"El Dios de la venganza" de Shalom Asch, en el Carignano. Cuando Alfredo de Sanctis presentó por primera vez esta obra de un escritor polaco muy joven, alguien pronunció el nombre de Shakespeare como punto límite de referencia crítica. Pero se está muy lejos de la revelación clamorosa de un genio dramático y se está especialmente bien lejos de justificar la oposición intentada por algún otro contra el crudo realismo del autor quien pone en escena un burdel y gente de burdel. Pero sin exagerar, con mucha cautela, como fondo escénico y moral más que como máquina dramática íntimamente necesaria.

El drama está en la conciencia del viejo hebreo Jankel Scepsiovitische; ha logrado salvar en el naufragio de su vida de especulador del placer al menos un sentimiento elementalmente humano: el amor por la hija, de quien su espíritu íntimamente religioso espera la redención. Y el dios de su raza lo castiga en este amor, en este residuo de humanidad. La virgen está envenenada por el ambiente vicioso; el ejemplo de la madre, el contacto con las mujeres de la casa, han pervertido su espíritu y sin protesta, sin rebelión, naturalmente, cae en el pecado. Los tres actos no son muy completos ni muy densos de dramaticidad. Un solo carácter rígidamente esculpido y profundamente vivido: el viejo padre. En él se agota la acción. La materia putrescente de la casa de tolerancia está presentada revestida de un blando romanticismo amanerado, sin demasiadas palabras, es cierto, por el contrario, con una esquelética representación que en cierto momento impresiona, pero también sin una justificación íntima. La lucha es entre el hebreo Jankel que cree y el viejo dios que trastorna su creencia arrojándolo de nuevo al fango. Alfredo de Sanctis ha puesto bien de relieve este único carácter del drama: la última escena, de la rebelión del viejo contra el implacable Jehová ha sido un verdadero triunfo para el actor que en su mesura y corrección fue de una eficacia estupenda. Otro actor se ha distinguido: Bissi, en el atuendo de una figurilla humorística del mundo hebraico, esbozada con vivacidad y llena de vida representativa.

El drama ha conquistado lentamente, pero se ha impuesto por lo que hay en él de vital. La última escena, la escena culminante de la acción, ha procurado a los actores cinco o seis llamados.

(Octubre 21 de 1916)

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