Sorel, Proudhon, De Man.

La Nueva Antología del 1ero. de diciembre de 1928 ha publicado un largo ensayo (desde la página 289 hasta la 307) de Jorge Sorel con el título Ultimas meditaciones (Escrito póstumo inédito). Se trata de un escrito de 1920 que debía servir de prefacio a una selección de artículos publicados por Sorel en diarios italianos de 1910 a 1921.*

* La selección ha sido hecha por la casa Editora Corbaccio, de Milán, bajo el cuidado de M. Missiroli, con el título Europa bajo la tormenta, quizá con criterio muy distinto al que se hubiese aplicado en 1920, cuando fue escrito el prefacio. Sería útil ver si en el volumen están reproducidos algunos artículos como el dedicado a Fiat y algunos otros. El escrito de Sorel publicado por la Nueva Antología no ha sido reproducido en el volumen, aun cuando fuera anunciado como escrito dc Sorel a modo de prefacio. La elección de los artículos reproducidos no daba lugar a la impresión de dicho prefacio, que nada tiene que ver con el contenido del libro. Parece evidente que Missiroli no se ha atenido a las indicaciones que debió haberle dado Sorel para compilar la selección, indicaciones que se pueden recabar dcl "prefacio" descartado. La selección ha sido hecha ad usum del phini, teniendo en cuenta solamente una de las tantas direcciones del pensamiento soreliano, que no se puede concebir que el autor juzgase la más importante, porque si así fuera, el "prefacio" hubiese tenido otro tono. La selección es precedida por un prefacio de Missiroli, un prefacio unilateral y que se halla en estridente contraste con el prefacio censurado, del cual, poco lealmente, no se hace mención.

El retraso de la publicación del libro no es independiente de las oscilaciones que en Italia ha tenido la resonancia de Sorel *--debido a una serie de equívocos más o menos desinteresados-- y que ha decaído mucho: existe ya una literatura antisoreliana. El ensayo publicado por la Nueva Antología resume todos los méritos y todas las debilidades de Sorel: es tortuoso, convulsivo, incoherente, superficial, sibilino [Sibila, mujer sabia profeta], etc.; pero da o sugiere puntos de vista originales, halla nexos impensados pero verdaderos, obliga a pensar y a profundizar.

*Georges Sorel, 1847-1922, sociólogo francés, agudo crítico del marxismo y la democracia parlamentaria, abogó por la implantación del socialismo mediante una revolución violencia: Reflexiones sobre la violencia (1908).

¿Cuál es el significado de este ensayo? Se deduce claramente de todo el artículo, que fue escrito en 1920, siendo una patente falsificación la notita introductiva de la Nueva Antología (debida quizás al mismo Missiroli, de cuya lealtad intelectual sería bueno no fiarse), que concluye con estas palabras: "...escritor que asignó a la Italia de posguerra el primado político e intelectual en Europa." ¿A qué Italia? Algo podría decir al respecto, explícitamente, Missiroli, o podría hallarse en las cartas de Sorel a Missiroli (cartas que deberían ser publicadas, según ha sido anunciado, pero que no lo serán o no lo serán íntegramente), pero también se puede deducir de numerosos artículos de Sorel. De este ensayo es útil --para recordarlos-- anotar algunos motivos, teniendo presente que todo el ensayo es muy importante para comprender a Sorel y su actitud en la posguerra: a) Bernstein ha sostenido [Socialismo teórico y socialdemocracia práctica, trad. francesa, pp. 53 y 54] que un respeto supersticioso por la dialéctica hegeliana ha conducido a Marx a preferir, a las construcciones de los utopistas, tesis revolucionarias bastante próximas a la tradición jacobina, babeuvista o blanquista; no se comprende, entonces, por qué no se habla nunca de la literatura babeuvista en el Manifiesto que, indudablemente, era conocida por Marx. Andler [Vol. II de su ed. del Manifiesto, p. 191] considera que Marx hace una alusión llena de desprecio hacia la Conjuración de los Iguales, cuando habla del ascetismo universal y grosero propio de las más antiguas reivindicaciones proletarias posteriores a la Revolución Francesa. b) Parece que Marx no se ha podido liberar completamente de la idea hegeliana de la historia, según la cual se suceden en la humanidad diversas eras, siguiendo el orden del desarrollo del espíritu, que busca alcanzar la realización perfecta de la razón universal. A la doctrina de su maestro agrega la de la lucha de clases: si bien los hombres no conocen más que las guerras civiles, a las que son impelidos por sus intereses económicos, cooperan inconscientemente en la realización de una obra que sólo el metafísico supone. Esta hipótesis de Sorel es muy aventurada y él no la justifica; pero evidentemente la toma muy a pecho, sea por su exaltación de Rusia, sea por su previsión de la función civil de Italia.* Según Sorel, "Marx tenía una fe tan grande en la subordinación de la historia a las leyes del desarrollo del espíritu, que enseñó que luego de la caída del capitalismo, la evolución hacia el comunismo perfecto se produciría sin ser provocada por una lucha de clases (Carta sobre el programa de Gotha). Parece que Marx había creído, como Hegel, que los diversos momentos de la evolución se manifiestan en diversos países, cada uno de los cuales se halla especialmente adaptado a cada uno de dichos momentos [Ver el prefacio del 21 de enero de 1882 a una traducción rusa del Manifiesto]

