Historia y antihistoria.

Es digno de observarse que la actual discusión entre "historia y antihistoria" no es sino la repetición, en los términos de la cultura filosófica moderna, de la discusión habida a fines del siglo pasado, en los términos del naturalismo y del positivismo, sobre si la naturaleza y la historia proceden por "saltos" o sólo por evolución gradual y progresiva. La misma discusión la hallamos también en las generaciones precedentes, sea en el campo de las ciencias naturales (doctrinas de Cuvier [Georges, 1769-1832 creador de la teoría catastrófica: las especies no evolucionan, surgen nuevas después de las catástrofes]), sea en el campo de la filosofía (y la discusión se halla en Hegel). Debería hacerse la historia de este problema en todas sus manifestaciones concretas y significativas y se encontraría que esto es siempre actual, porque en todos los tiempos ha habido conservadores y jacobinos*, progresistas y retrógrados. Pero el significado "teórico" de esta discusión me parece que consiste en lo siguiente: ella indica el punto de tránsito "lógico" de toda concepción del mundo a la moral que le es conforme, de toda "contemplación" a la "acción", de toda filosofía a la acción política que de ella depende. Es el punto en que la concepción del mundo, la contemplación, la filosofía, se tornan "reales" porque tienden a modificar el mundo, a subvertir la praxis. Se puede decir que en ello consiste el nexo central de la filosofía de la praxis, el punto en que se actualiza y vive históricamente, es decir, socialmente; y no sólo en los cerebros individuales; cesa de ser "arbitraria" y se convierte en necesaria-racional-real.

*partidario acérrimo de la democracia política formal.

El problema debe ser enfocado de manera realmente histórica. El que tantos fantoches seguidores de Nietszche, rebelados verbalmente contra todo lo existente, contra los convencionalismos, etc., hayan terminado por causar repugnancia y quitar seriedad a ciertas actitudes, puede ser admitido; pero cuando se trata de formar juicios es preciso no dejarse guiar por los fantoches. Contra el titanismo en las actitudes, el amor a las veleidades, el abstractismo, es preciso señalar la necesidad de ser "sobrios" en las palabras y en el comportamiento exterior, precisamente porque hay más fuerza en el carácter, y la voluntad concretos. Pero esto es una cuestión de estilo, no "teórico".

La forma clásica de estos pasajes de la concepción del mundo a la norma práctica de conducta, me parece que es aquella por la cual la predestinación calvinista surge como uno de los mayores impulsos para la iniciativa que han existido en la historia del mundo. Así, toda otra forma de determinismo, llegada a cierto punto, ha devenido espíritu de iniciativa y de extrema tensión de la voluntad colectiva.

De la crítica de Mario Missiroli (I. C. S., enero de 1929) al libro de Tilgher (Ensayos de ética y de filosofía del derecho), Turín, Bocca, 928, 8va. ed., págs. XV-218) surge que la tesis fundamental del folletito Historia y antihistoria ha tenido gran influencia en el sistema (!) filosófico de Tilgher. Escribe Missiroli: "Se ha dicho, y no equivocadamente, que el idealismo italiano, con sus jefes Croce y Gentile, se resuelve en un puro fenomenismo. No hay lugar para la personalidad. Contra esta tendencia reacciona vivamente Adriano Tilgher, en el mencionado volumen. Remontándose a la tradición filosófico clásica, particularmente a Fichte, Tilgher recalca con gran vigor la doctrina de la libertad y del 'debe ser'. Donde no hay libertad de elección, hay naturaleza'. Es imposible sustraerse al fatalismo. La vida y la historia pierden todo sentido, y ninguna respuesta obtienen los eternos interrogantes de la conciencia. Sin referirse a un quid que trascienda la realidad empírica, no puede hablarse de moralidad, de bien y de mal. Vieja tesis. La originalidad consiste en haber extendido por primera vez esta exigencia a la lógica. El 'deber ser' es necesario a la lógica, no menos que a la moral. De aquí la indisolubilidad de la lógica y de la moral, que los viejos tratadistas gustaban de distinguir. Considerada la libertad como premisa necesaria, se deriva una teoría del libre albedrío como absoluta posibilidad de elección entre el bien y el mal. Así, la pena (agudísimas son las páginas sobre el derecho penal) halla su fundamento no sólo en la responsabilidad (escuela clásica), sino en el hecho puro y simple de que el individuo puede hacer el mal conociéndolo como tal. La causalidad puede ocupar el lugar de la responsabilidad. El determinismo de quien delinque equivale al determinismo de quien castiga. Todo está bien. Pero este enérgico llamado al 'deber ser', a la antihistoria que crea la historia, ¿no restaura lógicamente el dualismo y la trascendencia? No se puede concebir la trascendencia como un 'momento' sin recaer en el inmanentismo. No se adviene a pactos con Platón".

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