"L'Elevazione" [La Elevación] de Bernstein en el Alfieri. Los sufrimientos y las angustias cotidianas debido a la guerra han vuelto generosos, han elevado a los hombres. Es el motivo dominante. Los sufrimientos y las angustias no han vuelto, sin embargo, sinceros a los hombres que no eran sinceros, y especialmente a los escritores teatrales. Los escritores teatrales, franceses especialmente, aunque también italianos, habían creado para uso industrial, un mundo ficticio de aventureros, de mujerzuelas alegres, de viejas intrigantes y de viejos sátiros. Era una reducción mecánica del mundo, era una visión artificiosa del mundo, utilísima a los fines del éxito porque ofrecía una inextinguible cantera de notas, de intrigas, de enredos, no demandaba esfuerzos de fantasía, no demandaba elaboraciones fatigosas. El público de holgazanes que llenaba los teatros se divertía y se divierte todavía con esas intrigas y esas necedades. Se ha hablado sin embargo demasiado de virtud, de sacrificio, de deberes. Se ha debido reconocer con fines pragmáticos que la virtud, el espíritu de sacrificio, el sentimiento del deber están todavía enraizados en las almas. Quien se había comprometido demasiado con el escepticismo, quién había dejado demasiados documentos de su superficialidad espiritual, con necias representaciones de una vida de excepción presentada como toda la vida, ha buscado una vía de salida, ha gritado al milagro. La guerra ha hecho el milagro, los sufrimientos y las angustias cotidianas debidas a la guerra han hecho el milagro. Permanece la falta de sinceridad interior, permanece la mecanización interior de la vida. La guerra, moralmente, no nos convierte en generosos ni bellacos, porque sólo podemos convertirnos en lo uno o lo otro y aun no se ha dicho cuales de estos productos están en mayoría, no por la guerra sino por las reflexiones, por los juicios, por las exasperaciones, por los entusiasmos que la guerra ha servido para consolidar o para licuar según sean los hombres, según sea su preparación moral, su preparación humana. La guerra puede haber elevado a muchos o pocos hombres, no ha elevado a E. Bernstein: en nuestro caso no lo ha convertido en artista, no le ha suscitado una fantasía creadora. Bernstein ha permanecido siendo lo que era ayer: un hábil escritor teatral, un hábil alquimista de palabras. La guerra no puede convertir en poeta a un mercader de palabras; puede dar simplemente una nota nueva, puede sugerir diversas aproximaciones de palabras; la máquina general sigue siendo la misma. Hay un marido viejo, que es un científico y un religioso de la voluntad, que actuaría tal como actúa aún sin el factor guerra: sería en algún instante menos retórico, y tal vez ni eso, porque todo puede volverse retórica.

Es el personaje más completo, este viejo científico que no mata a la mujer adúltera, que logra dominarse aún en momentos que se ha habituado a ver tragedias en sí y por sí. Los otros dos personajes son descoloridos: las demasiadas palabras que dicen no bastan para circunscribirlos; por el contrario, cuanto más palabras sublimes pronuncian, tanto más dispersan su personalidad, que se generaliza y diluye en lo indefinido. El soldado herido, moribundo "elevado" por el sufrimiento y las angustias, morirá: es una gran suerte para el autor porque presentar grandes moribundos es más fácil que representar pequeños vivientes que demuestran cotidianamente, en las pequeñas cosas en especial, su elevación. El artificio es demasiado visible para quien no abandona el hábito crítico sobre la limitación del templo grandioso de la retórica ni aun en los momentos de más encendida exasperación sentimental.

El drama de Bernstein es el acostumbrado drama del terceto clásico: el viejo espíritu, no "elevado" según el autor, necesita de la catapulta de la guerra para creer de verdad que existen hombres y mujeres capaces de cumplir con su deber. A esta necedad moral, los embutidores de cráneos la llaman "el espíritu nuevo de la joven generación ".

(Noviembre 28 de 1917)

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