"L'uccello del paradiso" [El ave del paraíso] de Cavacchioli, en el Carignano. El moderno teatro italiano (Pirandello, Antonelli, di San Secondo, Veneziani... y Cavacchioli) resulta en gran parte de un pequeño error: estos autores, queriendo llegar a Bernard Shaw se han perdido en el dédalo de las aventuras de Sherlock Holmes. El molde de su fantasía debe buscarse en la vasta frente de mister Conan Doyle, convertido en baronet por méritos literarios; en cada una de sus comedias la intriga está urdida para poner en evidencia la sublime facultad de intuición crítica de un policía diletante del espíritu, o sea de la psiquis humana. Las aventuras ideales se conectan por razones en hilera, se desarrollan con ritmo seguro, se entretejen, se superponen, se mezclan, unidas siempre por una sutil tela de araña, sobre la cual un duende baila alegremente, haciendo cabriolas, arriesgando triples y cuádruples saltos mortales para caer siempre de pie, gentil, fresco, riente, gesticulando a diestra y siniestra para exponerse y proponerse a la admiración universal.

Es una fantasía leñosamente árida que estalla y chirría por una gotita de aceite derramada de la linterna, a la que se agregaron los artículos sobre la filosofía de las damas. Una fantasía matemática, una fantasía de ingenieros que conocen su asunto, una fantasía de curiosos por saber cómo se hace la fantasía, que, por lo tanto, la han recortado y disecado para ver como se hacía.

Divierten, aun aburriendo un poco por la pedantería de la cual son hijos no degenerados. Divierten e interesan, porque al fin de cuentas estos jóvenes cumplen también un cometido: volver intolerable la vieja moda del teatro romántico de folletín, desatar una inquietud interior y corroer los sedimentos de rancia margarina que agrandaba los corazoncillos más microscópicos. Pero solo son aves del paraíso embalsamadas o que serán en breve embalsamadas en los archivos de las bibliotecas teatrales; no gozan de libertad, están ligadas a un cordel como los muñecos que divierten a los chicos: saltan un tanto desmañadas por la ficción de la libertad y vuelven blandas a caer. Es difícil analizar sus comedias sin alejarse fastidiosamente; no se puede ser severos porque son una institución del gusto que todavía no ha agotado su función histórica. Están casi siempre bien ejecutadas porque demandan estudio y trabajo y sacuden los fáciles esquemas endurecidos de los actores. L'uccello del paradiso, confesión (!) en tres actos de Enrico Cavacchioli, ha dado oportunidad a Betrone, a la Melato y a los otros valientes artistas de la compañía Talli de realizar una ejecución que vale por sí misma.

(Marzo 20 de 1919)

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