Tina di Lorenzo. Existe un prejuicio aun arraigado en muchos pero ya liquidado por la categoría de los hombres que piensan. Por él se clasifican los hombres y se los juzga según los caracteres comunes que aparentan tener entre sí. Se sigue precisamente el criterio propio de las ciencias naturales que deben clasificar las plantas y los animales y no pueden hacerlo sino según las formas que aparecen en la superficie de estos seres. Mas la clasificación no es precisamente la forma de conocimiento que debe adoptarse con los hombres, ni es una forma de juicio el lograr fijar los tipos (serie de seres semejantes representados por ejemplares que sintetizan sus características). Porque en los hombres que podemos estudiar y conocer también en sus cualidades individuales, lo que nos interesa y precisamente el individuo y el complejo de dotes que lo hacen inconfundible en la especie: que lo vuelven insustituible por cualquier otro ejemplar de su especie. Lo que puede decirse de los hombres en general (y cualquier hombre, aun el más comúnmente llamado común, tiene algo que lo hace interesante en sí) se debe decir especialmente de aquel cierto número que expresa su actividad a través de formas de vida en las que la fantasía creadora tiene el predominio absoluto sobre la lógica. Si la lógica puede todavía decir cómo establecer categorías (escuelas, costumbres, etc.) la fantasía sólo es exclusivamente individual. Y los actores de teatro, cuando son artistas son justamente esta clase de individuos. Y Tina di Lorenzo es una de ellas. Por lo mismo no puede ser clasificada ni siquiera en esa categoría --lisonjera aparentemente-- de los grandes. Porque decir grande, significaría establecer una escala de valores, recurrir a comparaciones, clasificar. Y en cambio el artista no es grande o pequeño, es o no es, simplemente. El estudio puede dirigirse solamente a la observación de cómo es artista, puede dirigirse a establecer cómo se desarrolla esta particular actividad suya, que es toda suya, que es lo que nos interesa. Recoger el instante vivo, abandonarse al fluir de esta vida y sentirla en sí como algo sólidamente compacto, que se impone a la admiración, que nos domina en ese momento como si fuese el mundo todo, el único mundo existente. Nos basta afirmar en la Di Lorenzo, la existencia de esta actividad fantástica. Ella se afirma concretamente cada vez que el papel a interpretar le da la posibilidad de recrear una mujer que verdaderamente tenga vida. La Di Lorenzo logra adentrarse en su alma, comprender su necesidad psicológica y convertirse en ella.

Toda obra dramática es una síntesis de vida, es un fragmento de vida. El artista debe continuar el trabajo fantástico del autor. En la síntesis, en el fragmento debe sentir la continuidad, lo accesorio, el halo que circunda la luz, lo que es vida difusa, pero sentirlo en relación con lo existente creado por el autor, sentirlo como lo sentía la fantasía del autor cuando escribía tales palabras. Porque debiendo dar vida física, personalidad real a la boca que pronuncia esas palabras, debe crear un acuerdo, una armonía, sólo de la cual brota la belleza. Y esta belleza brota de la interpretación de la Di Lorenzo. Y la sugestión se acrecienta por otros factores. Principalmente un encanto especial, difundido en cada momento de la actividad del artista, que logra encadenar la atención, aun cuando la materia insensible, impuesta por la necesidad práctica de la profesión y del mercado, no le permite una labor definitiva de creación. Es un encanto difícil de definir, difícil, porque el hábito no libre de los prejuicios de la moral vulgar, da apariencia de vulgaridad a lo que no es ciertamente tal sino para los tontos y que por ello se expresa convencionalmente con la palabra banal de feminidad.

Pero no es posible en la crónica hacer más que afirmaciones. Y por otra parte sólo deseamos ayudar a estimular las observaciones de nuestros lectores y en cuanto podamos, limpiar su retina de ciertos prejuicios.

(Diciembre 22 de 1916)

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