La moral y las costumbres. ("Casa de Muñecas" de Ibsen en el Carignano). Emma Gramatica, pasa su velada de honor, ha hecho revivir ante un público numerosísimo de caballeros y damas, a Nora, de la Casa de Muñecas, de Enrique Ibsen. El drama era evidentemente nuevo para la mayoría de los espectadores. Y la mayoría de los espectadores ha aplaudido con simpática convicción los primeros dos actos, ha permanecido asombrado e indiferente en el tercero y lo ha aplaudido solo débilmente; una sola llamada, dirigida más a la intérprete insigne, que a la criatura superior que la fantasía de Ibsen diera al mundo. ¿por qué el público ha permanecido insensible, por qué no ha sentido ninguna vibración de simpatía ante el acto profundamente moral de Nora Helmar que abandona la casa, el marido, los hijos, para buscarse solitariamente a sí misma, para ahondar y buscar en la profundidad del propio yo, las raíces vigorosas del propio ser moral, para cumplir los deberes que cada uno tiene para sí, antes que para los otros?

El drama para que sea verdaderamente tal y no inútil iridiscencia de palabras, debe tener un contenido moral, debe ser la representación de un choque necesario entre dos mundos interiores, entre dos concepciones, entre dos vidas morales. En cuanto el choque es necesario, el drama hace inmediata presa del ánimo de los espectadores y éstos lo reviven en toda su integridad, en todas sus motivaciones, desde aquellas más elementales hasta las más exquisitamente históricas. Y reviviendo el mundo interior del drama, reviven también el arte, la forma artística que a ese mundo ha dado vida concreta, que ese mundo ha concretado en una representación viva y segura de individualidades humanas que sufren, gozan, luchan para superarse continuamente, para mejorar el temple moral de la propia personalidad histórica, actual, inmersa en la vida del mundo. ¿Por qué, entonces, los espectadores, los caballeros y las damas que la otra noche han visto desarrollarse, seguro, necesario, humanamente necesario el drama espiritual de Nora Helmar, en un cierto punto no han vibrado simpáticamente con su alma y han permanecido azorados y casi disgustados con la conclusión? ¿Son inmorales estos caballeros y estas damas o es inmoral la humanidad de Enrique Ibsen?

Ni una cosa, ni la otra. Ha ocurrido simplemente una rebelión de nuestra costumbre contra la moral más espiritualmente humana. Ha ocurrido simplemente una rebelión de nuestra costumbre (y quiero decir la costumbre que es la vida del público italiano) que es hábito moral tradicional de nuestra burguesía grande y pequeña, hecha en gran parte de esclavitud, de sumisión al ambiente, de hipócrita enmascaramiento del animal hombre, haz de nervios y de músculos envainados en la epidermis voluptuosamente quisquillosa a otra costumbre, a otra tradición superior, más espiritual, menos animal. Otra costumbre en la cual la mujer y el hombre no son más tan sólo músculos, nervios y epidermis, sino esencialmente espíritu, en la cual la familia no es solo un instituto económico sino especialmente un mundo moral en acción que se completa por la íntima fusión de dos almas que encuentran una en la otra lo que falta a cada una individualmente; en la cual la mujer no es únicamente la hembra que nutre de sí los pequeños nacidos y siente por ellos un amor que es hecho de espasmos de la carne y de estremecimientos de la sangre, sino que es, en sí, una criatura humana, que tiene en sí una conciencia, que tiene necesidades interiores suyas, que tiene una personalidad humana toda suya y una dignidad de ser independiente.

La costumbre de la pequeña y gran burguesía se rebela, no comprende un mundo hecho así. La única forma de liberación que ha admitido comprender en nuestras costumbres, es la de la mujer que se vuelve cocotte *. La pochade ** es en verdad la única acción dramática femenina que nuestras costumbres comprenden; el logro de la libertad fisiológica y sexual. No se sale del círculo muerto de los nervios, de los músculos y de la epidermis sensible. Se ha escrito mucho en los últimos tiempos sobre el nuevo espíritu que la guerra ha suscitado en la burguesía femenina italiana. Retórica. Se ha exaltado la abolición de la institución de la autorización marital como una prueba del reconocimiento de este nuevo espíritu. Pero la institución considera a la mujer como persona de un contrato económico, no como humanidad universal. Es una reforma que ve a la mujer burguesa como detentora de una propiedad y no cambia las relaciones de sexo y no mella ni siquiera superficialmente la costumbre. Esto no ha sido cambiado, ni podía serlo ni siquiera por la guerra. La mujer de nuestros pueblos, la mujer que tiene una historia, la mujer de la familia burguesa, permanece como antes, una esclava, sin profundidad de vida moral, sin necesidades espirituales, sometida también aun cuando parezca rebelde, más esclava aún cuando encuentra la sola libertad que le es consentida, la libertad de la galantería. Sigue siendo la hembra, que de sí nutre a sus pequeños retoños, la muñeca más querida cuanto más estúpida, más dilecta y ensalzada, cuanto más renuncia a sí misma, a los deberes que debería tener para consigo, para dedicarse a los otros, sean esos otros sus familiares, sean los enfermos, los detritus sociales que la beneficencia recoge y socorre maternalmente. La hipocresía del sacrificio benéfico es otra de las apariencias de esta inferioridad interna de nuestras costumbres.

* prostituta

** obra escueta, sketch

Nuestras costumbres. Es decir costumbres que tienen importancia en la historia actual porque son las costumbres de la clase que es protagonista de la historia misma. Pero a su lado hay otras costumbres en formación, que son más nuestras porque son de la clase a la que pertenecemos:

¿Costumbres nuevas? Simplemente costumbres que se identifican mejor con la moral universal, que adhiere en todo a la moral universal por ser profundamente humana, por que es hecha de espiritualidad más que de animalidad, de alma más que de economía o de nervios y músculos. Las cocottes potenciales no pueden comprender el drama de Nora Helmar. Lo pueden comprender; porque lo viven cotidianamente, las mujeres del proletariado, las mujeres que trabajan, las que producen otra cosa que no sea sólo trozos de humanidad nueva y los estremecimientos voluptuosos del placer sexual. Lo comprenden, por ejemplo dos mujeres proletarias que conozco, dos mujeres que no han necesitado ni del divorcio, ni de las leyes para reencontrarse, para crearse el mundo donde fueran mejor comprendidas y más humanamente ellas mismas. Dos mujeres proletarias quienes con el pleno consentimiento de sus maridos, que no son caballeros sino trabajadores sencillos y sin hipocresía han abandonado la familia y se han ido con el hombre que mejor representaba su otra mitad y han continuado con la antigua familiaridad, sin que por ello se creasen las situaciones "boccaccesca" que son herencia más bien de la pequeña y gran burguesía de los países latinos. Ellas no habrían reído groseramente de la criatura que la fantasía de Ibsen trajo al mundo, porque habrían reconocido en ella a una hermana espiritual, el testimonio artístico que su acción ha sido comprendida en otro lugar por ser esencialmente moral, por ser aspiración de almas nobles y de una humanidad superior, cuya costumbre sea plenitud de vida interior, ahondamiento profundo de la propia personalidad y no vil hipocresía, estímulo de nervios enfermos, animalidad grasa de esclavos convertidos en patronos.

(Marzo 22 de 1917)

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