Política y derecho constitucional.

En la "Nuova Antologia" del 16 de diciembre de 1929 se publica una pequeña nota de un cierto M. Azzalini, La política, scienza ed arte di Stato, que puede ser interesante como presentación de los elementos entre los cuales se debate el esquematismo científico.

Comienza afirmando que fue gloria "resplandeciente" de Maquiavelo "el haber circunscripto en el Estado el ámbito de la política". No es fácil entender qué quiere decir con esto Azzalini: tomando un fragmento del capítulo III de El Príncipe donde dice: "Como me dijera el cardenal de Rohan que los italianos no entendían en asuntos de guerra, yo le respondí que los franceses no entendían en los de Estado", Azzalini se basa en esta única cita para afirmar que "por consiguiente", para Maquiavelo, "la política" debía entenderse como ciencia y como ciencia de Estado, y que esto fue su gloria, etc. (el término "ciencia de Estado" por "política" habría sido adoptado en el correcto significado moderno antes de Maquiavelo únicamente por Marsilio da Padova). Azzalini es bastante frívolo y superficial. La anécdota del cardenal de Rohan, separada del texto, no significa nada. En el contexto asume un significado que no se presta a deducciones científicas: se trata evidentemente de una agudeza, de un contrapunto sin importancia. El cardenal de Rohan había afirmado que los italianos no entendían de guerra; en respuesta Maquiavelo le señala que los franceses no entendían de Estado, ya que de otra manera no habrían permitido al Papa ampliar su poder en Italia, lo que iba contra los intereses del Estado francés. Maquiavelo estaba muy lejos de pensar que los franceses no entendían de asuntos de Estado, por el contrario, admiraba la manera cómo la monarquía (Luis XI) había logrado la unidad estatal en Francia y hacía de la actividad estatal francesa un término de parangón con la italiana. En su discusión con el cardenal Rohan hizo "política" de hecho y no "ciencia política" ya que, según él, si era dañoso para la "política exterior" francesa que el Papa se fortaleciese, lo era aún más para la política interna italiana.

Lo curioso es que partiendo de tan incongruente cita, Azzalini continúa diciendo que "aún enunciándose que aquella ciencia estudia el Estado, se da una definición (¡?) absolutamente imprecisa (!) porque no se indica con qué criterio debe ser considerado el objeto de la investigación. Y la imprecisión es absoluta dado que todas las ciencias jurídicas en general y el derecho público en particular, se refieren indirectamente y directamente a aquel elemento".

¿Qué significa todo esto referido a Maquiavelo? Menos que nada; sólo confusión mental. Maquiavelo escribe libros de "acción política inmediata", no escribe una utopía en la cual sueña con un Estado ya constituido, con todas sus funciones y sus elementos constituyentes. En su tratado, en su crítica del presente, expresa conceptos generales presentados en forma aforística y no sistemática, y expresa una concepción del mundo original, que también podría ser llamada "filosofía de la praxis" o "neo-humanismo" en cuanto no reconoce elementos trascendentes o inmanentes (en sentido metafísico), sino que se basa por completo en la acción concreta del hombre, el cual, impulsado por sus necesidades históricas, actúa y transforma la realidad. No es verdad, como parece creer Azzalini, que Maquiavelo no tiene en cuenta el "derecho constitucional", ya que en toda su obra se encuentran, dispersos, principios generales de derecho constitucional. Aún más, Maquiavelo afirma bastante claramente la necesidad de que en el Estado domine la ley, los principios fijos, según los cuales los ciudadanos virtuosos pueden obrar seguros de no caer bajo los golpes de la arbitrariedad. Pero Maquiavelo, precisamente, refiere todo a la política, vale decir al arte de gobernar los hombres, de procurarse su consenso permanente y por consiguiente el arte de fundar los "grandes Estados" (es preciso recordar que Maquiavelo comprendía que el Estado no era la Comuna o la República o la Señoría comunal, ya que al no poseer un vasto territorio les faltaba una población tal como para ser la base de una fuerza militar que permitiese una política internacional autónoma. Comprendía que en Italia, con el Papado, persistía una situación de no-Estado y que ella duraría hasta que la religión se transformase en "política" del Estado y dejase de ser la política utilizada por el Papa para impedir la formación en Italia de Estados fuertes, interviniendo en la vida interna de los pueblos por él no dominados temporalmente, impulsado por intereses ajenos a los de aquellos Estados, resultando por ello perturbadores y disgregadores).