* Es de señalarse, a propósito de esta aproximación Rusia-Italia, la actitud de D'Annunzio, en una época casi coincidente, en los manuscritos hechos circular en la primavera de 1920. ¿Conoció Sorel esta actitud dannunziana? Solamente Missiroli podría dar la respuesta.

No ha hecho tampoco una exposición explícita de su doctrina; así muchos marxistas están persuadidos de que todas las fases de la evolución se dan en la misma forma en casi todos los pueblos modernos. Estos marxistas son demasiado poco hegelianos. c) El problema: ¿antes o después del 48? Sorel no entiende el significado de este problema, a pesar de la literatura existente al respecto (incluso de librería de viejo) y señala el "curioso" (sic) cambio que se produce en el espíritu de Marx a fines de 1850: en marzo había firmado un manifiesto de los revolucionarios refugiados en Londres, en el cual se había trazado el programa de una agitación revolucionaria a emprender con vistas a una nueva y próxima conmoción social, que Bernstein halla digno de un novel revolucionario de club [Socialismo teórico, etc. p. 51], en tanto que después se convence que la revolución, nacida de la crisis del 47, terminaba con esa crisis. Ahora bien; los años posteriores al 48 fueron de una prosperidad sin igual: faltaba para la revolución proyectada la primera de las condiciones necesarias: un proletariado reducido al ocio y dispuesto a combatir (cfr. Andler, I, pp. 55-56, ¿pero de qué edición?). De esta manera habría nacido en los marxistas la concepción de la miseria creciente, que habría debido servir para asustar a los obreros e inducirlos a combatir, en vista de un empeoramiento probable, incluso en una situación próspera. (Explicación infantil y contradicha por los hechos, aun cuando es cierto que la teoría de la miseria creciente se ha convertido en un instrumento de ese género, un argumento de inmediata persuasión. Por otra parte, ¿se trató de un arbitrio? Sobre el tiempo en que nació la teoría de la miseria creciente, véase la publicación de Roberto Michels). d) Sobre Proudhon: "Proudhon pertenecía a aquella parte de la burguesía que se hallaba más cerca al proletariado; por ello los marxistas pudieron acusarlo de ser un burgués, mientras que los escritores más sagaces lo consideran un admirable prototipo de nuestros campesinos y artesanos (es decir, de los franceses) (cfr. Daniel Halévy, en los Débats del 3 de enero de 1913)".

