Política e ideologías políticas.

Hay que criticar la ubicación que Croce hace de la ciencia política. La política, según Croce, es la expresión de la "pasión". A propósito de Sorel ha escrito Croce (Cultura y vida moral, 2da. ed., p. 158) : "El sentimiento de escisión no lo había asegurado (al sindicalismo) suficientemente, quizá porque una escisión teorizada es una escisión superada; tampoco el 'mito' lo enardecía suficientemente, quizá porque Sorel, en el acto mismo de crearlo, lo había disipado, dando él una explicación doctrinaria". Pero Croce no se ha dado cuenta de que las observaciones hechas a Sorel pueden volverse contra Croce mismo: la pasión teorizada no es también superada? La pasión de la cual se da una explicación doctrinaria, ¿no es también "disipada'?

Y no se diga que la "pasión" de Croce es cosa distinta del "mito" soreliano, que la pasión significa la categoría, el momento espiritual de la práctica, mientras que el mito es una determinada pasión que, como históricamente determinada, puede ser superada y disipada sin que por ello se aniquile la categoría que es, un momento perenne del espíritu. La objeción es válida sólo en el sentido de que Croce no es Sorel, cosa obvia y trivial. Entretanto, debe observarse hasta qué punto la interpretación de Croce es intelectualista, e iluminista. Puesto que el mito concretamente estudiado por Sorel tampoco era una cosa que se hallaba en el papel, construcción arbitraria del intelecto soreliano, éste no podía ser disipado por cualquier paginita doctrinal, conocida por restringidos grupos de intelectuales, que luego difunden la teoría como prueba científica de la verdad científica del mito tal como ingenuamente apasionaba a las grandes masas populares. Si la teoría de Croce fuese real, la ciencia política debería ser solamente una nueva "medicina" de las pasiones, y no puede negarse que una gran parte de los artículos políticos de Croce son precisamente una intelectualista e iluminista medicina de las pasiones; igualmente, termina por ser cómica la seguridad de Croce de que ha destruido vastos movimientos históricos en la realidad porque cree haberlos "superado y disuelto" en idea.

Pero en la realidad tampoco es cierto que Sorel haya sólo teorizado y explicado doctrinariamente un determinado mito; la teoría de los mitos es para Sorel el principio científico de la ciencia política, es la "pasión" de Croce estudiada de manera más concreta, es lo que Croce llama "religión", es decir, una concepción del mundo con una ética conforme a ella, una tentativa de reducir a lenguaje científico la concepción de las ideologías de la filosofía de la praxis, vista a través del revisionismo crociano. En este estudio del mito como sustancia de la acción política, Sorel ha estudiado también difusamente el mito determinado que se halla en la base de cierta realidad social y era un resorte del progreso. Su análisis tiene, por ello, dos aspectos: uno puramente teórico, de ciencia política, y un aspecto político inmediato, programático. Es posible, aun cuando muy discutible, que el aspecto político y programático del sorelismo haya sido superado y disipado; hoy se puede decir que éste ha sido superado en el sentido de que se ha integrado y depurado de todos los elementos intelectualistas y literarios, pero también se puede decir hoy que Sorel había trabajado sobre la realidad efectiva y que tal realidad no ha sido superada ni disipada.

Que Croce no ha salido de estas contradicciones y que, en parte, no tenga conciencia de ello, se comprende por su actitud hacia los "partidos políticos", como aparece en el capítulo "El partido como juicio y prejuicio", del volumen Cultura y vida moral, y de lo que se dice en los Elementos de política respecto de los partidos políticos, siendo este último más significativo aún. Croce reduce el acto político a la actividad de los "jefes de partido" individualmente considerados, los cuales, para satisfacer su pasión se construyen en los partidos los instrumentos del triunfo (así pues, la medicina de las pasiones bastaría aplicarla a pocos individuos). Pero con ello nada se explica. Se trata de lo siguiente: los partidos han existido siempre, permanentemente, si bien bajo otras formas y nombres, y una pasión permanente es un contrasentido (sólo por metáfora se habla de locos razonadores, etc.); es más, siempre ha existido una organización militar permanente, la cual educa para realizar con sangre fría, sin pasión, el acto práctico más extremo: la muerte de otros hombres que no son particularmente odiados por cada cual, etc. Por lo demás, el ejército es el actor político por excelencia, incluso en tiempo de paz. ¿Cómo hacer concordar la pasión con la permanencia en el orden y la disciplina sistemática, etc.? La voluntad política debe tener algún otro resorte de la pasión, un resorte también permanente, ordenado, disciplinado, etc. No está dicho que la lucha política, como la lucha militar, se resuelva siempre sangrientamente, con sacrificios de personas que lleven hasta el sacrificio supremo de la vida. La diplomacia es aquella forma de lucha política internacional (y no está dicho que no exista también una diplomacia para las luchas nacionales entre los partidos) que influye para obtener victorias (que no son siempre de poca monta) sin verter sangre, sin guerra. La sola comparación "abstracta" entre las fuerzas militares y políticas (alianzas, etc.) de dos Estados rivales convence al más débil que debe hacer concesiones. He aquí un caso de "pasión" amaestrada y razonable. En el caso de los jefes y de los militantes de filas, ocurre que los jefes y grupos dirigentes suscitan las pasiones de las muchedumbres y las conducen artificialmente a la lucha y a la guerra; pero en este caso la causa y la sustancia de la política no es la pasión, sino la conducta de los jefes que se mantienen fríamente razonadores. La última guerra mostró que no fue la pasión lo que mantuvo a las masas militares en las trincheras, sino el terror de los tribunales militares o un sentido del deber fríamente razonado y reflexivo.

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