Se podría hallar en Maquiavelo la confirmación de todo lo que he anotado arriba, vale decir el hecho de que la burguesía italiana medieval no supo salir de la fase corporativa para entrar en la fase política, porque no supo liberarse por completo de la concepción medieval cosmopolita representada por el Papa, por el clero y también por los intelectuales laicos (humanistas), no supo crear un Estado autónomo permaneciendo en el cuadro medieval, feudal y cosmopolita.

Azzalini escribe que "basta la sola definición de Ulpiano y, mejor aún, sus ejemplos extraídos del Digesto para hacer aparecer la identidad extrínseca [¿y entonces?] del objeto de las dos ciencias. "Ius publicum ad statum rei (publicae) romance spectact. --Publicum, ius, in sacris, in sacerdotibus, in magistratibus consistit". "Se da por consiguiente una identidad de objeto en el derecho público y en la ciencia política, mas no sustancial, porque los criterios con los cuales una y otra ciencia consideran la misma materia son por completo diferentes. En efecto, diferentes son las esferas del orden jurídico y del orden político. Y en verdad, mientras la primera observa el organismo público bajo un punto de vista estático, como el producto natural de una determinada evolución histórica, la segunda observa aquel mismo organismo desde un punto de vista dinámico, como un producto que puede ser valorado en sus virtudes y en sus defectos y que, por consiguiente, debe ser modificado según las nuevas exigencias y las ulteriores evoluciones". Por ello se podría decir que "el orden jurídico es ontológico y analítico, ya que estudia y analiza las diversas instituciones públicas en su ser real", mientras que "el orden político es deontológico y crítico porque estudia los diferentes institutos no como son, sino cómo deberían ser, esto es con criterios de valoración y juicios de oportunidad que no son ni pueden ser jurídicos".

¡Y un tal monigote cree ser un admirador y un discípulo, o mejor aún, un perfeccionador de Maquiavelo!

De esto se deriva que a la identidad formal arriba descrita se opone una sustancial diversidad tan profunda y notable como para no consentir, quizás, el juicio expresado por uno de los máximos publicistas contemporáneos, que consideraba difícil, si no imposible, crear una ciencia política completamente diferente del derecho constitucional. A nosotros nos parece que el juicio expresado sólo es verdadero si se detiene en este punto el análisis del aspecto jurídico y del aspecto político, más no si se prosigue más allá, individualizando el campo ulterior que es de exclusiva competencia de la ciencia política. Esta última, en efecto, no se limita a estudiar la organización del Estado con un criterio deontológico y crítico y por ello diferente del usado por el mismo objeto del derecho público, sino que por el contrario amplía su esfera a un campo que le es propio, indagando las leyes que regulan el surgir, el devenir, el declinar de los Estados. Ni vale afirmar que tal estudio corresponde a la historia (!) entendida en un significado general (!), ya que admitiendo aún que sea investigación histórica la búsqueda de las causas, de los efectos, de los vínculos mutuos de interdependencia de las leyes naturales que gobiernan el ser y el devenir de los Estados, siempre será de pertinencia exclusivamente política, o sea no histórica ni jurídica, la búsqueda de los medios idóneos para presidir prácticamente la dirección política general. La función que Maquiavelo se comprometía a desarrollar y que sintetizaba diciendo "Discurriré acerca de cómo estos principados han de gobernarse y conservarse" (El Príncipe, cap. II), adquiere por su importancia intrínseca temática y por su especificación, no sólo validez para legitimar la autonomía de la política, sino también para consentir, al menos bajo al aspecto arriba delineado, una distinción también formal entre ella y el derecho público". ¡Y he aquí lo que entiende por autonomía de la política!

Pero -dice Azzalini- además de una ciencia existe un arte político. Existen hombres que traen o trajeron en la intuición personal la visión de las necesidades y de los intereses del país gobernado, que en la obra de gobierno ejecutaron en el mundo exterior la visión que traían. Con esto no queremos decir, por cierto, que la actividad intuitiva y por tal motivo artística sea la única y la prevaleciente en el hombre de Estado; sólo queremos decir que tal hombre, junto a las actividades prácticas, económicas y morales, debe subsistir también aquella actividad teórica arriba indicada, tanto bajo el aspecto subjetivo de la intuición como bajo el aspecto objetivo (!) de la expresión y que faltando tales requisitos, no puede existir el hombre de gobierno y tanto menos (!) el hombre de Estado, cuyo apogeo se caracteriza justamente por aquella inconquistable (!) facultad. En el campo político, por consiguiente, además del científico en quien prevalece la actividad teórico cognoscitiva, subsiste también el artista en quien prevalece la actividad teórico intuitiva. Con esto no se agota enteramente la esfera de acción del arte político, el cual, además de ser observado en relación al estadista que con las funciones prácticas de gobierno exterioriza la representación interna de lo intuido, puede ser valorada en relación al escritor que realiza en cl mundo exterior (!) la verdad política intuida no con actos de poder sino con obras y escritos que traducen dicha intuición. Este es el caso del hindú Kamandahi (siglo III d. C.), de Petrarca en el Trattatello pei carraresi, de Botero en la Ragion di Stato y, bajo ciertos aspectos, de Maquiavelo y de Mazzini".

