El escepticismo.

La objeción de sentido común que podría hacerse al escepticismo es ésta: que para ser coherente consigo mismo, el escéptico no debería hacer otra cosa que vivir como un vegetal, sin mezclarse en los asuntos de la vida común. Si el escéptico interviene en la discusión, ello significa que cree poder convencer, es decir, que ya no es más escéptico, sino que representa a determinada opinión positiva que por lo común es mala, y que sólo puede triunfar convenciendo a la comunidad de que las demás son peores, en cuanto son inútiles. El escepticismo está vinculado al materialismo vulgar y al positivismo: es interesante un pasaje de Roberto Ardigó en el que dice que es necesario alabar a Bergson por su voluntarismo. Pero ¿qué significa esto? ¿No es una confesión de la impotencia de la propia filosofía para explicar el mundo, cuando se ve precisada a recurrir a un sistema opuesto para hallar el elemento necesario para la vida práctica? Este aspecto del pensamiento de Ardigó (contenido en los Scritti vari, recogidos y ordenados por G. Marchesini, Firenze Le Monnier, 1922) debe ser puesto en relación con las tesis de Marx sobre Feuerbach, y demuestra hasta qué punto Marx había superado la posición filosófica del materialismo vulgar.

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