Este juicio de Sorel puede ser aceptado. He aquí cómo explica Sorel la mentalidad jurídica de Proudhon: "En razón de la modestia de sus recursos, los campesinos, los propietarios de los más pequeños talleres, los pequeños comerciantes, se ven obligados a defender ásperamente sus intereses ante los tribunales. Un socialismo que se proponga proteger a las clases colocadas en los escalones más bajos de la economía está naturalmente destinado a dar una gran importancia a la seguridad del derecho; y una tendencia de esa índole es particularmente fuerte en los escritores que, como Proudhon, tienen la cabeza llena de recuerdos de la vida del campo." Y da todavía otros motivos para reforzar este análisis, que no convence del todo: la mentalidad jurídica de Proudhon está vinculada a su antijacobinismo, a los recuerdos literarios de la Revolución Francesa y del antiguo régimen que se supone llevó a la explosión jacobina por la arbitrariedad de la justicia: la mentalidad jurídica es la sustancia del reformismo pequeño-burgués de Proudhon y sus orígenes sociales han contribuido a formarla por medio de otro y "más alto" nexo de conceptos y de sentimientos: en este análisis Sorel se confunde con la mentalidad de los ortodoxos, tan despreciados por él. Lo extraño es que Sorel, teniendo tal convicción sobre la tendencia social de Proudhon, lo exalte y lo proponga como modelo o fuente de principios para el proletariado moderno. Si la mentalidad jurídica de Proudhon tiene dicho origen, ¿por qué los obreros deberían ocuparse del problema de un "nuevo derecho", de una "seguridad de derecho", etc.?

En este punto se tiene la impresión de que el ensayo de Sorel ha sido mutilado y que le falta, precisamente, una parte dedicada al movimiento italiano de las fábricas: del texto publicado es posible imaginar que Sorel haya encontrado en el movimiento de las comisiones internas que luchan para controlar los reglamentos internos de fábrica y, en general, la "legislación" interna de fábrica que dependía únicamente del arbitrio incontrolado de los empresarios, el equivalente de las exigencias que Proudhon tenía para los campesinos y artesanos. El ensayo, tal como está publicado, es incoherente e incompleto; su conclusión, en lo que respecta a Italia ("Muchas razones me habían conducido, desde hace tiempo, a suponer que aquello que un hegeliano llama Weltgeist [espíritu mundial], aguarda hoy a Italia.. Gracias a Italia la luz de los nuevos tiempos no se extinguirá"), carece de toda demostración, ni siquiera mediante alusiones o esbozos, al modo de Sorel. En la última nota hay una indicación sobre los consejos de obreros y campesinos en Alemania, a los que "yo considero conformes al espíritu proudhoniano" y una remisión a los Materiales para una teoría, etc. (pp. 164 y 394). Sería interesante saber si el ensayo ha sido verdaderamente mutilado, y por quién: si por Missiroli u otros.

Nota I. No se puede entender a Sorel como figura de "intelectual revolucionario" si no se piensa en la Francia de después de 1870, como no se puede comprender a Proudhon sin el "pánico antijacobino" de la época de la Restauración. Los años 70 y 71 vieron en Francia dos terribles derrotas: la nacional, que pesó sobre los intelectuales burgueses, y la derrota popular, que pesó sobre los intelectuales revolucionarios. La primera creó tipos como Clemenceau, quintaesencia del jacobinismo nacionalista francés; la segunda creó el antijacobinismo de Sorel y el movimiento sindicalista "antipolítico". El curioso antijacobinismo de Sorel, sectario, mezquino, antihistórico, es una consecuencia de la sangría popular de 1871; * ello arroja una curiosa luz sobre las Reflexiones sobre la violencia. La sangría de 1871 cortó el cordón umbilical entre el "nuevo pueblo" y la tradición del 93. Sorel habría querido ser el representante de esta ruptura entre pueblo y jacobinismo histórico, pero no lo logró.

* Véase al respecto la "Lettre à M. Daniel Halévy", en el Mouvement Socialiste, 16 de agosto y 15 de septiembre de 1907.