Verdaderamente, una chapucería, digna de... Maquiavelo, pero en especial de Tittoni, director de la "Nuova Antologia". Azzalini no sabe orientarse ni en la filosofía ni en la ciencia de la política. Pero he querido tomar todas estas notas para desembrollar la intriga y tratar de lograr conceptos claros para mí.

Hay que desenredar, por ejemplo, el significado de "intuición" en la política y la expresión "arte" político. Recordar conjuntamente algunos elementos de Bergson: "La inteligencia no ofrece de la vida [la realidad en movimiento] más que una traducción en términos de inercia. Ella gira a su alrededor, tomando desde afuera la mayor cantidad posible de percepciones del objeto que toma en consideración, en lugar de penetrar en él. Pero en el interior mismo de la vida, nos conducirá la intuición y con esto entiendo decir el instinto devenido desinteresado". "Nuestro ojo percibe los rasgos del ser viviente, pero aproximados uno al otro, no organizados entre sí. La intención de la vida, el movimiento simple que corre a través de las líneas, que liga una con la otra y les da un significado, se le escapa; y es esta intención la que tiende a aferrar el artista colocándose en el interior del objeto con una especie de simpatía, superando con un esfuerzo de intuición la barrera que el espacio coloca entre él y el modelo. Es verdad, sin embargo, que la intuición estética sólo aferra lo individual". "La inteligencia está caracterizada por una incomprensibilidad natural de la vida, ya que ella representa claramente sólo lo discontinuo y la inmovilidad" [32].

32 BERGSON, L’évolution créatice, París, 1907, 1907, passim. (N. de la R.)

Existe por lo tanto una separación entre la intuición política y la intuición estética o lírica, o artística. Sólo en sentido metafórico se habla de arte político. La intuición política no se expresa en el artista sino en el "jefe" y se debe entender por "intuición" no el "conocimiento de lo individual" sino la rapidez para vincular hechos aparentemente extraños entre sí y para concebir los medios adecuados al objetivo de encontrar los intereses en juego y suscitar las pasiones de los hombres, orientando a estos hacia una acción determinada. La "expresión" del "jefe" es la "acción" (en sentido positivo o negativo, desencadenar una acción o impedir que ocurra una determinada acción, congruente o incongruente con el objetivo que se quiere alcanzar). Por otro lado, el "jefe" en política puede ser un individuo, pero también un cuerpo político más o menos numeroso. En este último caso la unidad de los intentos será lograda por un individuo o por un pequeño grupo interno y en el pequeño grupo por un individuo que puede cambiar en cada oportunidad, permaneciendo sin embargo el grupo unitario y coherente en su obra consecutiva.

Si hubiese que traducir al lenguaje político moderno la noción de "Príncipe" tal como aparece en el libro de Maquiavelo, tendrían que hacerse una serie de distinciones: "Príncipe" podría ser un jefe de Estado, un jefe de gobierno, pero también un jefe político que quisiese conquistar un Estado o fundar un nuevo tipo de Estado; en este sentido "Príncipe" podría traducirse en la lengua moderna como "partido político". En la realidad de cualquier Estado el "jefe del Estado", o sea, el elemento equilibrador de los diversos intereses en lucha contra el interés dominante, mas no exclusivista en sentido absoluto, es justamente el "partido político". Pero a diferencia del derecho constitucional tradicional, el partido político no reina ni gobierna jurídicamente; tiene el "poder de hecho", ejerce la función hegemónica y, por consiguiente, equilibradora de los diversos intereses en la "sociedad civil", la cual, sin embargo, está tan estrechamente entrelazada con la sociedad política que todos los ciudadanos sienten, en cambio, que el partido reina y gobierna. Sobre esta realidad en continuo movimiento no se puede crear un derecho constitucional del tipo tradicional, sino únicamente un sistema de principios que afirmen como fin del Estado su propio fin, su propio desaparecer, o sea, la reabsorción de la sociedad política en la sociedad civil.

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