"Anfissa" de Andreiev en el Carignano. Para el burgués que ha cenado bien y tiene tres horas que perder entre la cena y el lecho, un drama es algo mitad digestivo y mitad afrodisíaco. Para el crítico, drama es una contraposición de "caracteres", es decir de marionetas que juegan a la vida. Anfissa de Andreiev no es ni una cosa ni la otra. El burgués que quiere digerir la recibe como un puñetazo en el estómago, el crítico busca en vano las marionetas. La dramaticidad de Anfissa está en la exaltación llevada hasta el absurdo, hasta la laceración, hasta el delito, de un contraste de pasiones originariamente sencillo.

En el centro hay un hombre Teodoro Kostamarov, un abogado orgulloso, vano, sensual, gran ingenio para la ciudad de provincia.

Tiene pose de superhombre, pero de superhombre provinciano; insulta a los adversarios en una arenga, abofetea en la calle a quien no lo saluda, es un conquistador de mujeres, un hombre que desprecia la moral común, pero que no tiene mayor originalidad como libertino. En resumen: una figura que quiere dominar pero conservando sus pies sobre la tierra. Una crisis que surge más de los contrastes exteriores que de un íntimo disentimiento, lo trastorna, le hace perder su propio dominio, lo hace juntamente vacilante y brutal, violento y temeroso.

En torno, tres figuras de mujer o mejor en todas una figura sola: el ser que vive del amor y del dominio del hombre y vive hasta el sacrificio, hasta la pérdida de sí misma, hasta el odio, hasta el delito.

La mujer de Kostamarov traicionada, abandonada, llama a su lado a su hermana Anfissa, viuda, que llega con no se sabe que fama de autoridad, y espera que la hermana amonestando, exhortando, inspirando tal vez un nuevo sentimiento, le traiga de vuelta el afecto y la fidelidad de su marido. Pero éste ama a Anfissa desde el día mismo en que desposó a la hermana y Anfissa ama también a su cuñado. El sentimiento doblemente culpable de los cuñados se exaspera en la extraña situación en que llegan a encontrarse. Alcanzará a purificarse, a triunfar como sentimiento primordial que no tiene necesidad de justificación, que no sufre atenuaciones, que vale por sí y es todo? El drama se debate durante cuatro actos, durante algunos meses de vida y se cierra con un delito. Digo que se debate y no lo digo para expresar un juicio de condenación. La escena es, por el contrario, perfecta. Si hay algo que reprochar es más bien la tensión que no cede un instante desde el primero hasta el último compás, dando la impresión de una lógica perfecta y de un desarrollo plenamente conforme con las leyes de la vida. Pero el debatirse angustioso en el que la dramaticidad, en el que los límites de la existencia común son superados, en los que se alcanza la tragedia y la poesía, es el de algunas conciencias presas en la espiral de un destino que por ser hecho por sus propias pasiones no parece algo menos trágicamente imponente. Todo es explicable, desde la primera repulsa de Anfissa hasta su caída, hasta las promesas del amante y su pequeño deseo de venganza, y el exasperarse en la mujer del sentimiento de los celos. Es un proceso completamente humano de desarrollo el que lleva al cansancio del uno y al odio del otro, a las ofensas que el hombre hace al amor y la mujer al orgullo, a la violenta escena en la que Anfissa; frente a la familia reunida, echa en cara a Teodoro haber traicionado a la mujer, haber hecho de la cuñada una amante y buscar ahora una nueva amante en la tercera hermana, joven, ingenua, ignorante.

Es todo humano y todo se desanuda con agilidad y rapidez, pero uno siente que un remolino de pasión se ha abierto en el que estos hombres son arrastrados como pajuelas, que se ha producido una laceración que no puede cerrarse porque fuerzas y sentimientos humanos se dedican a hacerla más grande y profunda.

El delito con el que termina el drama cuando Anfissa mata con veneno al hombre que odia y que ama, gravita en realidad sobre la acción desde las primeras escenas. Se diría un destino si no fuese una cosa que nace de modo tan claro del corazón de estos hombres...

En este sentido Andreiev ha escrito un drama burgués, no solo introduciendo en un ambiente común un hecho trágico o algún elemento de tragedia, sino buscando obtener de un exacerbado contraste de pasiones, una transfiguración del ambiente, y si hay una observación que hacerle es la de haber insistido demasiado en esto, introduciendo por ejemplo elementos secundarios que sirven para mantener un sentido de difusa dramaticidad y de incertidumbre pero están ligados poco estrechamente con la acción escénica principal, quedan implícitos y no se explican por ella. Tal la figura de la abuela que ha envenenado al primer marido, que se hace la sorda y es la pesadilla del protagonista.

También sobre esto la observación sería válida si la obra dramática no fuese obra de arte, es decir de poesía, no sujeta a lógica alguna que no sea la de la fantasía del poeta que tiene en sí sus propias leyes y solamente a ellas debe obedecer. Reconozcamos que la vida misma no es lógica y que está llena de elementos que no pesan con la balanza del razonador; y reconozcamos sobre todo que Andreiev ha dado vida a un cuadro trágico en el que la figura de la abuela en su misma incierta posición es un elemento esencial. Si ese ser hablase y se supiese claramente qué es, desaparecería no sólo un elemento escénico de incomparable sugestión, sino que se destruiría un elemento intuitivo que es inseparable del resto de la obra de arte. Lo mismo se diga de muchos otros detalles y de su relieve y perfección.

Todo ello fue dado por la compañía de una manera escénicamente perfecta. Si hay en el drama, sin embargo, una sombra de pesadez, este defecto se acentuó por el tipo de recitado, especialmente el de la señora Melato, tipo de recitación que se resiente demasiado de la escena cinematográfica y mantiene sí suspenso al público pero termina por cansarlo. Así ocurrió que algunos pasajes parecieron pesados por una excesiva tensión y por ello después de tres actos llevados hasta su término con éxito y con buen número de llamadas, se oyeron al final algunos chistidos.

Confesemos sin embargo que el público burgués del teatro no es de los más adecuados para seguir y sentir la obra de arte. La entera verdad de ésta debe desgraciadamente haberle hecho la impresión de un puñetazo en el estómago.

Auguramos por lo tanto a este drama un público mejor, más tosco, más inmediatamente sincero, más próximo a sufrir y a gozar la impetuosa angustia de la tragedia. Le auguramos un público de proletarios.

(Noviembre 14 de 1920).

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