Nota II. Los escritos de posguerra de Sorel tienen cierta importancia pala la historia de la cultura occidental. Sorel atribuye al pensamiento de Proudhon una serie de instituciones y actitudes ideológicas de este período. ¿Por qué ha podido hacer esto Sorel? ¿Es absolutamente arbitrario este juicio suyo? Y dada la agudeza de Sorel como historiador de las ideas, que excluye, por lo menos en gran parte, tal arbitrariedad, ¿de qué experiencias culturales ha partido? ¿Y no es todo ello importante para emitir un juicio de conjunto sobre la obra de Sorel? Es verdad que resulta necesario volver a estudiar a Sorel para encontrar por debajo de las incrustaciones metidas en su pensamiento por admiradores diletantes e intelectuales, lo que es esencial y permanente. Es necesario tener presente que se ha exagerado mucho en cuanto a la "austeridad" y la "seriedad" moral e intelectual de Sorel: del epistolario con Croce resulta que no siempre vencía los estímulos de la vanidad; ello se deduce, por ejemplo, del tono embarazado de la carta en la cual quiere explicar a Croce su adhesión (titubeante y aún platónica) al Círculo Proudhon de Valois y su coqueteo con los elementos jóvenes de la tendencia monárquica y clerical. Es más: había mucho diletantismo, mucho "no empeñarse nunca a fondo" y, por lo tanto, mucha intrínseca irresponsabilidad en las actitudes "políticas" de Sorel, que no eran jamás francamente políticas, sino "cultural-políticas", "intelectual-políticas", au dessus de la mêlée [al final de la partida]. También a Sorel podrían aplicársele muchas acusaciones similares a las contenidas en el opúsculo de uno de sus discípulos: Los crímenes de los intelectuales. El mismo era un intelectual "puro" y por ello debería separarse, mediante un análisis cuidadoso, lo que hay en sus obras de superficial, brillante, accesorio, ligado a las contingencias de la polémica extemporánea, y lo que hay de "palpitante" y sustancioso, para hacerlo entrar, así definido, en el círculo de la cultura moderna.

Nota III. En 1929, después de la publicación de una carta en la que Sorel hablaba de Oberdán, se multiplicaron los artículos de protesta por algunas expresiones usadas por Sorel en sus cartas a Croce, y Sorel fue "mutilado", (particularmente violento fue un artículo de Arturo Stanghellini publicado en Italia Letteraria de aquellos días). El epistolario fue interrumpido en el número siguiente de la "crítica", y retomado, sin indicación alguna respecto del incidente, pero con algunas novedades: ciertos nombres fueron publicados sólo con iniciales y se tuvo la impresión de que algunas cartas no habían sido publicadas o que fueron expurgadas ["purificadas"]. Desde ese momento comienza en cl periodismo una nueva valoración de Sorel y de sus relaciones con Italia.

En ciertos sentidos Sorel puede ser colocado al lado de De Man.* ¡Pero qué diferencia entre ambos! De Man se embrolla absurdamente en la historia de las ideas y se deja deslumbrar por las apariencias superficiales; si algo se puede reprochar a Sorel, es precisamente de lo contrario, de analizar demasiado minuciosamente lo sustancial de las ideas y de perder a menudo el sentido de las proporciones. Sorel halla que una serie de acontecimientos de posguerra son de carácter proudhoniano; Croce encuentra que De Man señala un retomo a Proudhon, pero De Man, típicamente, no comprende los acontecimientos de posguerra indicados por Sorel. Para Sorel es proudhoniano lo que es "espontánea creación del pueblo", y "ortodoxo" lo que es de origen burocrático, porque siempre tiene por delante la obsesión, por una parte, de la burocracia de la organización alemana, y por la otra, del jacobinismo, fenómenos ambos de centralización mecánica, con la palanca de comando en manos de una pandilla de funcionarios. De Man es, en realidad, un ejemplar pedantesco de la burocracia laborista belga: todo es pedantesco en él, incluso el entusiasmo. Cree haber hecho descubrimientos grandiosos porque repite con un formulario "científico" la descripción de una serie de hechos más o menos individuales: es una típica manifestación de positivismo, que duplica el hecho, describiéndolo y generalizándolo en una fórmula, y después de la formulación del hecho establece la ley del hecho mismo. Para Sorel, como aparece en el Ensayo publicado por la Nueva Antología, lo que cuenta en Proudhon es la orientación psicológica, no ya la concreta actitud práctica, sobre la cual, en verdad, Sorel no se pronuncia explícitamente: esta orientación psicológica consiste en "confundirse" con los sentimientos populares (campesinos y artesanos) que brotan concretamente de la situación real en la cual se halla el pueblo debido a los ordenamientos económico-estatales, en "sumergirse" en ellos para comprenderlos y expresarlos en forma jurídico-racional; esta o aquella interpretación, o incluso el conjunto de ellas, pueden ser erradas o caprichosas y ridículas por añadidura, pero la actitud general es la más productiva de consecuencias apreciables. La actitud de De Man,, en cambio, es "científica": se inclina hacia el pueblo, no para comprenderlo desinteresadamente, sino para "teorizar" sus sentimientos, para construir esquemas seudocientíficos; no para colocarse al unísono y extraer principios jurídico-educativos, sino como el zoólogo observa el mundo de los insectos, como Maeterlinck observa las abejas y las hormigas.

