VI. Apuntes misceláneos.

Historia de la terminología y de la metáfora.

La expresión tradicional de que la "anatomía" de la sociedad está constituida por la "economía" es una simple metáfora tomada de las discusiones habidas en torno a las ciencias naturales y a la clasificación de las especies animales, clasificaciones que entraron en su fase "científica" cuando se comenzó a partir de la anatomía y no de caracteres secundarios y accidentales. La metáfora estaba justificada también por su "popularidad", puesto que ofrecía a un público no refinado intelectualmente un esquema de fácil comprensión (de este hecho no se toma casi nunca debida cuenta: que la filosofía de la praxis, proponiéndose reformar intelectual y moralmente a estratos sociales culturalmente atrasados, recurre a veces a metáforas "groseras y violentas" en su popularidad). El estudio del origen lingüístico-cultural de una metáfora empleada para indicar un concepto o una relación recientemente descubierta, puede ayudar a comprender mejor el concepto mismo, en cuanto éste es relacionado con el mundo cultural, históricamente determinado, del que ha surgido; de la misma manera que es útil para precisar el límite de la propia metáfora, es decir, para impedir que se materialice y se mecanice. Las ciencias experimentales y naturales han sido, en cierta época, un "modelo", un "tipo"; y puesto que las ciencias sociales (la política y la historiografía) buscaban un fundamento objetivo y científicamente adaptado a lograr para sí mismas la seguridad y energía de las ciencias naturales, es fácil comprender que hayan recurrido a éstas para crearse un lenguaje.

Por otra parte, desde este punto de vista, es necesario distinguir entre ambos fundadores de la filosofía de la praxis, cuyo lenguaje no tiene el mismo origen cultural y cuyas metáforas reflejan intereses distintos. Otro aspecto "lingüístico" está vinculado al desarrollo de las ciencias jurídicas. Se dice en la introducción a la Crítica de la economía política que "no se puede juzgar una época histórica por lo que ésta piensa de sí misma", es decir, por el conjunto de sus ideologías. Este principio debe vincularse a otro principio casi contemporáneo por el cual un juez no debe juzgar al acusado por lo que éste piensa de sí mismo, de sus propios actos. u omisiones (si bien ello no significa que la nueva historiografía sea concebida como una actividad tribunalicia), principio que ha llevado a la radical reforma de los métodos procesales, contribuido a la abolición de la tortura y dado a la actividad judicial y penal una base moderna.

A este mismo orden de observaciones pertenece la otra cuestión vinculada al hecho de que las superestructuras son consideradas débiles y perecederas "apariencias". También en este "juicio" debe verse más un reflejo de las discusiones nacidas en el terreno de las ciencias naturales (de la zoología y la clasificación de las especies; del descubrimiento de que la "anatomía" debe ser colocada en la base de las clasificaciones), que un derivado coherente del materialismo metafísico, para. el cual los hechos espirituales son mera apariencia "irreal", "ilusoria", de los hechos corporales. A este origen históricamente cierto del "juicio" se ha venido, en parte superponiendo y en parte sustituyendo, algo que se puede llamar una mera "actitud psicológica" sin significado de "cognoscitivo o filosófico", como no es difícil de demostrar, en la cual el contenido teórico es escasísimo (o indirecto, y quizá se limita a un acto de voluntad que, en cuanto universal, tiene un valor filosófico y cognoscitivo implícito), y en la cual predomina la inmediata pasión polémica, no sólo contra una exagerada y deformada afirmación en sentido inverso (de que sólo lo "espiritual" es real), sino también contra la "organización" político-cultural de la cual esta teoría es expresión. Que la afirmación de la "apariencia" de las superestructuras no es un acto filosófico de conocimiento, sino sólo un acto práctico de polémica política, resulta del hecho concreto que ello no es afirmado como "universal" sino para determinadas superestructuras. Se puede observar, colocando el problema en términos individuales, que quien es escéptico en relación al "desinterés" de los demás, pero no en relación al "desinterés" de sí mismo, no es filosóficamente "escéptico", sino que plantea un problema de "historia individual concreta". El escepticismo sería tal, es decir: un acto filosófico, si el escéptico dudase de sí mismo, y, por consiguiente, de su propia capacidad filosófica. Y es evidente que el escéptico, al filosofar para negar la filosofía, en realidad la exalta y la afirma. En el caso dado, la afirmación de la "apariencia" de las superestructuras significa sólo la afirmación de que una determinada "estructura" está condenada a perecer y debe ser destruida; y el problema que replantea es de si esta afirmación lo es de pocos o de muchos, si ya es o si está por convertirse en una fuerza histórica decisiva, o si es puramente la opinión aislada (o aislable) de algún fanático obsesionado por ideas fijas.

La actitud "psicológica" que sustancia la afirmación de la "apariencia' de las superestructuras podría ser parangonada con la actitud que se ha verificado en ciertas épocas (¡también "materialistas" y "naturalistas"¡) hacia la "mujer" y el "amor". Se veía a una graciosa jovencita, llena de los atributos físicos que tradicionalmente despiertan la idea de la "amabilidad". El hombre "práctico" valoraba su estructura "esquelética", la amplitud de las "caderas", buscaba conocer a su madre y a su abuela, para verificar qué probable proceso de deformación hereditaria podría sufrir la jovencita con los años y tener, así, la posibilidad de prever qué "esposa" será la suya luego de diez, veinte, treinta años. El jovencito "satánico", ateniéndose al pesimismo ultrarrealista, habría observado a la jovencita con ojos inexorables; la consideraría "en realidad" una pura bolsa de podredumbre, la imaginaría ya muerta y enterrada, con los "órbitas hediondas y vacías", etc., etc. Parece que esta actitud psicológica es propia de la edad que sigue a la pubertad, ligada a las primeras experiencias, a las primeras reflexiones, a los primeros desengaños, etc. Sin embargo, es superada por la vida y una "determinada" mujer no suscitará ya tales pensamientos.

En el juicio sobre la "apariencia" de las superestructuras hay un hecho del mismo género: un "desengaño", un seudopesimismo, etc., que desaparece de golpe cuando se ha conquistado el Estado y las superestructuras son las del mundo intelectual y moral al que se pertenece. Y, en verdad, estas dos desviaciones de la filosofía de la praxis están en gran parte vinculadas a grupos de intelectuales socialmente "vagabundos", desencantados, etc., que andan a la deriva pero que están prontos a anclar en cualquier buen puerto.

Cfr. Cuaderno 8 (XVIII)

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