Ruggero Ruggeri. Al reflexionar, antes de escribir estas notas, sobre las impresiones experimentadas una y otra vez al asistir a las interpretaciones de Ruggero Ruggeri, al zarandear críticamente los elementos que deberían componer la personalidad artística del actor y al aportar estos elementos de juicio, se llega a un punto muerto. Toda síntesis es imposible. Las impresiones experimentadas una y otra vez no contienen en sí un elemento conectivo que pueda servir para soldarlas en un juicio unitario.

Ruggero Ruggeri es el actor que recita siempre bien. Que en cada interpretación --aun de cosas mediocres o nulas-- sabe hacer resaltar su parte, sabe hacerse notar, sabe hasta cierto punto arrancar el aplauso. Volviéndolo a pensar se ve que en ello consiste su talento y su deficiencia como artista.

Los autores podrán estarle agradecidos, el público no debe estárselo. Y tampoco todos los autores; sólo los autores mediocres que no saben decir una palabra que valga en sí y para sí, que viva de vida propia. Ruggeri es el actor de lo indistinto; nivela todo: lo bello y lo feo se vuelven iguales a través de su persona y lo bello se resiente, se ve disminuido, no es más bello. Quien se dirige al teatro para divertirse, para pasar la hora, puede alegrarse de esto: difícilmente experimenta una impresión desagradable, difícilmente considera haber perdido la velada, no haberse divertido. Pero la diversión y el pasatiempo no son sensaciones estéticas. El gusto goza al revivir con el actor una creación de belleza, experimenta así una doble sensación: revive el fantasma dramático con el autor y con el actor. El actor expresa plásticamente el fantasma que el autor ha expresado verbalmente. Es una doble creación que, cuando es perfecta, debe dar una impresión sólida, completa, sin residuos. Ruggeri no sabe abandonarse al autor, a la expresión verbal; se sobrepone a ella. Y lo hace siempre de igual modo. La ductilidad del ingenio le sirve magníficamente. Está acostumbrado a todos los lenocinios * del arte: posee la técnica a la perfección. Mas la pura técnica es exterioridad: si no se funde con los otros elementos que contribuyen a la creación, si no se vuelve espontaneidad, es un estorbo, es una deficiencia antes que una buena cualidad. Crea, como precisamente en Ruggeri, la nivelación, lo indistinto, mientras el arte es siempre diversidad, distinción, individualización.

* alcahuetería

Para delimitar y comprender la fortuna y el éxito de Ruggeri es necesario hacerse esa pregunta: ¿Es posible recitar bien una obra deficiente? y responder. La respuesta sólo puede ser negativa, si se razona con criterios artísticos. Recitar bien una obra deficiente significa solamente que el actor ha logrado construir una apariencia de belleza, que se ha servido de elementos extra artísticos, de sugestiones que no tienen en realidad nada que ver con la interpretación. Ha aislado algún elemento de éxito y lo ha dilatado hasta dar una densidad expresiva. Es el trabajo acostumbrado de Ruggeri. Las comedias y los dramas de su repertorio están enclavados sobre un personaje: El gavilán, El aventurero, El amigo de las mujeres, etc.; los otros personajes son matices, penumbra. El único también esta compuesto de muchos matices y penumbra y de pocos destellos de luz: pero esta poca luz termina por irradiarse en toda la obra, dándole una vida ficticia que dura desde la primera a la última escena y deja, en el fondo, la boca áspera y la fantasía inerte.

Ruggeri no sabe despojarse de este hábito de virtuosismo ni aun cuando la expresión verbal tenga tal vida íntima que de lugar a la verdadera interpretación, a la traducción integral de valores escénicos. El trabajo de aislamiento es trasladado también a las obras de arte; también ellas son remendadas, desnaturalizadas y el éxito que las acompaña es en gran parte éxito ficticio, por haberse obtenido con medios exteriores a su íntima grandeza.

Ruggero Ruggeri no es pequeña causa de la perversión estética del público teatral. El logra dar impresiones de belleza y de grandeza aun cuando la belleza y la grandeza dejen lugar al lenocinio y a la técnica y el público termine confundido, perdiendo todo exacto criterio de juicio, considerando que valen igualmente Bernstein y Shakespeare.

(Noviembre 25 de 1917).

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