* Henri de Man, 1886-1953, político belga, socialista no marxista, propuso la unión de los trabajadores, desocupados y las clases medias para lograr una nacionalización del crédito, después de la II Guerra Mundial fue condenado a 20 años por haberse mantenido fiel a Leopoldo III en 1940.

De Man tiene la pedantesca pretensión de llevar a la luz y al primer plano los llamados "valores psicológicos y éticos" del movimiento obrero. ¿Pero puede ello significar una refutación perentoria y radical de la filosofía de la praxis, como pretende De Man? Sería como decir que llevar a la luz el hecho de que la gran mayoría de los hombres se halla aún en la fase tolemaica [Tolomeo: la tierra centro del universo] significa refutar la doctrina copernicana, o que el folklore debe sustituir a la ciencia. La filosofía de la praxis sostiene que los hombres adquieren conciencia de su posición social en el terreno de la ideología. ¿Ha excluido, acaso, al pueblo de esta manera de tomar conciencia de sí? Pero es observación obvia que el mundo de las ideologías (en su conjunto) está más atrasado que las relaciones técnicas de producción. Un negro recién llegado de África puede llegar a ser un dependiente de Ford, aún manteniéndose fetichista por mucho tiempo y sintiéndose persuadido de que la antropofagia es un modo normal y justificado de alimentación. Hecha una encuesta al respecto, ¿qué conclusiones sacaría De Man? Que la filosofía de la praxis deba estudiar objetivamente lo que los hombres piensan de sí mismos y de los demás, está fuera de duda. ¿Pero debe aceptar tranquilamente, como eterno, este modo de pensar? ¿No sería éste el peor de los mecanismos y fatalismos? Tarea de toda iniciativa histórica es modificar las fases culturales precedentes, tornar homogénea la cultura en un nivel superior al precedente, etc. En realidad, la filosofía de la praxis ha trabajado siempre en el terreno que De Man cree haber descubierto, pero ha trabajado en él para renovar y no para conservar estáticamente. El "descubrimiento" de De Man es un lugar común y su refutación es una rumia [digestión herbívora] de poco sabor.

Con este "conservadorismo" se explica el discreto éxito de De Man en Italia por lo menos en ciertos ambientes ( especialmente en el ambiente crociano, revisionista y católico). Del libro principal de De Man, Croce escribió un anuncio en la Critica de 1928. De Ruggiero escribió una crítica en la Critica de 1929; Civilità Cattolica y Leonardo, críticas en 1929; G. Zibordi esbozó algo en su librito sobre Prampoliní; la casa Laterza hizo un anuncio de edición muy elogioso a propósito de la traducción de Schiavi, y éste habló del libro, en el prólogo, como de una gran cosa. I Problemi del Lavoro, que reproduce las tesis finales que no trae la traducción de Schiavi; publicó artículos de adhesión. Italia Letteraria del 11 de agosto de 1929 publicó una crítica de Humberto Barbaro. Escribe Barbaro: " ... una crítica del marxismo que, si bien se vale de las 'revisiones' precedentes, de carácter económico, en definitiva se halla fundada en un problema táctico (sic) relativo a la psicología de las masas obreras." "De las muchas tentativas de ir au-delà [más allá] del marxismo (el traductor, el conocido abogado Schiavi, modifica un poco el título, poniendo 'superación', en sentido crociano y muy justificadamente [!], por otra parte, dado que De Man mismo considera la suya como una posición de antítesis necesaria para una síntesis superior), ésta no es ciertamente una de las más poderosas ni mucho menos de las más sistemáticas; y ello porque la crítica se basa predominantemente en la seudo ciencia misteriosa y evasiva, aun cuando fascinante, que es la psicología. En relación con 'movimiento', este libro es más bien derrotista y a veces proporciona argumentos a las tendencias que quiere combatir: el fascismo, por un grupo de observaciones sobre los estados afectivos y los 'complejos' (en sentido freudiano) de los obreros, de los que derivan ideas de 'alegría del trabaja' y 'artesanado'; y al comunismo y al fascismo juntos por la escasa eficacia de los argumentos en defensa de la democracia y del reformismo."

