Diletantismo y disciplina.

Necesidad de una crítica interna severa y rigurosa, sin convencionalismos y medias tintas. Existe una tendencia del materialismo histórico que inspira y favorece todas las malas tradiciones de la cultura media italiana y parece identificarse con algunos rasgos del carácter italiano, como son la improvisación, el "talentismo", la pereza fatalista, el diletantismo [afición] sin cerebro, la falta de disciplina intelectual, la irresponsabilidad y la deslealtad moral e intelectual. El materialismo histórico destruye toda una serie de prejuicios y convencionalismos, de falsos deberes, de obligaciones hipócritas, pero no por eso justifica caer en el escepticismo y en el cinismo snob [cursi]. El mismo resultado obtuvo el maquiavelismo por medio de una arbitraria extensión o confusión entre la "moral" política y la "moral" privada, es decir, entre la política y la ética; confusión que no existía por cierto en Maquiavelo ya que, por el contrario, la grandeza de Maquiavelo consiste en haber diferenciado la política de la ética. No puede existir asociación permanente y con capacidad de desarrollo que no esté sostenida por determinados principios éticos que la misma asociación impone a sus componentes individuales para lograr la integridad interna y la homogeneidad necesaria para alcanzar sus fines. No por esto esos principios carecen de caracteres universales. Sería así si la asociación tuviese un fin en sí misma, como en el caso de una secta o de una asociación delictuosa (sólo en ese caso me parece que se puede decir que la política y la ética se confunden, porque lo "particular" está elevado a "universal"). Pero una asociación normal se concibe a sí misma como una aristocracia, una élite, una vanguardia, es decir, como unida por millares de hilos a un grupo social determinado y por su intermedio a toda la humanidad. Por lo tanto esa asociación no se propone como algo definitivo y rígido sino que tiene la tendencia a ampliarse a todo un grupo social, que también se concibe con la tendencia a unificar toda la humanidad. Todas estas relaciones dan carácter tendencialmente universal a la ética de grupo que debe ser concebida como capaz de llegar a ser norma de conducta de toda la humanidad. La política se concibe como un proceso que desembocará en la moral, es decir, como tendiente a desembocar en una forma de convivencia en la que la política y la moral serán superadas. Desde este punto de vista historicista sólo puede explicarse la angustia de muchos ante el contraste de la moral privada y la moral pública-política: ella es un reflejo indudable y sentimentalmente acrítico de las contradicciones de la actual sociedad, vale decir, de la ausencia de igualdad de los sujetos morales.

Pero no se puede hablar de élite-aristocracia, vanguardia, como de una colectividad indistinta y caótica, en la que por la gracia de un misterioso espíritu santo o de otra misteriosa y metafísica deidad ignota descienda la gracia de la inteligencia, de la capacidad, de la educación, de la preparación técnica, etc., aunque este modo de pensar sea corriente. Refleja en pequeño lo que sucedía en escala nacional cuando el Estado se entendía como algo abstracto en la colectividad de los ciudadanos, como un padre eterno que había pensado en todo, previsto todo, etc.; de ahí la ausencia de una democracia real, de una real voluntad colectiva y nacional y, consecuentemente, ante la pasividad de los individuos, la necesidad de un despotismo más o menos encubierto de la burocracia. La colectividad debe entenderse como producto de una elaboración de la voluntad y del pensamiento colectivo, que se alcanza mediante el esfuerzo individual concreto, y no por un proceso fatal ajeno a los individuos: de ahí surge la obligación de la disciplina interior y no sólo de la externa y mecánica. Si debe haber polémicas y divisiones, no hay que tener miedo de afrontarlas y superarlas: son inevitables en estos procesos de desarrollo, y evitarlas significa postergarlas justamente para cuando pueden ser peligrosas o decididamente catastróficas, etc.

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