NOTAS SOBRE LA VIDA NACIONAL FRANCESA

El partido monárquico en un régimen republicano, como el partido republicano en un régimen monárquico o el partido nacional en un régimen de sujeción a un Estado extranjero, no pueden menos que ser partidos sui generis. Si quieren obtener éxitos relativamente rápidos, deben ser centrales de federaciones de partidos más que partidos caracterizados en todos los puntos particulares por sus programas de gobierno; partidos de un sistema general de gobierno y no de gobiernos particulares (en esta misma serie corresponde un lugar aparte a los partidos confesionales, como el Centro alemán o los diversos partidos cristiano-sociales o populares).

El partido monárquico se funda en Francia sobre los residuos aún tenaces de la vieja nobleza terrateniente y sobre una parte de la pequeña burguesía y de los intelectuales. ¿En qué confían los monárquicos para ser capaces de asumir el poder y restaurar la monarquía? Confían en el colapso del régimen parlamentario-burgués y en la incapacidad de cualquier otra fuerza organizada para ser el núcleo político de una dictadura militar previsible o preparada por ellos mismos; sus fuerzas sociales no estarían en condiciones de conquistar el poder de ninguna otra manera. En espera de que esto ocurra el centro dirigente de L'Action Française desarrolla sistemáticamente una serie de actividades: una acción organizativa político-militar (militar en el sentido de partido y en el de tener células activas entre los oficiales del ejército) para reagrupar de manera más eficiente la estrecha base social sobre la cual se apoya históricamente el movimiento. Estando constituida esta base por elementos en general más selectos en cuanto a su inteligencia, cultura, riqueza, práctica administrativa, etc., que los participantes de cualquier otro movimiento, es posible lograr así un partido notable, hasta imponente, pero que sin embargo se agota en sí mismo, es decir, que no tiene reservas para lanzarse a la lucha en una crisis capital. El partido por lo tanto es notable sólo en épocas normales, cuando los elementos activos de la lucha política se cuentan por decenas de millares, pero se convertirá en insignificante (numéricamente) en los períodos de crisis, cuando los activos se contarán por centenares de millares y quizás hasta por millones.

El desarrollo del jacobinismo (de contenido) y de la fórmula de la revolución permanente operada en la fase activa de la Revolución francesa ha encontrado su "perfeccionamiento" jurídico-constitucional en el régimen parlamentario, el cual realiza, en el período más rico en energías "privadas" de la sociedad, la hegemonía permanente de la clase urbana sobre toda la población, en la forma hegeliana del gobierno fundado en el consenso permanentemente organizado (pero la organización del consenso es dejada a la iniciativa privada, siendo por lo tanto de carácter moral o ético, en cuanto consenso dado "voluntariamente" de una u otra manera). El "límite" logrado por los jacobinos en la ley Le Chapelier y en la del mazimum es superado y rechazado en forma progresiva cada vez más lejos a través de un proceso completo en donde se alternan la actividad propagandística y la práctica (económica, político-jurídica). Debido al desarrollo industrial y comercial la base económica es ampliada y profundizada continuamente; desde las clases inferiores se elevan hasta las clases dirigentes los elementos sociales más ricos en energía y en espíritu de empresa, la sociedad entera está en un continuo proceso de formación y disolución acompañada de formaciones más complejas y ricas en posibilidades; esto se mantiene, por regla general, hasta la época del imperialismo y culmina en la guerra mundial. En este proceso se alternan tentativas de insurrecciones y represiones despiadadas, ampliaciones y restricciones del sufragio político, libertad de asociación y restricciones o anulamiento de esta libertad, libertad en el campo sindical más no en el político, diferentes formas de sufragio, escrutinio de lista o circunscripciones uninominales, sistema proporcional o individual, con las diversas combinaciones que de allí resultan: sistema de las dos Cámaras o de una sola Cámara electiva, con diversos métodos de elección para cada una (Cámara vitalicia y hereditaria, Senado a término, pero con elecciones para senadores diferentes de las utilizadas para diputados, etc.) diversos equilibrios de poderes, mediante los cuales la magistratura puede ser un poder independiente o sólo un orden, controlado y dirigido por circulares ministeriales; diferentes atribuciones del jefe del gobierno o del Estado; diverso equilibrio interno de los organismos territoriales (centralismo o descentralización, mayores o menores poderes de los prefectos, de los Consejos Provinciales, comunales, etc.); diverso equilibrio entre las fuerzas armadas de conscripción y las profesionales (policía, gendarmería), con dependencia de estos cuerpos profesionales de uno u otro organismo estatal (magistratura, Ministerio del Interior o Estado Mayor); la mayor o menor parte dejada, respectivamente, a la costumbre o a la ley escrita, de donde se desarrollan formas consuetudinarias que pueden hasta cierto punto ser abolidas en virtud de las leyes escritas (en algunos países "parecía" que se hubiesen constituido regímenes democráticos, pero sólo lo habían hecho de una manera formal, sin lucha, sin sanción constitucional y fue fácil disgregarlos de igual manera, o casi sin lucha --porque estaban desprovistos de sostenes jurídicos, morales y militares-- restaurando la ley escrita o dándole interpretaciones reaccionarias); la mayor o menor separación entre las leyes fundamentales y los reglamentos de ejecución que anulan las primeras y le dan una interpretación restrictiva; el empleo más o menos extendido de los decretos-leyes que tienden a sustituir la legislación ordinaria y la modifican en algunas ocasiones, forzando la paciencias del Parlamento hasta lograr un verdadero "chantaje a la guerra civil". En este proceso contribuyen por un lado los teóricos-filósofos, los publicistas, los partidos políticos, etc., para el desarrollo de la parte formal, y por el otro lado, los movimientos y las presiones de masa para la parte sustancial, con acciones y reacciones recíprocas, con iniciativas "preventivas" antes de que los fenómenos se manifiesten peligrosamente y con represiones cuando las prevenciones fallaron o fueron tardías e ineficaces.

