"Así es (si os parece) ", de Pirandello. La verdad en sí no existe. La verdad no es otra cosa que la impresión personalísima que cada hombre obtiene de determinados hechos. Esta afirmación puede ser (más bien lo es evidentemente) una tontería, un seudo juicio emitido por un bromista agudo, para obtener frente a los incompetentes un éxito de superficial hilaridad. Pero eso no importa. La afirmación puede igualmente dar lugar a un drama: no está dicho que los dramas sucedan por razones extremadamente lógicas. Pero Luigi Pirandello no ha sabido extraer un drama de esta afirmación filosófica. Dicha afirmación permanece como exterioridad, como juicio superficial. Se desarrollan algunos hechos, se suceden algunas escenas. No tienen más razón de ser que ésta: la curiosidad chismosa de un pequeño mundo provinciano.

Pero ni siquiera ésa es una verdadera razón, una razón necesaria y suficiente para el drama; y tampoco es motivo para la representación viva y artística de caracteres, de personas vivas que tengan un significado fantástico, ya que no lógico.

Los tres actos de L. Pirandello son un simple hecho literario, carente de toda conexión dramática y de toda conexión filosófica: son un puro y simple agregado mecánico de palabras que no crean ni una verdad ni una imagen. El autor los ha llamado parábola: la expresión es exacta. La parábola es algo mixto entre la demostración y la representación dramática; entre la lógica y la fantasía. Puede ser un media eficaz de persuasión en la vida práctica; es un muestrario en el teatro, porque en el teatro no bastan las alusiones, porque en el teatro la demostración está personificada en hombres vivos y las alusiones ya no bastan y las suspensiones metafóricas deben descender a lo concreto de la vida; porque en el teatro no bastan las virtudes del estilo para crear belleza, sino que es necesaria la compleja revocación de las profundas intuiciones interiores de sentimientos que conduzcan a un choque, a una lucha que se resuelva en una acción.

La demostración ha fallado en la parábola de Pirandello. La verdad en sí no existe, existe la interpretación que de ella dan los hombres. La interpretación es justa cuando de un hecho quedan documentos tales que permitan a los hombres de buena voluntad, la verdadera interpretación. Del hecho que da lugar a la parábola existen sólo dos testimonios-documentos y ambos están interesados en el hecho y sólo aparecen exteriormente, en la apariencia sensible que se desarrolla por motivos que permanecen inexplorados.

A una localidad de provincia llegan tres personajes sobrevivientes del terremoto de Marsica: marido, mujer y una vieja. Sus vidas están rodeadas de misterio. El misterio excita todas las pequeñas chismografías pueblerinas: se busca, se indaga, se hace intervenir a la autoridad. Ningún resultado. El marido sostiene una cosa, la vieja otra, el primero deja creer que la segunda está loca: ¿quién tiene razón? El señor Ponza sostiene que es viudo de una hija de la señora Frola, que se ha vuelto a casar y que tiene consigo (en la misma localidad pero en distinta casa) a la señora Frola, solamente por sentimiento de compasión, porque la pobrecilla, enloquecida por la muerte de su hija, cree que la segunda señora, Ponza, es su hija, aún viva. La señora Frola sostiene que Ponza ha tenido cierto momento de su vida un obscurecimiento de la razón: que en ese período le fue sustraída su mujer, que él creyó muerta y no quiso volver a unirse con ella sino después de un matrimonio simulado, dándole otro nombre y creyéndola otra persona. Los dos, separadamente, parecen sensatísimos; sin embargo puestos frente a frente entran en contradicciones aún cuando recíprocamente operan como si cada uno representara verdaderamente una comedia por compasión hacia el otro. ¿Cuál es la verdad? ¿quién de los dos está loco? Faltan los documentos; su pueblo de origen ha sido destruido por un terremoto; quien podría informar está muerto. La mujer de Ponza hace una breve aparición pero el autor aprisionado por el encanto de su demostración la transforma en un símbolo. Es la verdad que aparece con un velo y dice: yo soy una cosa y la otra, soy lo que se cree que soy. Simplemente una zancadilla lógica. El verdadero drama, el autor lo ha dejado en las sombras, lo ha señalado: está en los dos seudo locos que no representan, sin embargo, sus verdaderas vidas, la intima necesidad de sus gestos exteriores, sino que son presentados como peones de la demostración lógica, una muestra por lo tanto, no una demostración, no un drama, y, como residuo, fácil agudeza y mucha habilidad escenográfica.

Los tres actos han sido representados por la Melato, Betrone, Paoli, Lamberti, con mucha vivacidad y habilidad en los diálogos. Pocos aplausos en cada caída del telón.

(Octubre 5 de 1917).

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