Armando Falcioni. No sé si Armando Falconi es como se dice en la jerga de los cronistas teatrales, un hijo del arte. No soy un registrador de la crónica, un documentador, y me falta la prueba justificativa de este objeto. Pero, por otra parte, eso poco importa. El acta de nacimiento no explica mucho en el fondo sobre las cualidades de un individuo. Conocer el ambiente donde un carácter se ha formado no sirve a menudo más que para inducir a error. Lo que importa es acertar si este carácter existe verdaderamente y cuál es su peso específico, la individuación específica. Tratándose de un actor dramático lo que importa es acertar si de actor se ha vuelto artista, si su humanidad se distingue verdaderamente de aquélla de los infinitos mortales por la capacidad de recrear los individuos concretos que crea la fantasía de los autores, por la capacidad de olvidarse en esta recreación a sí mismo como tal, para absorber, asimilar y expresar íntegramente todos los elementos de individuación concreta con los cuales el escritor ha realizado su intuición dramática. Pero así como existen pocos hombres que sean caracteres desde el punto de vista moral, así también existen pocos actores que sean artistas, es decir, caracteres desde el punto de vista de la vida artística. Lamentarse de ello sería perfectamente inútil; y hacer creer lo contrario sólo puede ser tarea de la hipócrita cortesanía periodística, que crea un Marcello de cualquier villano que hace partidismo (ejemplo reciente Antonio Salandra), así como de cualquier histrión que dirige una compañía y sabe dirigir bien sus asuntos hace un Salvini o una Ristori.

Con esto no se dice que los demás no sean también necesarios, y en cuanto cumplen una tarea necesaria no sean respetables. Sin embargo, y eso es todo, es preciso colocarlos de nuevo en su lugar y tener conciencia clara de su valor y de su actividad. Esto para todas las expresiones de vida tanto moral como artística. Estas otras personas se pueden clasificar, dividir en categorías, porque su persona se confunde en el gris de una colectividad, sus características no alcanzan a permitirles emerger de la multitud de sus semejantes, sus variadas actitudes constituyen una serie, como ocurre precisamente en la industria mecánica. Son siempre la misma rueda, la misma válvula, el mismo bulón, que puede aplicarse indiferentemente a un centenar o a un millar de máquinas diversas. La serie para los actores dramáticos se llama papel y el papel en la época de la commedia dell'arte se llamaba máscara. Lo que en la jerga de los cronistas teatrales se llama hijo del arte no es sino la expresión moderna de un hecho de un antiguo pasado: hijo del arte quiere decir máscara. He aquí por qué he comenzado preguntándome si Armando Falconi pertenecía también por su estado civil a esta respetable categoría. Porque aun si por ventura, su árbol genealógico estuviese en blanco en este aspecto, no por ello pertenecería menos a la categoría. Falconi, que se ha hecho una máscara de la comicidad; una máscara, es decir, algo inarticulable e inmutable: algo que sólo casualmente se vuelve expresión, porque casualmente la mueca continuada puede ser también expresión de vida, ya que de otro modo, sólo es mueca, nada más que truco exterior. El cual puede también agradar, puede hacer reír y procurar éxito, pero no produce arte, no es un hecho estético; es simplemente un hecho comercial. Necesario, en cuanto la producción dramática es aún en gran parte un hecho comercial, y por ello respetable. Mas el respeto no puede trocarse en admiración y mucho menos en admiración por otro hecho que no existe. Pensad en ello y veréis que tengo razón. Como la he tenido en hacer disgresiones, porque debiendo hablar de un hecho que no existe (Falconi artista) he debido partir de premisas que quitaran a la conclusión toda apariencia de malignidad y de crítica exagerada.

(Diciembre 8 de 1916)

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