El ejercicio "normal" de la hegemonía, en el terreno devenido clásico del régimen parlamentario, se caracteriza por la combinación de la fuerza y el consenso que se equilibran en formas variadas, sin que la fuerza rebase demasiado al consenso, o mejor: tratando de obtener que la fuerza aparezca apoyada sobre el consenso de la mayoría que se expresa a través de los órganos de la opinión pública --periódicos y asociaciones-- los cuales, con este fin, son multiplicados artificialmente. Entre el consenso y la fuerza está la corrupción-fraude (que es característica de ciertas situaciones de ejercicio difícil de la función hegemónica, presentando demasiados peligros el empleo de la fuerza) la cual tiende a enervar y paralizar a las fuerzas antagónicas atrayendo a sus dirigentes, tanto en forma encubierta como abierta, cuando existe un peligro inmediato, llevando así la confusión y el desorden a las filas enemigas.

En el período de la post-guerra, el aparato hegemónico se agrieta y el ejercicio de la hegemonía se hace permanentemente difícil y aleatorio. El fenómeno es presentado y tratado bajo nombres diferentes y en sus aspectos secundarios y derivados. Los más triviales son: "crisis del principio de autoridad" y "disolución del régimen parlamentario". Es claro que sólo se describen las manifestaciones "teatrales" del fenómeno en el terreno parlamentario y del gobierno político, presentándolas justamente como el fracaso de algunos "principios" (parlamentario, democrático, etc.) y cómo la "crisis" del principio de autoridad (del fracaso de este principio otros hablarán en forma no menos superficial y supersticiosa). La crisis se manifiesta en la práctica como una dificultad siempre creciente para formar los gobiernos y como una permanente inestabilidad de los mismos gobiernos, que tiene su origen inmediato en la multiplicación de los partidos parlamentarios y en las permanentes crisis internas de cada uno de ellos (es decir, que se verifica en el interior de cada partido lo que tiene lugar en el conjunto del Parlamento: dificultades de gobierno e inestabilidad de dirección). Las formas de este fenómeno son también, en cierta medida, de corrupción y de disolución moral: cada fracción de partido cree tener la receta infalible para detener el debilitamiento de todo el partido y recurre a cualquier medio en su afán de lograr su dirección o al menos de participar en ella, así como en el Parlamento el partido cree ser el único que debe formar el gobierno para salvar al país, o pretende al menos, para dar su apoyo al gobierno, participar lo más ampliamente posible; de allí los cavilosos y minuciosos acuerdos que no pueden dejar de ser personales, al punto de aparecer como escandalosos y que caen frecuentemente en la traición y la perfidia. Quizás en la realidad la corrupción personal es menor de lo que parece, ya que es todo el organismo político el que está corrompido por la descomposición de la función hegemónica. Que los interesadas en que la crisis se resuelva desde su punto de vista, finjan creer y proclamen a grandes voces que se trata de la "corrupción" y de la "disolución" de una serie de "principios" (inmortales o no), esto podría también justificarse. Cada uno es el mejor juez en la elección de las armas ideológicas más apropiadas para el logro de los fines propuestos y la demagogia puede ser considerada como un arma excelente. Pero la cosa se transforma en cómica cuando el demagogo no sabe que lo es y actúa prácticamente como si fuese verdad que el hábito hace al monje y el birrete al cerebro. Maquiavelo se transforma así en Stenterello.

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