Crítica de Paolo Milano en el I.C.S. de septiembre de 1929. Milano distingue en la obra de De Man dos aportes: la masa de observaciones psicológicas sobre las fases de desarrollo, las desviaciones, las reacciones contradictorias del movimiento obrero y socialista en los años recientes, una sagaz colección de datos y documentos sociales; en suma: el análisis de la evolución reformista de las masas obreras, de un lado, y de los grupos patronales, del otro, es rico y satisfactorio y la discusión teórica de ese análisis debería producir la "superación del marxismo" (exactamente, para De Man, el "repudio" del marxismo). Para De Man, la filosofía de la praxis, que es en su fondo mecanicista y racionalista (!), se halla superada por las investigaciones recientes, que han asignado a las concatenaciones racionales solamente un lugar, en modo alguno el más considerable, en la serie de los movimientos de los actos humanos. A la reacción mecánica (!) de la dialéctica marxista, la ciencia moderna (!) la ha sustituido victoriosamente (!) por una reacción psicológica cuya intensidad no es proporcional (?) a la causa actuante. Para Milano: "Está claro ahora que cualquier crítica a la concepción marxista de la historia conduce automáticamente a considerar el contraste entre interpretación materialista e interpretación idealista y a asignar, esencialmente, una prioridad al ser o al conocer." De Man ha eludido este problema o, mejor dicho, se ha detenido en la mitad del camino, declarándose partidario de una concepción de los hechos humanos como generados por "motivos psicológicos" y "complejos" sociales, es decir que De Man se halla influido por la psicología freudiana, sobre todo a través de las aplicaciones a las doctrinas sociales, intentadas por Adler. Observa Milano: "Se sabe, además, cuán frágil terreno es la psicología en las investigaciones históricas, tanto más equívoco en las indagaciones del tipo de las que hablamos. Los fenómenos psicológicos se prestan a veces a ser considerados como tendencias volitivas o como hechos materiales; entre estas interpretaciones opuestas oscila De Man: de ahí que evite tomar posición en el punto crucial de la contradicción. Un lector sagaz juzgará que el origen del trabajo de De Man es preferentemente psicológico: nacido de una crisis de desconfianza y de la comprobación de la insuficiencia de las doctrinas marxistas integrales para explicar los fenómenos que se habían ofrecido al autor durante su menudo trabajo político. No obstante las óptimas intenciones, el tenor del libro no supera esta documentada y movida comprobación, ni logra una refutación teórica en el plano adecuado y con el vigor 'necesario'". Y concluye: "Una nueva prueba la proporciona el último capítulo, en el cual el trabajo pretende concluir con la recomendación de una conducta política práctica. De Man, evitando igualmente los dos extremos de una táctica de toma del poder y de un apostolado exclusivamente idealista, aconseja una educación genérica de las masas, y con ello se coloca fuera del socialismo, al cual, sin embargo, se había declarado fiel e iluminado partidario en toda la obra."

