fácil, tanto como lo sería un ejército constituido sólo por oficiales. La selección intelectual es sólo relativa, se comprende, ya que es sorprendente que los adherentes de L'Action Française accedan con tanta facilidad a repetir como papagayos las fórmulas del leader (aunque no se trate de una necesidad de guerra, sentida como tal) o mejor a extraer un beneficio "esnobista". En una república quizás constituya un signo de distinción ser monárquico; en una democracia parlamentaria significa ser una reaccionario consecuente. El grupo, por su composición, posee (aparte de las subvenciones de ciertos grupos industriales) muchos fondos, tantos como para permitirles múltiples iniciativas que le dan una apariencia de cierta vitalidad y actividad. La posición social de muchos adherentes notorios y ocultos permite al periódico y al centro dirigente tener una masa de informaciones y documentos reservados que posibilitan múltiples polémicas personales. En el pasado y aunque en forma limitada también ahora, el Vaticano debe haber sido una fuente de informaciones de primer orden (la Secretaría de Estado y el alto clero francés). Muchas campañas personalistas son llevadas en forma velada o semi-velada: se publica una parte de verdad para dar a entender que se sabe todo, o se hacen alusiones maliciosas sólo comprensibles para los interesados. Estas violentas campañas personalistas tienen para L'Action Française muchos significados: galvanizan a los adherentes, porque la ostentación del conocimiento de las cosas más secretas da la impresión de una gran capacidad para penetrar el campo adversario y de una fuerte organización a la cual nada se le escapa; muestran al régimen republicano como una asociación de delincuentes; paralizan a una serie de adversarios con la amenaza de deshonrarlos, convirtiendo a algunos de ellos en sus agentes secretos.

La concepción empírica que emana de toda la actividad de L'Action Française es la siguiente: el régimen parlamentario republicano se disolverá indefectiblemente, ya que es un monstrum histórico-racional, que no corresponde a las leyes "naturales" de la sociedad francesa, rígidamente establecida por Maurras. Los nacionalistas integrales deben por lo tanto: 1) apartarse de la vida real de la política francesa, no reconociendo su "legalidad" histórico-racional (abstencionismo, etc.) y combatiéndola en bloque; 2) crear un antigobierno, siempre listo para instalarse en los "palacios tradicionales" con un golpe de mano. Este antigobierno se presenta ya hoy con todos los cargos embrionarios, que corresponden a las grandes actividades nacionales. En la realidad se cometieron muchas transgresiones a tanto rigor; en 1919 fueron presentadas algunas candidaturas y por milagro logró ser electo Daudet. En las otras elecciones L'Action Française apoyó aquellos candidatos de derecha que aceptaban algunos de sus principios marginales (esta actividad parece que fue impuesta a Maurras por sus colaboradores más expertos en la política real, lo cual demuestra que la unidad no se da sin grietas). Para salir del aislamiento se proyectó la publicación de un gran periódico informativo, pero hasta ahora no se hizo nada (sólo existe la "Revue Universelle" y el "Charivari", que cumplen una función de divulgación indirecta dentro del gran público). La agria polémica con el Vaticano y la reorganización del clero y de las asociaciones católicas que de él derivaron, han roto la única ligazón que L'Action Française mantenía con las grandes masas nacionales, ligazón que por otra parte era sobre todo aleatoria. El sufragio universal que fuera introducido en Francia desde hace mucho tiempo determinó el hecho de que las masas, formalmente católicas, adhirieran políticamente a los partidos republicanos de centro, aunque éstos fuesen anticlericales y laicistas. El sentimiento nacional, organizado en torno al concepto de patria es igualmente fuerte y en ciertos casos es sin duda más fuerte que el sentimiento religioso-católico, el cual, por otro lado, tiene características propias. La fórmula de que "la religión es una cuestión privada" se ha radicado como forma popular del concepto de separación de la Iglesia del Estado. Por otro lado, el complejo de asociaciones que constituyen la Acción Católica está en manos de la aristocracia terrateniente (cuyo jefe es, o era, el general Castelnau), sin que el bajo clero ejerza aquella función de guía espiritual-social que ejercía en Italia (en la parte septentrional). El campesino francés, en su casi totalidad, se parece especialmente a nuestro campesino meridional, que dice de buena gana: "El cura es cura sobre el altar, pero afuera es un hombre como todos los demás" (en Sicilia: "Monaci e parrini, sienticci la missa e stoccacci li rini"). L'Action Française a través del estrato dirigente católica pensaba poder dominar, en el momento decisivo, todo el aparato de masa del catolicismo francés. En este cálculo había una parte de verdad y mucho de ilusión: en épocas de grandes crisis político-morales, el sentimiento religioso, relajado en épocas normales, puede convertirse en vigoroso y absorbente; pero si el porvenir aparece pleno de nubes tempestuosas, la misma solidaridad nacional, expresada en términos de patria, se transforma en absorbente en Francia, país donde la crisis no puede dejar de asumir el carácter de crisis internacional, de allí que la Marsellesa sea más fuerte que los salmos penitenciales.

