Idea del tiempo de guerra ("L'Amazzone" [La amazona] de Bataille en el Carignano). L'Amazzone de Henri Bataille ha retornado al Carignano en la traducción italiana. Se ha aproximado así a nuestro público, ha suscitado discusiones y reflexiones: ha tenido y tendrá, dentro de lo poco permitido a las obras de teatro, eficacia constructiva de moralidad, de actividad juzgadora. Bataille continúa en L'Amazzone su teatro anterior a la guerra. Permanece como escritor moralizante. No ha cambiado de moda, como Bernstein y otros. La atmósfera de dramaticidad es siempre la misma si bien han cambiado por la guerra, las contingencias, los motivos ocasionales de la acción dramática. Bataille sublima las criaturas de su fantasía, les asigna un deber y un apostolado: deberían superar el ambiente moral en el que viven, ser los ejemplos de una humanidad mejor, más espiritual en la que los imperativos categóricos del deber se afirmen sin residuos. Pero la expresión artística surge contaminada por estas yuxtaposiciones voluntarias: los personajes se destiñen, pierden gran parte de su humanidad, son bocas para discursos, símbolos en los cuales se acumulan la experiencias de los escritores, puentecillos entre el autor --que no es filósofo y no sabe dar forma filosófica adecuada a sus impresiones-- y el público que el autor quiere copartícipe de sus sentimientos, de su mundo interior que, sin embargo, no logra expresar intrínsecamente y se ubica más mal que bien en las formas tradicionales de la literatura.

La amazona tiene un cuerpo femenino y un nombre: Gina Bardel, pero no es solo una mujer. Es todo el complejo de las fuerzas espirituales que empujan a los hombres a la guerra.

Es la materialización sensible del espíritu de la guerra: es Francia, es la idea del deber, es la idea del sacrificio del individuo para la colectividad, es la energía necesaria para este sacrificio [algunas líneas censuradas]. Así como Cecima Bellanger que en los dos primeros actos es justamente solo esta simple criatura humana, individuo vivo y doliente, en el tercer acto se erige en símbolo: es todo el sacrificio de la humanidad por la guerra, es la suma de todos los dolores, de todas las laceraciones, de todas las lágrimas que la guerra ha producido y hecho derramar. Esta disidencia entre individuos y símbolos, entre la realidad sensible y la abstracción ideal contaminan todo el drama, lo vuelven artísticamente un remiendo, aun cuando sabiamente construido. Pero el problema espiritual alcanza su completo desarrollo, el fin moral que el autor se proponía fijar, adquiere una concreción casi representativa.

La guerra ha exigido a los pueblos todos los sacrificios y especialmente el sacrificio máximo, el de la vida. Pero la guerra para obtener esto ha debido encarnarse en hombres y mujeres vivos, que han predicado la necesidad de la guerra, que con la palabra, con la demostración han contribuido a suscitar entusiasmo, a embriagar las conciencias, a poner en contacto la conciencia individual con la conciencia universal, a hacer olvidar los deberes individuales por un superior deber que se les ha revelado a través de sus palabras. Millones de hombres han muerto así, centenas de miles de familias se han disuelto, centenas de miles de corazones han sido insanablemente heridos. La guerra termina: el deber ha sido cumplido, el sacrificio ha sido consumado. ¿Cuál es, de ahí en adelante, el destino de los que han quedado, pero especialmente de aquello que han encarnado el espíritu de la guerra, que han representado la necesidad, el deber, el espíritu de sacrificio? Es el problema de la posguerra espiritual, el que Bataille busca y trató de resolver. La vida, la felicidad procuran atraer a sí a estos hombres y a estas mujeres. Y parece que los sobrevivientes deben tener el deber de rehacer el mundo, de sanar las profundas heridas inferidas por la guerra al conglomerado social. Pero así no puede ser. Predicando la muerte, el sacrificio, esas criaturas se han indisolublemente consagrado a la muerte, al sacrificio. Ellas deben representar un holocausto a la matanza que han contribuido --aunque sea por necesidad, por alta misión ideal-- a determinar.

La vida no debe tener más para ellas un rayo de luz. Este destino no está fijado por las leyes, no puede comportar sanciones para quienes traten de eludirlo. Está intrínseco, es una necesidad interior. Cuando alguno de estos marcados está por olvidarlo, por reentrar en la vida, un fantasma se erguirá frente a ellos: el fantasma del pasado sangriento, que lleva la impronta también de sus pequeñas manos. Será un generación de puros apóstoles del deber, que se encerrarán en el claustro de sus conciencias, que serán como un orden laico de sacerdotes dedicados al culto de los muertos, las vestales * que deberán mantener siempre encendida la lámpara del ideal, alimentándola con su sacrificio, con su renuncia a la alegría y a la felicidad.

* vírgenes consagradas desde niñas a la diosa romana del hogar: Vesta

Es ésta la atmósfera moral del drama. Este el fin que Bataille propone como deber imprescindible a las "vírgenes guerreras", a las "sembradoras de coraje", a toda aquella parte de la humanidad que ha asumido libre y espontáneamente el deber, grávido de responsabilidad, de reclamar a los individuos para el sacrificio, para el sentido del deber. No es una posguerra de reposo, de tranquila readaptación a las exigencias de la vida. La vida no recomienza mañana para ellos, como para los combatientes. Por el contrario, la vida de los combatientes debe ser para ellos el fin de la vida, de la actividad, del fervor por el velo monacal, por el cilicio que desgarra las carnes.

El drama vale como presentación de la tesis, como ejemplificación del deber que debe germinar espontáneamente en las conciencias. Gina Dardel, la virgen guerrera, cuando está por despojarse del cúmulo de abstracciones que ha personificado, y volverse vida sensible, renuncia a la vida. Ha contribuido a hacer marchar a un hombre, a muchos hombres hacia la muerte, ha embriagado de locura, ha sido la imagen necesaria a los cerebros para ver mejor la soldadura entre lo real y lo ideal: el recuerdo la agarra de nuevo, la encadena y ella se va hacia su destino.

La compañía Tina Di Lorenzo ha dado una eficacísima interpretación del drama que sin embargo, no puede por su contenido, dar lugar a un gran éxito.

(Enero 10 de 1918).

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