En la Civiltà Cattolica del 7 de septiembre de 1929, en el artículo "Por la paz social" (del padre Brucculeri), que comenta el famoso laudo emitido por la Congregación del Concilio en el conflicto entre los obreros industriales católicos de la región Roubaix-Tourcoing, se lee el siguiente pasaje: "El marxismo --como lo demuestra en sus más bellas páginas De Man-- ha sido una corriente materializadora del mundo obrero moderno". Es decir: las páginas de De Man son bellas, pero algunas son más bellas aún. (Dada esta actitud de los católicos hacia la tendencia de De Man, se explica que Giuseppe Prezzolini, comentando en el Pegaso de octubre de 1930 el volumen de Philip sobre el Movimiento obrero norteamericano, califique a Philip de "demócrata cristiano" aunque del libro no surja ni se justifique tal calificación). En los fascículos de la Civiltà Cattolica del 5 de octubre y del 16 de noviembre de 1929 se publica un ensayo muy difundido sobre el libro de De Man. La obra de De Man es reputada, "no obstante sus deficiencias, como la más importante y, digámoslo también, genial, entre las que cuenta la literatura antimarxista." Hacia el final del ensayo se encuentra esta impresión de conjunto: "El autor (De Man), si bien ha superado una crisis de pensamiento, rechazando con gesto magnánimo el marxismo, se muestra todavía vacilante, y su inteligencia ávida de verdad no se siente plenamente satisfecha. Se halla en el umbral de la verdad, recoge rayos de la misma, mas no sigue adelante para zambullirse en la luz. Deseamos a De Man que, superando su crisis, como el gran obispo de Tagaste, pueda elevarse del divino reflejo que es la ley moral de las almas, al divino infinito, a la fuente espléndida de todo lo que en el universo se examina."

De un artículo de Arturo Masoero: "Un americano no hedonista" (en Economía de febrero de 1931) resulta que muchas de las opiniones expuestas por H. De Man en Alegría del trabajo, y también en otros libros suyos, son tomadas de las opiniones del economista norteamericano Thorstein Veblen, que ha llevado a la ciencia económica algunos principios sociológicos del positivismo, especialmente de A. Comte y de Spencer. Veblen quiere especialmente introducir el evolucionismo en la ciencia económica. Así, encontramos en Veblen el instinct of workrmanship, que De Man llama "instinto creador'. W. James, en 1890, había expuesto la noción de instinto constructivo (instinct of constructiveness) y ya Voltaire hablaba de "instinto mecánico".*

Pero parece que De Man también ha tomado de Veblen su milagrera y grosera concepción sobre un "animismo" en los obreros, respecto del que tanto insiste en Alegría del trabajo. Masoero propone de esta manera la concepción de Veblen: "Entre los primitivos la interpretación mística deja de ser un obstáculo y pronto retorna en ayuda en lo que respecta al desarrollo de la técnica agrícola de la cría del ganado. No puede sino ayudar a este desarrollo el considerar como dotada de alma y, más aún, de caracteres diversos, a las plantas y los animales, de modo que de tal consideración derivan las aplicaciones, las atenciones, que pueden llevar a los progresos técnicos y a las innovaciones. En cambio, una mentalidad animista es decididamente contraria al progreso técnico de la manufactura, al desarrollo del instinto trabajador sobre la materia inerte. De esta manera explica Veblen cómo al comienzo de la edad neolítica, en Dinamarca, se hallaba tan avanzada la técnica agrícola, en tanto que nada ocurrió durante mucho tiempo con el progreso de la técnica manufacturera. Actualmente, el instinto trabajador no se halla ya dificultado por la creencia en la intervención de elementos providenciales y misteriosos: está unido a un espíritu positivo y consigue los progresos industriales propios de la edad moderna."

De Man habría tomado de Veblen la idea de un "animismo obrero" que éste supone existente en la edad neolítica, pero ya no hoy, y la habría redescubierto en el obrero moderno, con suma originalidad.

Ha de notarse, dados estos orígenes spencerianos de De Man, la coherencia de Croce, que ha visto en De Man un superador del marxismo, etcétera.

Entre Spencer* y Freud, que retornó a una forma de sensismo aún más misterioso que el del siglo XVII, De Man merecía ser exaltado por Croce y verse propuesto para el estudio de los italianos inteligentes.

*Spencer, Herbert, 1820-1903, filósofo y sociólogo británico, creador del positivismo evolucionista.

De Veblen se anuncia la traducción italiana por iniciativa del honorable Bottai. De todos modos, en este artículo de Masoero se halla contenida la bibliografía esencial. En Veblen se puede observar, como se advierte en el artículo, cierto reflejo del marxismo. Veblen, según creo, ha tenido también influjo sobre las teorizaciones de Ford.

* Cfr. esta grosera concepción de "instinto" de De Man con lo que escribe Marx sobre el instinto de las abejas y lo que distingue al hombre de este instinto.

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