De cualquier manera, para Maurras se ha desvanecido hasta la esperanza en esta posible reserva. El Vaticano no quiere abstenerse más en los asuntos internos franceses y considera que el desquite de una posible restauración monárquica se ha convertido en inoperante; el Vaticano es más realista que Maurras y concibe mejor la fórmula politique d'abord. Mientras el campesino francés tenga que escoger entre Herriot y un hobereau [halcón], elegirá a Herriot. Es necesario por esto crear el tipo del "radical católico", vale decir del "popular", es preciso aceptar sin reservas la república y la democracia y sobre este terreno organizar a las masas campesinas, superando las disidencias entre religión y política, haciendo del cura no sólo el guía espiritual (en el campo individual-privado) sino también el guía social en el campo económico-político. La derrota de Maurras es indudable (como la de Hugemberg en Alemania); su concepción es falsa debido a su exagerada perfección lógica. Esta derrota, por otro lado, fue vista por el mismo Maurras justamente al comienzo de su polémica con el Vaticano que coincidió con la crisis parlamentaria francesa de 1925 (no ciertamente por casualidad). Cuando los ministerios se sucedían en forma rotativa, la "Action Française" declaró estar lista para asumir el poder y apareció un artículo en el cual se invitaba a Caillaux a colaborar, al mismo Caillaux para quien se anunciaba continuamente el pelotón de fusilamiento. El episodio es clásico: la política de Maurras del abstencionismo apriorista, osificada y racionalista, de las leyes naturales "siderales" que rigen la vida de la sociedad francesa, estaba condenada al marasmo, a la quiebra y a la abdicación en el momento decisivo. En dicho momento se observa que las grandes masas de energías liberadas por la crisis no se dirigen enteramente a los estanques creados en forma artificial, sino que, por el contrario, siguen las vías realmente trazadas por la política real precedente, se desplazan hacia los partidos que fueron siempre activos o que nacieron como hongos sobre el mismo terreno de la crisis. Al margen de la estupidez de creer que en 1925 podía ocurrir la quiebra del régimen republicano por una crisis parlamentaria (el intelectualismo antiparlamentario conduce a tales alucinaciones monomaníacas), si hubo alguna quiebra fue la de la moral de Maurras, quien a pesar de todo no se apartará de su estado de iluminación apocalíptica y de su grupo que se sintió aislado y debió apelar a Caillaux y Cía.

En la concepción de Maurras existen muchos elementos similares a los de ciertas teorías formalmente catastróficas del economismo y del sindicalismo. Ha ocurrido con mucha frecuencia esta transposición al campo político y parlamentario de concepciones nacidas en el terreno económico y sindical. Todo abstencionismo político en general y no sólo el parlamentario se basa sobre una similar concepción mecánicamente catastrófica: la fuerza del adversario quebrará en forma matemática si con un método rigurosamente intransigente se la boicotea en el campo gubernamental (a la huelga económica se acoplan la huelga y el boicot político). El ejemplo clásico es el de los clericales italianos luego de 1870 que imitaron y generalizaron algunos episodios de la lucha de los patriotas contra el dominio austriaco, verificados especialmente en Milán.

La afirmación repetida con frecuencia por Jacques Bainville en sus ensayos históricos de que el sufragio universal y el plebiscito podían (habrían podido) y podrán servir también a la legitimidad así como sirvieron a otras corrientes políticas (especialmente a Bonaparte), es muy ingenua porque está ligada a un ingenuo y necio sociologismo: el sufragio universal y el plebiscito son concebidos como esquemas abstractos, al margen de las condiciones de tiempo y de lugar. Es por ello necesario anotar: 1) que toda sanción otorgada por el sufragio universal y el plebiscito se ha producido luego de que la clase dominante se había concentrado fuertemente en el campo político, o más aún, en el campo político-militar, alrededor de una personalidad "cesarista", o luego de que una guerra hubiese creado una situación de emergencia nacional; 2) que en la realidad de la historia francesa han existido diferentes tipos de "sufragio universal", a medida que cambiaron históricamente las relaciones económico-políticas. Las crisis del sufragio universal fueron determinadas por las relaciones entre París y la provincia, o sea entre la ciudad y el campo, entre las fuerzas urbanas y el campesinado. Durante la Revolución, el bloque urbano parisino guió de una manera casi absoluta a la provincia formándose así el mito del sufragio universal que siempre debía dar la razón a la democracia radical parisina. Por ello París quiso el sufragio universal en 1848, pero éste permitió la constitución de un parlamento reaccionario-clerical que facilitó a su vez la carrera a Napoleón III. En 1871 París dio un gran paso adelante, porque se rebeló ante la Asamblea Nacional de Versalles, formada en base al sufragio universal, "comprendiendo" así en forma implícita que entre "progreso" y sufragio pueden existir conflictos; pero esta experiencia histórica, de un valor inestimable, se perdió inmediatamente por que sus portadores fueron rápidamente destruidos. Por otro lado, luego de 1871, París perdió en gran parte su hegemonía político-democrática sobre el resto de Francia por diversas razones: 1) por que se difundió en toda Francia el capitalismo urbano creándose en todo el territorio el movimiento radical socialista; 2) porque París perdió definitivamente su unidad revolucionaria y su democracia se escindió en grupos sociales y partidos antagónicos. El desarrollo del sufragio universal y de la democracia coincide cada vez más con el afirmarse en toda Francia del partido Radical y de la lucha anticlerical, afirmación que se torna más fácil o mejor aún, que es favorecida, por el desarrollo del llamado sindicalismo revolucionario. En realidad, el abstencionismo electoral y el economismo de los sindicalistas constituyen la apariencia "intransigente" del abandono, por parte de París, de su papel de cabeza revolucionaria de Francia; son la expresión del chato oportunismo que siguió a la sangría de 1871. El radicalismo unifica así en el plano intermedio de la mediocridad pequeño burguesa a la aristocracia obrera de la ciudad con el campesino ocioso de la campaña. Después de la guerra continuó el desarrollo histórico, tronchado a sangre y fuego en 1871, pero en una forma incierta, informe, oscilante y privada en especial de cerebros pensantes.

