El individualismo.

Sobre el llamado "individualismo", es decir: sobre la actitud que cada período histórico ha tenido respecto de la posición del individuo en el mundo y en la vida histórica: lo que hoy se llama "individualismo" ha tenido origen en la revolución cultural que sucedió al medioevo (Renacimiento y Reforma) e indica una determinada posición hacia el problema de la divinidad y, por consiguiente, hacia la iglesia; es la transición del pensamiento trascendente hacia el inmanentismo [la realidad está en el contenido de la conciencia].

Prejuicios contra el individualismo, hasta repetir contra él las jeremiadas [exageración del dolor], más que críticas, del pensamiento católico y retrógrado; el "individualismo" que hoy ha devenido antihistórico es aquel que se manifiesta en la apropiación individual de la riqueza, en tanto que la producción se ha socializado siempre más. El que los católicos sean los menos indicados para gemir respecto del individualismo, se deduce del hecho que éstos, políticamente, siempre han reconocido personalidad política sólo a la propiedad, es decir, que el hombre vale, no por sí mismo sino en cuanto integrado por bienes materiales. ¿Qué significa el hecho de que se fuera elector cuando se poseía un censo [padrón], y cuando se pertenecía a tantas comunidades político-administrativas como comunidades en las que se tenían bienes materiales, sino el rebajamiento del "espíritu" ante la "materia"? Si se considera "hombre" sólo al que posee, y si ha llegado a ser imposible que todos posean, ¿por qué sería antiespiritual buscar una forma de propiedad por, la cual las fuerzas materiales integren y contribuyan a constituir a todas las personalidades? En realidad, implícitamente, se reconocía que la "naturaleza humana" residía no en el individuo, sino en la unidad del hombre y las fuerzas materiales; por lo tanto, la conquista de las fuerzas materiales es un modo, el más importante, de conquistar la personalidad.*

* En estos últimos tiempos ha sido muy alabado un libro del joven católico francés Daniel Rops, Le monde sans âme, París, 1932, traducido también en Italia. En este libro debería examinarse toda una serie de conceptos a través de los cuales, sofísticamente, se reproducen posiciones del pasado como si fuesen de actualidad.

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