Emma Gramatica. El teatro como organización práctica de hombres y de instrumentos de trabajo no ha escapado de la espiral del maelström* capitalista. Pero la organización práctica del teatro es en su conjunto un medio de expresión artística: no se la puede turbar sin turbar y arruinar el proceso expresivo, sin esterilizar el órgano "lingüístico" de la representación teatral.

* remolino

El industrialismo ha determinado sus necesarias consecuencias. La compañía teatral como conjunto de trabajo organizado por las relaciones que intervenían en el arte medieval entre el maestro y el discípulo, está disuelto: a los vínculos disciplinarios generados espontáneamente por el trabajo en común --trabajo de naturaleza particular porque tiende a los fines de creación artística-- han sucedido los "vínculos" que ligan el empresario al asalariado, los vínculos de la horca y del ahorcado. Las leyes de la concurrencia han conducido rápidamente a su término su obra disgregadora: el actor se ha convertido en individuo, en lucha con sus compañeros de trabajo, con el "maestro" transformado en intermediario, y con el industrial del teatro. Desenfrenada la especulación sórdida, ésta no ha conocido más límites. El mismo carácter peculiar del trabajo a desarrollar se ha vuelto un reactivo corrosivo. Sobresalir en la ganancia corre parejo con el sobresalir en la compañía, en las funciones directivas y de autoridad, en la libertad de escoger para sí los papeles de éxito y erigirse en monumento funerario entre un cementerio de fosas comunes. La técnica teatral ha sido desbaratada, la producción se ha adaptado "fácilmente'" a las nuevas condiciones; fácilmente en el sentido que el equilibrio ha sido alcanzado en un plano ínfimo de compañía, de público, de escritores de teatro. Se habla de depravación del gusto, de decadencia de costumbres, de disolución artística. El origen de estos fenómenos evidentes hay que buscarlo únicamente en el cambio de las relaciones económicas entre el empresario del teatro, convertido en industrial asociado en un trust, el director convertido en intermediario y los actores subyugados a la esclavitud del salario.

Pocas resistencias se comprueban ante este recrudecimiento de la concurrencia y de la especulación. Resistir por otra parte es difícil. Algunos trataron al menos de salvar una parte de la libertad de expresión artística entre los gritos y los chillidos ávidos del mercado capitalista. Emma Gramatica está ciertamente entre estos pocos: señal de su personalidad y de su voluntad artística. Rebelarse hubiera sido locura y puerilidad; ha terminado el tiempo de las aventuras románticas y de las audacias quijotescas. Por otra parte, éstas son posibles para las iniciativas individuales no para las empresas que exigen un conjunto de individuos. Rebelarse habría significado tan solo ser privado inmediatamente de la posibilidad de expresión. Pero hay adaptación y adaptación. La Gramatica ha conservado su libertad de movimiento y de elección: hay una búsqueda continua, una lucha continua en su actividad: hay vida. Puede conocer zonas inexploradas, puede ampliar la esfera de su sensibilidad y de sus experiencias; no cae en la routine, no se ha convertido en una mera empleada, que ha aplicado el método Taylor a la expresión plástica de la vida, que ha reducido a mecanismo --complicado, experto, de 20.000 piezas móviles, pero mecanismo al fin-- aquello que es imprevisible e incoercible: la expresión.

En Turín, al menos, donde el industrialismo teatral opera implacable como un flagelo, la Gramatica es la única que en estos últimos años ha "producido" novedades, 'ha suscitado del interior de su vida nuevas criaturas que vibran de amor y de odio o desenvuelven la cotidiana fatiga de vivir en formas no consumidas o vueltas opacas por la costumbre y por el esquema del oficio, que es regulado por las leyes del mínimo esfuerzo. Ha intentado, ha osado, dicen que hasta ha arriesgado capitales sin seguridad de reembolso, para imponer fantasmas artísticos que de otro modo no hubieran nunca paseado por la escena italiana. Vive pues en ella y obra incesantemente, condicionando también la actividad práctica, el principio de la creación irresistible y prepotente que forma una personalidad y plasma un carácter según sus leyes propias: las leyes de la belleza.

(Julio 10 de 1919')

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