La "Rivista d'Italia" del 15 de enero do 1927 resume un artículo de J. Vialatoux publicado en la "Chronique Sociale de France" algunas semanas antes. Vialatoux rechaza la tesis sostenida por Jacques Maritain en Une opinión sur Charles Maurras et le devoir des catholiques (París, Plon, 1926), según la cual entre la filosofía y la moral pagana de Maurras y su política existiría sólo una relación contingente, de manera que si se toma en consideración la doctrina política, abstrayéndola de la filosofía, podemos caer en algún peligro, como en todo movimiento humano, pero no hay en esto nada de condenable. Para Vialatoux la doctrina política deriva precisamente (o por lo menos es inescindible) de la concepción pagana del mundo.

[Con respecto a este paganismo es preciso distinguir y esclarecer entre la caparazón literaria plena de referencias y metáforas paganas y el núcleo esencial constituido por el positivismo naturalista tomado de Comte y en forma mediata del sansimonismo, el cual entra en el paganismo sólo por la jerga y la nomenclatura eclesiástica]. El Estado es el fin último del hombre: él realiza el orden humano con la sola fuerza de la naturaleza [o sea "humanas" en contraposición a "sobrenaturales"]. Maurras es definible por sus odios más que por sus amores. Odia al cristianismo primitivo (a la concepción del mundo contenida en los Evangelios, en los primeros apalogistas, etc., al cristianismo hasta el edicto de Milán, en suma, cuya creencia fundamental era la de que la venida de Cristo había anunciado el fin del mundo, determinando con ello la disolución del orden político romano en una anarquía moral destructora de todo valor civil y estatal), ya que era para él una concepción judaica. En este sentido Maurras quiso descristianizar la sociedad moderna. Para Maurras la Iglesia católica ha sido y será cada vez más el instrumento para esta descristianización. De allí que distinga entre cristianismo y catolicismo, exaltando a este último como la reacción del orden romano a la anarquía judaica. El culto católico, sus devociones supersticiosas, fiestas, pomposas solemnidades, liturgia, imágenes, fórmulas, ritos sacramentales, su jerarquía imponente, son como un saludable hechizo para domar la anarquía cristiana, para inmunizar el veneno judaico del cristianismo auténtico. Según V ialatoux, el nacionalismo de la Action Française no es más que un episodio de la historia religiosa de nuestro tiempo. [En este sentido todo movimiento político no controlado por el Vaticano es un episodio de la historia religiosa, o sea, toda la historia es historia religiosa. De todas maneras es necesario agregar que el odio de Maurras contra todo lo que sea protestante y de origen anglogermánico --Romanticismo, Revolución francesa, capitalismo, etc.-- no es más que un aspecto de este odio contra cl cristianismo primitivo. Sería preciso rastrear en Augusto Comte los orígenes de esta actitud general hacia el catolicismo, que no es independiente del renacimiento libresco del tomismo y del aristotelismo.

El llamado "centralismo orgánico" se funda en el principio de que un grupo político es seleccionado por "cooptación" en torno a un "portador infalible de la verdad", a un "iluminado de la razón" que ha encontrado las leyes naturales infalibles de la evolución histórica, infalibles aunque sea a largo alcance y aunque los acontecimientos "parezcan" contradecirlas. La aplicación de las leyes de la mecánica y de la matemática a los hechos sociales, que sólo puede tener un valor puramente metafórico, se transforma en el único y alucinante motor intelectual (en el vacío). El nexo entre el centralismo orgánico y las doctrinas de Maurras es evidente.

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