"Jean La Fontaine", de Guitry, en el Carignano. Con breve intervalo han sido representadas en Turín dos nuevas comedias de Sacha Guitry. L'Illusionista y Jean La Fontaine: un fracaso y un semi-éxito. No se justifica la diversa acogida hecha a las dos obras: al menos no se justifica desde un punto de vista crítico. Es siempre el mismo Guitry, que se mantiene en el mismo nivel en estas dos últimas comedias como en las precedentes: La toma de Ber-gop-Zoom y Soñemos. L'Illusionista por el contrario es más completa que las otras, revela mejor al autor porque en el mismo título está contenido el programa artístico de Guitry.

Teatro no de los habituales aunque la originalidad sea puramente exterior; no los temas habituales; sino diálogo, puro diálogo que debe suscitar oleadas de simpatías en los espectadores, así como debe suscitarlas primero en uno de los interlocutores. La acción no es choque de grandes pasiones, elaboración de fuertes personalidades fantásticas que actúan suscitando contrastes dramáticos o cómicos: es leve, aterciopelada creación de estados de ánimo provisorios, que se agotan en un breve lapso de tiempo, mientras dura la ilusión que la palabra meliflua [melosa], que el discurso capcioso han logrado despertar. Es siempre un ilusionista el que Sacha Guitry introduce en sus comedias, ilusionista que encanta a las mujeres para una hora de amor, que busca espiritualizar el acto sexual cuando más mecánico y animal es, en las aventuras de pochades*, así como debería ser en las manifestaciones normales de la sexualidad, en el matrimonio, en la convivencia que tiene un fin superior al placer. En L'Illusionista el juego escénico es más refinado y sutil: la comedia ha caído (al menos en su clamorosidad) porque la interpretación bufonesca ha impedido desde el primer momento que se iniciase el encantamiento, la sugestión. Los intérpretes no han tomado en serio al autor y la tenuidad cómica se ha convertido en grotesca bufonería, tan lejos de las posibilidades del diálogo que éste se ha cargado de un inmenso tedio, de una desmañadísima caricatura.

* obra escueta, sketch

Jean La Fontaine ha tenido mejor fortuna. Es la descripción del ciclo que debe sufrir el matrimonio para que se vuelva moralidad. Guitry, pese a las apariencias, es autor esencialmente moral, porque el esfuerzo máximo de sus obras consiste en hacer llegar a los protagonistas a un plano superior de espiritualidad en el cual se justifiquen y se moralicen los instintos y los caprichos. La justificación moral del matrimonio es el amor; Jean La Fontaine se separa de la mujer infiel, vive la plenitud de su intelectualidad, recoge fama y popularidad y retorna a la mujer no como marido autenticado y legalizado por el contrato nupcial sino como hombre, como amante. En el tercer y cuarto acto Guitry aplica su método, crea la ilusión verbal del nuevo contrato, del nuevo ambiente moral en el que deberá desenvolverse la actividad amorosa, la nueva convivencia de los dos socios. La Fontaine como historia, como hombre ya vivido, es un pretexto que sirve para aumentar la ilusión que acrecienta fuerza a la demostración implícita de una tesis, con la fascinación que el gran escritor ejerce en Francia.

El éxito mediano que ha obtenido la comedia en Italia se debe en parte a la carencia de esta sugestión, exterior cuanto se quiera, pero sobre la cual el sagaz autor debe haber calculado como sobre un ingrediente de primer orden para el gran éxito (en su país). Del mismo modo se ha perdido la íntima potencia sugestiva de una gran parte del diálogo que no despertaba en nuestro público ningún reclamo a una tradición literaria y de costumbres, vivísima en Francia. Pero la comedia se ha sostenido pese a todo y ha interesado como debería interesar siempre Guitry, que es indudablemente superior a la pacotilla habitual del teatro francés y que estimula el gusto y refina, aunque sea por antítesis, la sensibilidad tanto del público como de los actores que deben continuamente dominarse, evitar las exageraciones, no caer en lo vulgar y en lo banal. Luigi Carini era Jean La Fontaine y supo extraer del diálogo los mejores efectos coadyuvado con celo y mesura por los demás actores de su compañía.

(28 de marzo de 1918)

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