"Fedeltá" [Fidelidad] de Calzini, en el Carignano. Habitaba en Sevilla en la misma época en que Miguel Cervantes escribía Don Quijote y el El celoso extremeño, un artesano del mármol que tenía una mujer bellísima pero sobradamente caprichosa y extravagante. Este marido unía al genio artístico una crudelísima voluntad amatoria hacia su mujer Soledad; el capricho llegó en él al punto de haber preparado una trampa en cuyo torno aseguraba las trenzas de la dama y sólo así estaba seguro de ella y podía atender las peligrosas labores de arquitecto y de maestro albañil. Pero la dama lo traicionó lo mismo, aun sufriendo en los brazos del amante, debido a la trampa que le endurecía la nuca y la espalda; lo traicionó por ansia de libertad para demostrarse a sí misma, que era criatura humana viviente y no vil esclava, no propiedad de un amo; lo traicionó con el primer hombre que tuvo el coraje de probar la suerte en aquella misteriosa casa de un amo tan cruel, situada al lado de las cárceles resonantes de los gritos de los pacientes torturados, envuelta en sangrientos reflejos patibulares atravesados por las agradables figuras de los carniceros, de los bribones, de los confesores, de las hermandades y de los sepultureros. Pero el feo juego dura poco: la fatalidad se cumple. El marido se precipita en el vacío, pues sólo el amor de Soledad lo tenía sujeto a la vida y lo preservaba del vértigo, y muere. Soledad está libre, se vuelve fiel al muerto; el traicionar para ella era lucha por la libertad, por la posesión de sí misma, era un duelo, y el duelo se hace entre dos. El amante es despedido, pero é1 también es español, es andaluz, es celoso, es cruel, para más se vale de los servicios de un parasito que naturalmente es italiano, un italiano desesperado, hambriento pero con el corazón henchido de poesía, de dulce melancolía que se disfraza de jocundidad y brío, quien a su vez se enamora de Soledad. El primer amante quiere de nuevo a toda costa a Soledad y la extorsiona; va a una cita y es apuñalado por la caprichosa dama que envuelve luego al italiano con sus redes y lo convence para trasladar el cadáver hasta el próximo río.

En el drama de Calzini aparecen muchas huellas (huellas sobre la arena): hay una pizca de Villiers de l'Isle-Adam, de las Novelas crueles, una pizca de Beaumarchais creador de Figaro, algunos granitos shakespearianos y hasta una brizna de Sem Benelli. Falta un autor único, un poeta único que unifique y vivifique en su fantasía tantas figurillas; de Calzini hay sólo una abundante hojarasca de palabras que impresionan a menudo con deslumbrantes resplandores y retumbante sonoridad.

Una hermosísima puesta en escena y una cuidada y exacta interpretación de la Melato, de Betrone, Olivieri, Marcacci.

(Abril 6 de 1919).

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