"Robespierre" de Sardou en el Carignano. Un drama inédito de Sardou, y sobre Robespierre. Teatro concurridísimo; el público se interesa vivamente en las producciones teatrales que reconstruyen un periodo histórico, que prometen la reconstrucción completa, con personas vivas y parlantes, de un período histórico que impresiona vivamente aún en la narración impersonal, en la que los acontecimientos están ordenados lógicamente según el principio de causalidad, en donde cada uno pierde mucho de su individualidad activa y aparece sólo por lo que de real ha creado y dejado. Mas el drama de Sardou, aparte del elemento artístico completamente ausente, no ha cumplido ninguna promesa. El Robespierre de la historia da sólo el nombre a la obra; de lo que constituye su personalidad de revolucionario no se da nada, salvo una tonta representación de terror a los muertos, a las sombras de los decapitados. Sardou imagina en torno a Robespierre un drama común; el drama de la paternidad violentada. Y encierra la historia entre esta trama: Maximiliano en los días del terror encuentra a un hijo que le naciera de una aristócrata y lucha por salvar de la guillotina al joven y a su madre. Pero el odio y el miedo que ha sembrado a su alrededor tienden continuamente asechanzas a su sentimiento paterno y como supremo ultraje arman la mano del hijo contra el padre. Más el hábil escenógrafo francés no logra hacer olvidar al Robespierre fijado ya en las conciencias a través de la historia: el drama que elige para buscar efectos sensacionales permanece como una superficial sucesión de escenas y de diálogos que deberían parecer dramáticos para el protagonista tal como es históricamente conocido y que en cambio ha sido completamente vaciado de su verdadera y concreta vida, la de revolucionario. Así, los cinco actos pasan en su pueril y convencional mecanicidad teatral aplaudidos mediocremente y termina en la última escena, la del parricidio sin que este último golpe alcance a sacudir y conmover. Sardou ha violentado a la historia, ha puesto en escena un Robespierre de su invención que debería haber sido más hombre y menos personaje; pero no ha sabido crear este hombre, y ha producido un fantoche ridículo.

Alfredo de Sanctis ha contribuido en mucho con su arte a elevar la obra, pero muy a menudo él mismo, por lo refractario de la materia, ha resultado convencional.

(29 de octubre de 1916)

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