Sichel. Es uno de los actores mejor cotizados en Turín. Me dicen que es muy popular y que aun bajo los pórticos los admiradores se detienen a observarlo y que lo señalan a hurtadillas y recuerdan recíprocamente los momentos de hilaridad. Cierto es que en esta temporada, el Carignano ha estado siempre concurridísimo y los espectadores han dado muestra de divertirse y Sichel ha sido muy felicitado y ha tenido el honor (como se dice) de muchos aplausos para él sólo, de muchas señales de distinción. Pero yo me explico muy fácilmente la curiosidad en las calles y todo el resto. Y creo no equivocarme. He preguntado a más de uno ¿en qué consiste el arte cómico de Sichel? Nadie ha sabido responderme; nadie ha sabido definir una cosa de cuya existencia parece sin embargo estar persuadido. He preguntado: ¿por qué el repertorio de la Compañía Sichel es tan monótono, tan igual, tan descolorido?, ¿y las comedias dadas por él son las peores del repertorio general? Y he visto que la fama del valor de este autor no tiene de veras ninguna base seria. ¿Por qué los admiradores sonríen y se alegran aún de ver al actor bajo los pórticos, es decir, aún cuando no vista los ropajes de un personaje cómico? Porque la comicidad de Sichel no existe en realidad como hecho artístico, no es algo que pueda ser descrito y criticado como hecho artístico sino que es solo una impresión fugaz, una sugestión exterior, un superficialísimo fenómeno psicológico. Sichel ha encontrado su train especial y a él adapta todas las partes que debe interpretar. Es siempre el mismo, conserva siempre la misma expresión, la misma cara para todos los personajes. Es siempre serio y las comedias que representa son siempre alegres. Parece siempre una persona cualquiera, una de tantas personas llamadas serias que se encuentran bajo los pórticos y dicen en cambio cosas que no son serias. Tiene la cara de las personas corrientes que, por serlo, no son demasiado imbéciles ni demasiado inteligentes y los tipos que representa con predilección son aquellos de cretinos natos, de idiotas completos. Si la comedia no los quiere justamente así el actor piensa completarlos por su cuenta; tiene una media docena de intercalados distintos, que repetidos hasta la saciedad... "¡basta entenderse!", "¡comprendo todo!", etc., dan la apariencia de cretino aún al hombre más astuto. De este contraste entre la seriedad física y muscular y las palabras, las situaciones cretinas, nace para los espectadores la impresión de la fuerza cómica del actor quien, naturalmente, siendo siempre igual no puede desvestirse de ella ni aún cuando vuelve a ser el ciudadano caballero Giuseppe Sichel, respetable como cualquier otro ciudadano del mundo. Y esto basta para los espectadores que son de buena pasta. Perdonan todo, no ven en realidad cuánto hay de mecánico en esta aparente comicidad. Se divierten y no buscan más; pasan agradablemente algunas horas en el teatro y no pretenden otra cosa. Sichel es el actor hecho ex-profeso para el público de mediocre capacidad. Achata todo, mediocriza todo hasta la vulgaridad, la banalidad de la pochade. Y se merece por lo tanto, los aplausos para él solo, las señales de distinción. Como dicen los ingleses: es el hombre más adaptable al papel que se le adapta.

(23 de septiembre de 1916)

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