Luigi Carini. El carácter se revela en el individuo a través de una serie de actos íntimamente homogéneos, aun cuando distintos unos de otros por el colorido ocasional determinado por la espontaneidad. Estudiar un carácter quiere decir por consiguiente, revivir estos actos particulares, encontrar para cada uno de ellos el particular estremecimiento de vida física que mejor resuene con su significado espiritual, y en la distinta comprensión de lo homogéneo, en el tortuoso zig-zag de la acción hallar la línea dorsal que unifique la acción misma en una vida personal. En la obra artística de Luigi Carini el observador atento sorprende fácilmente los admirables resultados de una labor semejante de crítica sutil.

Pero carácter no quiere decir gesto excepcional, o al menos solamente gesto excepcional. Carácter es por lo contrario, más bien continuidad y esa continuidad se encuentra en los actos pequeños, antes que en los grandes, en los pequeños episodios antes que en las grandes situaciones dramáticas. Las posibilidades de arte de un actor se miden en esta continuidad, en la capacidad que posee de marear una impronta homogéneamente distinta a una continuidad de pequeñas cosas. Esta capacidad exuberante da a Luigi Carini un lugar bien señalado en la historia del arte teatral. Ella le perjudica un poco en la conquista de los grandes éxitos. Porque por lo general se permanece extasiado ante las congestiones musculares y sanguíneas de los atletas del cinematógrafo, mientras la fuerza serena y tranquila deja un poco frío. Pero la culpa está en quien cae en éxtasis o permanece frío, no en el hombre fuerte. La grandiosidad aparente de una gran mole llena la pupila sin excitar la fantasía. El trabajo menudo del cincelador, cumplido en los detalles, excita la fantasía después de haber ocupado la pupila, pero debe ser estudiado con seriedad, se revela en su perfecta belleza tan sólo a los ojos de quienes saben hacerse dignos de ella. Es preciso acercársele con benévola simpatía y con el arco de la atención bien tenso. Así es como debe hacerse con las interpretaciones de Carini. Y no porque él no sepa montar las situaciones fuertemente impresionantes y no sepa alcanzar las agudas y espasmódicas cumbres de lo dramático. Pero como artista que siente la dignidad de su arte, no abusa de estas drogas excitantes. Y se mantiene en los límites de la humanidad normal, llegando lo mismo, y por el contrario más eficazmente, a hacer sentir la angustia más profunda y la alegría más espiritual. La congestión no rompe, en efecto, la monotonía, ni el volumen es grandeza. Un bajorrelieve de Donatello es menos monótono que la plaza de San Pedro con toda su enorme fuga de enormes columnas y el monstruoso volumen del espacio ocupado en la superficie del mundo y en el horizonte del cielo. El ritmo del uno es de mayor impulso y más variado que el ritmo del otro y contiene más momentos de intensidad expresiva. Se piensa en todo esto escuchando en la escena a Carini, siguiéndolo con recogida atención en su siempre cambiante actitud que es, sin embargo de tanto en tanto, una actitud unitaria, y viendo cómo la labor crítica de reflexión sobre el papel asumido, se vuelve espontaneidad, ingenuidad, en el mejor sentido de la palabra. Son medios expresivos muy simples en apariencia pero que revelan un trabajo sutil y delicado de selección, un dominio siempre en vigilia aun cuando el abandono sea máximo.

Son estas cualidades las que permiten a Carini asumir y expresar, con igual intensidad, partes dispares por su contenido sentimental. Fígaro en la comedia de Beaumarchais, o Claudio en La Moglia [La Mujer] de A. Dumas; el alegre amador de novedades, alabado por unos y reprobado por otros, que ríe de todo, de miedo de verse obligado a llorar, y al científico humanitario, el inventor de armas siempre más perfectas que, con la perfección de los medios destructivos procura la instauración de la paz universal y mata a la mujer viperina, no por sus traiciones conyugales, sino porque traiciona a la patria. Dos hombres, sin embargo en su antípoda construcción y que dan al actor la tela necesaria para interpretaciones nutridas de elementos expresivos, llenos de fineza y que se adhieren perfectamente a individuos de carne y hueso.

Carini está entre los pocos actores que hacen amar el teatro y que no rebajan su arte al nivel del circo ecuestre y de la esgrima cinematográfica. Y por esto hemos querido, con estas líneas, rendirle homenaje.

(Enero 16 de 1917)

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